El profundo silencio de la historia
Guillermo Fernández Ampié
Algunos problemas y debates pendientes de la historiografía nicaragüense
Mucho después de haber publicado sus Reflexiones sobre la historia de Nicaragua, José Coronel Urtecho comentó que con ellas pretendió generar un debate en torno a la historia nicaragüense, pero que en lugar de eso lo que se dio fue “un profundo silencio”, y que las reacciones que esperó, si acaso las hubo, nunca llegaron a él.
Años más tarde, en 1976, el historiador Rodolfo Cardenal Chamorro rompió ese silencio al publicar un capítulo de su tesis de maestría. En su investigación, Cardenal Chamorro realizó una profunda crítica del texto de Coronel Urtecho, evidenciando que los comentarios y la interpretación que hizo del pasado nicaragüense el reconocido poeta vanguardista finalmente se reducen a un remozamiento de la perspectiva con que los conservadores tradicionalmente han concebido la historia nacional nicaragüense.
Al desmenuzar los fundamentos históricos y los presupuestos filosóficos de la interpretación de la historia que hace Coronel Urtecho, Cardenal Chamorro también demostró que la forma en que el poeta “comprendía” e interpretaba el pasado nicaragüense, especialmente en lo que respecta al período colonial, “no sólo carece de datos positivos suficientes, sino que además es falsa”.
No obstante, Chamorro Cardenal reconoció que el escrito de Coronel Urtecho fue uno de los primeros intentos “de superación de las historias partidiristas clásicas”, hecho que valoró como “un innegable avance dentro del campo de la interpretación y la teoría de la historia”; pero resalta que es un sistema interpretativo que “opera a base de una reducción idealista que es propia de toda una fuerte y antiquísima corriente en la filosofía de la historia”, que en ese entonces aún tenía mucha influencia en Nicaragua; lo que marcaría sus propias limitaciones.
Desafortunadamente, después del estudio de Cardenal Chamorro, de nuevo se hizo el silencio, pues al parecer no hubo respuestas ni nuevos aportes a las críticas que realizó, ni siquiera del propio Coronel Urtecho, por lo que un intercambio intelectual en lo que hubiera sido un rico debate de fondo sobre la historia nicaragüense quedó sólo como una estrella fugaz en el universo historiográfico nicaragüense. Sin embargo, la crítica de Cardenal al texto de Coronel Urtecho puede considerarse como uno de los pocos, sino el único, intentos de abordar a fondo y replantearse el pasado nicaragüense que se dio previo a la transformación que en todos los órdenes de la vida nacional implicó el proceso revolucionario sandinista iniciado en 1979.
Lo que se dio antes de este conato de debate en realidad no fueron más que polémicas de orden casi partidarias o partidaristas sobre la historia de Nicaragua y las figuras que habían destacado en ella, particularmente en el siglo XIX. Así lo ejemplifican sobradamente los esfuerzos sostenidos por Pedro Joaquín Chamorro Zelaya y Sofonías Salvatierra, en sus empeños por defender a los líderes conservadores y liberales decimonónicos, respectivamente.
En 1990, en las postrimerías del proceso revolucionario sandinista, un escrito del sociólogo Marco A. Valle, en ese entonces director del Instituto de Historia de Nicaragua, de la Universidad Centroamericana, pretendió relanzar o, más bien, abrir un nuevo debate sobre la historia de Nicaragua.
Publicado en el primer número de la revista de historia de esa institución, Valle hace consideraciones respecto a lo que considera la nueva y la vieja historia de Nicaragua. Tras ofrecer algunos elementos a favor del argumento de que no existe ninguna historia neutral, ni como práctica social ni como discurso histórico, pues ésta se utiliza siempre al servicio de una clase, concluye que la vieja historia “es toda aquella práctica social y reflexión teórica que estando a favor de los intereses de las minorías trataban de mantener un sistema que no beneficiaba a las mayoría de los nicaragüenses”.
El autor hace la salvedad de que no todo lo que se escribió como historia antes del 19 de julio de 1979, día del triunfo de la revolución sandinista, es historia vieja; pero considera que la historia que se enseñaba en las escuelas antes de esa fecha era, además de vieja, historia oficial que negaba otras interpretaciones del pasado nicaragüense, especialmente de las que resaltaran las luchas de los oprimidos.
En sentido inverso, la nueva historia, “tanto como práctica social y como discurso histórico, plantea su posición a favor de los intereses de las mayorías y, como ciencia histórica busca comprender y explicar el pasado para contribuir a transformar, revolucionariamente, tanto el presente como el futuro”.
Aunque podríamos considerar esta clasificación un tanto maniquea, Valle tiene el acierto de advertir que escribir la historia nueva tampoco se trata de forzar la documentación y la evidencia empírica, ni decir que todo ha sido bueno durante la revolución. De los planteamientos de Valle tampoco se conocieron comentarios, ya sea a favor o en contra, por lo que podríamos afirmar que sus ideas, que podrían haber generado otro debate, pasaron inadvertidas entre tantos vertiginosos acontecimientos que se vivieron ese año.
Si bien las Reflexiones de Coronel Urtecho como la demoledora crítica que a ella hizo Cardenal Chamorro, así como el artículo de Valle apuntan hacia aspectos medulares del quehacer historiográfico nicaragüense, consideramos que existen otros aspectos, incluso más básicos de la escritura y la enseñanza de la historia de Nicaragua que necesitan ser debatidos.
