Para comprender el giro decolonial
Para todos la luz. Para todos todo.
(Manifiesto en Náhuatl. Radio Bemba) Carlos Midence
Fue Freddy Quezada quien conversó por primera vez conmigo sobre postcolonialismo en Nicaragua, en ese momento le presenté a los postoccidentales y, a partir de ahí, con esa pericia que le caracteriza se informó sobre el tema. Recientemente volvimos a hablar y me dijo con la misma destreza que él “olía” que gente como Mignolo, Santiago Castro Gómez, Torres Maldonado, Catherine Walsh, entre otros, se estaban separando de los “post” y estaban articulando una nueva escuela, entonces le dije: están creando algo que se denomina el giro decolonial, devenido de gente como Enrique Dussel, Aníbal Quijano, Brunner, Fanon, Memmi, Césaire, Glissant, entre otros, pero que a su vez se remontan a paradigmas epistémicos y creativos como Poma de Ayala, el Inca Garcilazo, Gandhi, incluyendo los quipus incaicos, como el mismo Mignolo lo deja claro en un texto titulado: “Semiosis colonial: la dialéctica entre representaciones fracturadas y hermenéuticas pluritópicas”, ensayo que no es de esta época, pero en el que se avizoraba una búsqueda constante que desembocaría en estas faenas teóricas.
Quezada actualmente publicó un par de escritos en los que claramente difiere de muchas de las ideas decoloniales y a la vez lanza una ofensiva en contra de sus postulados por considerarlos una “involución” y un “estar” hablando “desde” y “por” los “otros” o bien por los subalternos. En este sentido introduce un debate al cual quiero incorporarme disintiendo de lo que Quezada expresa alrededor de los decoloniales por considerar mucho de lo que afirma, un tanto desenfocado y anatemizante, sobre una de las corrientes de teoría cultural surgidas en América Latina con mayor fuerza, rigor académico y sujetualidad definida.
Es decir, los decoloniales, como se les puede denominar, han transitado una serie de estadios que fortalecieron su proyecto hasta el punto que puedo afirmar que su solidez va más allá de los dependentistas que por mucho tiempo se ha asumido eran la moción teórica más sobresaliente y original en nuestro continente. Es decir, no surgieron por espontaneidad, como se pensaba que germinaba la vida antes de que Oparin hablara del carbono en este asunto, sino que devienen de un trazo epistémico acumulativo y comprometido.
He ahí uno de los ejes de ataque de Quezada: acusar a los decoloniales de regresar a paradigmas emancipatorios y sufrir nostalgia de metarrelato. En este sentido se olvida de la condición de “conocimiento acumulativo” --un carácter de viejo cuño-- por lo que los decoloniales no regresan a paradigmas o emancipaciones, como cree Quezada, sino que realizan un depósito de lo que hasta este momento se ha teorizado sobre la modernidad/colonialidad, así como de otras categorías que caben en este proyecto teórico, para luego crear un marco epistémico ajustado a las nuevas coordenadas políticosociales que se están produciendo en el mundo contemporáneo. Es decir, no hay retorno, al menos que quepa el nietzscheano, pues estos autores siempre han estado debatiendo, teorizando sobre estos sujetos y sobre determinadas jerarquías orientalizadas y orientalizadoras en las que seguro el mismo Quezada, los decoloniales, yo, y el amigo lector cabemos sin forzamiento.
En ese sentido, los decoloniales escalan en la “indiscernibilidad” (Zepke) que las condiciones actuales facultan para vincular la cultura (estética) a la política, y cruzarla con el economicismo, sin reducir las determinaciones de cada uno de estos frentes, como una manera de revisitar las descolonizaciones pendientes desde la época postcolonial-independentista --nominal nada más-- en América Latina. Hay un cambio de escenario y se desplaza la revisitación, habilitados por las permutas políticas devenidas de la fuerza de Chávez, Ortega Saavedra, Evo Morales, Tabaré Vázquez, Correa, entre otros. No obstante, podríamos decir que, según Quezada, las cuentas ya fueron ajustadas con la modernidad/colonialidad y, por lo tanto, lo que se debe hacer es adoptar posturas simplistas, reduccionistas y “ultraheterárquicas” como las que él asume a través de sus escritos, o en su defecto insuflar el asunto por medio de los juegos de lenguaje --resabio heideggeriano-- que realiza al tratar de polemizar con estos teóricos. Hablo de cuando desplaza lo de hablar por/desde/junto a sin escrutar en el tratamiento que se le brinda a estas proposiciones, más que preposiciones, como una forma otra de crear o más bien vivificar las nuevas epistemes, sin el ánimo de hablar por/desde/ junto a, sino de lograr un encauzamiento funcional hacia la ganancia de una praxis política, económica y sociocultural, y que luego se haga efectiva en un conocimiento no-monológico como el que se dicta en la actualidad (Dos Santos) y ni siquiera universal, sino pluriversal (Mignolo). ¡Hay un juego lingüístico, semántico y de perfil aquí. Freddy! Empero, esto bien se sabe no es nuevo, pero los decoloniales no están presumiendo de descubrimiento, sino que tratan de restablecerlo como un principio o una coordenada teórico-política funcional.
Aquí quiero detenerme para decir que Quezada, quien se presenta como un anarquista y provocador en sus artículos, no sabe leer la heterarquía --él va a la ultra-- que los decoloniales propugnan como red horizontal de orden fluido, dinámico, que canalizaría las epistemes, otras para producir la re-invención de subjetividades alter-nativas. Dicho de otra manera, Quezada no distancia entre el hacerse y ser que favorecen los decoloniales como forma disímil de generar sentido, y por ello habla de las cinco obsesiones decoloniales; me recuerda a aquellos críticos literarios que hablan de los demonios que todo escritor debe exorcizar, un lugar común en estas lides.
Diría entonces que Quezada, en su afán de disputar jerarquías epistémicas --son claras sus yoicidades-- y en la enumeración azarosa de sus cinco obsesiones --primeros en denunciar, copiar y negar, preposiciones, modernidad y mundos “otros”-- no observa, en honor a la verdad, cuáles podrían ser los valores tanto epistémicos como ético-políticos de una perspectiva histórico-mundial pensada desde este espacio. Él sigue manteniendo la tesis bondiana del cacareo y se olvida de que el mismo Nietzsche puso en duda la originalidad europea también. ¿Entonces?
Tampoco se interroga cómo conceptualizar, analizar e historizar las lógicas patriarcales de la colonialidad del poder, saber y del ser, categorías válidas para pensar nuestra realidad hoy más que nunca. Además ¿cómo re-pensar la bio-política y la corpo-política a partir de miradas teórico-político-epistémicas rearticuladoras? ¿Cómo interpretar y desafiar las nuevas reconfiguraciones de la violencia imperial enfocando sus dimensiones de raza, género y sexualidad? ¿Cómo leer la colonialidad del eros y las gestiones de gestar los eros decoloniales? Entonces, ¿cómo te echás ese trompo en la uña, Freddy?
cmidenceni@yahoo.com
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