Fritongo Morongo: una novela excepcional
Eugenia Toledo-Keyser*
Fritongo Morongo, última novela de Henry A. Petrie, es un excelente ejemplo de la capacidad novelística de su autor, quien a través de los años ha ido madurando, sin duda, en su paso por las letras a pasos agigantados.
Fritongo Morongo es una obra que se empieza a leer y no se puede dejar a un lado hasta terminarla. Es entretenida, interesante y novedosa, entre otras cualidades. Para los que tenemos la manía de clasificar y encasillar las producciones literarias según sus géneros, Fritongo Morongo me impactó, porque cabe en la modalidad de la novela picaresca latinoamericana, pero llevándonos más allá del molde fijo de este tipo de novela, tal vez inaugurando un “nuevo tipo siglo XXI de novela picaresca.”
El personaje principal como pícaro, en la novela de Petrie, vive una serie de transmutaciones que le garantizan la adaptabilidad a los medios en que se desenvuelve. Es una especie de vagamundo que se mueve en un submundo, el Mercado Oriental, medio ambiente propicio para sus aventuras, lugar desde el cual se dispara hacia las alturas, tanto religiosas/populares/ de superstición, como a una buena altura económica-social, dependiendo desde dónde se lo mire. Este submundo existe en cada capital latinoamericana, es un mundo vulgar (nada heroico), chismoso, chistoso, burlón, materialista y corrupto.
En estos submundos florecen individuos cuya característica más poderosa es el ingenio. Fritongo Morongo adquiere su educación aquí, es decir, desde chico se va perfeccionando con los maestros ladinos del mercado, va aprendiendo las artes del engaño y la mentira, el ocio, la flojera, la impudicia y el erotismo lujurioso, elemento altamente picaresco, para desaparecer --mejor dicho, reaparecer-- paradójicamente en la figura de un santo, de una veneración, etc. O de una figura de carne y hueso que complica aún más las cosas y hace revuelo, aumentando la evidente esquizofrenia del lugar --y aún más-- como los pícaros de antaño, aparece o reaparece en el Nuevo Mundo, léase Miami, haciendo fortuna y buena vida, lo cual es una parodia y una carcajada abierta en la cara de nosotros, los lectores. Y a lo cual se suma la presencia del periodista supuestamente el narrador, que usa el lenguaje slang del mercado.
Casi todo el mundo en la novela aparece llevando máscaras, haciendo simulacros y viviendo un parecer ser o un parecer y ser al mismo tiempo, hasta el periodista-narrador.
M. Casas de Faunde indicó ocho elementos que se dan en la novela picaresca latinoamericana, en 1977, a saber: 1) la presencia del pícaro; 2) la novela como una narración o seudo biografía; 3) se da una visión parcial de los hechos o eventos, nada es nítido; 4) tiene un tono reflexivo; 5) ambiente materialista; 6) un movimiento ascendente; 7) un tono caótico, presenta un mundo esquizofrénico, una sociedad esquizofrénica; 8) clases sociales determinadas.
En el caso de la novela de Petrie, le agregaría un punto más, dándole gran importancia a los factores de poder en la obra, empezando por la religión, las clases, el Estado, la educación, y otros determinantes del medio ambiente y de las relaciones horizontales/verticales en la novela. Esta obra se complementa, para mi gusto, en muchos aspectos con la novela escrita por la chilena Diamela Eltit llamada MANO DE OBRA, donde todo sucede no en un mercado, sino en un supermercado.
Henry Petrie nos ha resucitado, en la novela centroamericana, a un personaje único, aprovechador y oportunista. Un viajero de clases sociales y de tierras que hace uso de su agudeza para salir adelante en la vida y se ríe de los peces de colores, no sólo de la gente del mercado de donde surgió, sino de todos nosotros.
05 de septiembre, 2007.
* Ph.D. Independent Scholar, Seattle/Chile.
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