Por ejemplo, una de las preguntas esenciales que hasta ahora no se ha planteado a fondo es para qué se escribe historia en Nicaragua, para qué estudiar el pasado del país. Tenemos claro que los primeros historiadores nicaragüenses, en el siglo XIX, se propusieron escribir la historia de Nicaragua porque el país no contaba con textos sobre su pasado. Sin embargo, habría que preguntarse qué tan útil es un texto de historia que muy pocos han leído o que casi nadie va a leer. ¿Qué objetivo tiene, cuál es el propósito de escribir la historia de Nicaragua? ¿Se hace como pasatiempo, en las horas libres que deja otra profesión u oficio principal? ¿Es una forma de ganarse la vida o tiene otro propósito?
Esas son interrogantes que, especialmente en las últimas décadas, han estado flotando en el ambiente intelectual nicaragüense, pero que aún hace falta ponerlas sobre la mesa y realizar sobre ellas un intercambio de ideas profundo y sostenido.
También hace falta debatir y discutir qué relación tiene o va a tener la historia que se escribe con la realidad presente que se está viviendo, y más aún, con algún posible futuro. Y todavía más, ¿qué futuro se imagina, y qué futuro se pretende construir?
Los señalamientos de Cardenal Chamorro y Valle serían excelentes puntos de partida para ahondar sobre el quehacer historiográfico nicaragüense; y en este sentido preguntarse y tratar de responder cómo puede contribuir a transformar la realidad la historia que se escribe y se enseña. ¿Realmente puede contribuir a transformar esa realidad?, ¿se quiere contribuir con la investigación histórica a transformar la realidad, que es lo mismo a decir, a transformar las condiciones de vida de los nicaragüenses más pobres, lo cual ha sido también una de las principales causas de los conflictos que perennemente ha vivido el país?
Hasta ahora, al igual que la historia que se escribió hasta hace algunos pocos años, los proyectos de nación que han predominado en el país han sido excluyentes, la mayoría de ellos elitistas, y a ello se ha debido, en buena medida, que hayan tenido una existencia limitada, es decir, que no lograran consolidarse ni institucionalizarse. Por otro parte, los gobiernos que podemos catalogar como más progresistas y que al menos intentaron, a diferencia de los otros, la inclusión de sectores más amplios de la población, tampoco lograron sobrevivir ni siquiera 20 años.
El proyecto de nación que impulsó el gobierno del liberal José Santos Zelaya, de 1893 a 1909, duró apenas diecisiete años, pues fue totalmente desarticulado por los gobiernos que asumieron el poder en hombros de la intervención estadounidense, con lo cual también se perdió toda noción de soberanía e independencia nacional nicaragüense. Algo similar ocurrió con el proyecto revolucionario sandinista, que no pudo resistir más de una década a la guerra de baja intensidad y a las sanciones políticas y económicas con que lo acosó el gobierno estadounidense. Cómo enfrentar toda esta historia es algo también pendiente de debatirse.
Además, para mencionar otro tema, habría que buscar acuerdos incluso sobre quiénes son los próceres y héroes nacionales de Nicaragua, qué héroes se reivindican, cuáles sólo son figuras inventadas más por intereses particulares o políticos partidarios que verdaderamente nacionales, quiénes son héroes de sólo determinados grupos o sectores de la sociedad.
Quizás habría que reconocer que el país no tiene próceres, y que los héroes nacionales lo son, pero sólo parcialmente: en otras palabras, son héroes sólo de determinado sector de la población; que hay personajes que son considerados héroes nacionales pero no por toda la población del país. Sin querer caer en relativismos extremos, se podría tratar de enseñar esta verdad histórica. ¿Qué mal podría hacer que los escolares nicaragüenses “aprendieran” no sólo fechas de hechos históricos, sino también que existen diferentes interpretaciones sobre esos hechos y divergentes formas de calificar o evaluar a los distintos personajes históricos del país?
A nuestro juicio, al enseñarse una sola interpretación de la historia se tergiversa y se desvirtúa la historia misma y se mutila una de las principales razones de ser de la enseñanza del pasado. ¿No sería acaso la mejor educación histórica aquella que enseñe a los escolares que hay diversas maneras de ver el pasado, y que históricamente se ha interpretado de formas distintas y hasta antagónicas?
En este sentido, cuando abogamos por un debate para discutir y analizar qué historia enseñar no nos referimos sólo al contenido, sino también a la interpretación que se enseñará de esos hechos históricos. Con ello no queremos decir que hay que pretender una sola interpretación del pasado, cosa por lo demás imposible, sino consensuar una interpretación que incluya los intereses y las perspectivas de los distintos grupos que integran la nación.
Ofrecemos un ejemplo: tradicionalmente en las escuelas nicaragüenses se ha enseñado que en 1894 la Costa Atlántica fue “reincorporada a Nicaragua” y que con ello el país consolidó su integridad territorial. Sin embargo, no se explica que la Costa, como comúnmente se conoce a la región caribeña nicaragüense, nunca antes estuvo incorporada. Por otra parte, también se ha omitido la perspectiva de los propios “incorporados”, para los cuales ese proceso significó más bien una “anexión” que destruyó sus antiguas formas de organización y su autogobierno, así como otras de sus tradiciones y costumbres culturales.
Así pues, por ejemplo, sólo hasta que se incluyan la perspectiva y la interpretación que hacen del pasado sectores como los habitantes del Caribe nicaragüense se podrá considerar que se enseña una historia de Nicaragua verdaderamente nacional.
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