Morir soñando
La rebelión de los personajes en la novela “Balastro”, de Pedro Avellán Centeno Erick Aguirre | eaguirre@elnuevodiario.com.ni
Debo advertir al lector que se atreva a hurgar en sus páginas, que la novela Balastro, de Pedro Avellán Centeno, es como una de esas cajas de colores que al abrirse activan subrepticiamente un resorte y de pronto, sin esperarlo, nos lanzan sobre el rostro una sorpresa con la mueca de un sonriente payaso. Y aunque las sorpresas de esta novela apenas se insinúan al inicio, y paulatinamente se nos van sugiriendo a través de la creciente “locura” del personaje Elugerio en los capítulos finales, hay que prevenir también al lector acerca de la serie de inesperados desenlaces que su lectura nos depara, advirtiéndole además que de nada va a servirle apresurarse a leer previamente las últimas páginas para estar preparado; sin dejar de mencionar que durante las jornadas de lectura inicial e intermedia muy pocos indicios habrá de hallar que lo prevengan acerca de su inteligente y lúdico final.
A primera, vista Balastro se inscribe dentro de la prolongación de la tradición realista en la narrativa nicaragüense, especialmente en la tendencia histórico-documental que han cultivado escritores como José Román, Emilio Quintana, Fernando Centeno, Adolfo Calero Orozco, Fernando Silva, Jorge Eduardo Arellano, Róger Mendieta Alfaro, Ricardo Pasos o Francisco Mayorga. Con una estructura narrativa muy bien organizada y una prosa clara, digerible y literariamente lograda, aun cuando recurre a la documentación histórica y hasta sociológica para patentizar el contexto en que se desarrolla la trama y las diversas historias correlacionadas que la circundan, Balastro representa con dureza el drama de la vida de los pueblos de la zona minera en la región selvática del Caribe nicaragüense.
Con cierta frialdad o sobriedad descriptiva, propia de una inteligencia crítica evidente en el autor, Avellán logra en Balastro una denuncia contundente de la avaricia y el despotismo preponderantes en el secular sistema de explotación de los hombres, la tierra y los recursos naturales en esa región de Nicaragua, así como de la complicidad y el servilismo local ante los representantes del capital monopólico extranjero. Se trata, esencialmente, de una novela documental, de denuncia, aunque no por ello también plagada de virtudes estrictamente literarias. Su estructura, trama y lenguaje, aunque se arraigan en la tradición realista y no necesariamente constituyen una drástica ruptura con ella, logran sorprender precisamente por ciertos giros brillantes e inusitados relacionados con la perspectiva narrativa.
Si por metanarración se considera la reflexión del discurso narrativo sobre sí mismo, o sobre su propio proceso narrativo, el final de esta novela es sin duda un interesante ejemplo metanarrativo, propio de las estructuras más frecuentes en lo que se tiende a considerar como propuestas textuales postmodernas, pero logrado a través de un giro o recurso narrativo inusitado y sorprendente: los personajes se rebelan ante la escritura y terminan conminando al narrador a que concluya la historia, y éste luego debe enfrentarse con su vengativo autor, quien desde su vulnerada omnisciencia intenta poner orden entre sus rebeldes personajes, pero acaba obedeciéndoles y sometiéndoseles como un prisionero condenado a muerte.
Desde el capítulo veinte, el personaje Elugerio empieza a sufrir y a lamentarse una vez que se percata de que su gran amor, Aldabiya Jazmín, no es más que un personaje de letras y símbolos que Literato Zelaya, el gran soñador, ha inventado y condenado a desaparecer de la obra. Elugerio insiste en quejarse ante el asombro y el desconcierto de otros personajes que empiezan a mostrarse convencidos de que ha perdido la razón: “¡Perdí a Aldabiya, perdí a mi padre, perdí las esperanzas, perdí el deseo de todo, cuando me di cuenta que sólo somos un sueño, perdí la razón”, exclama Elugerio al final del capítulo 21, convencido ya de que incluso él mismo es sólo parte de un sueño: “¡Todo lo que somos, todo es un sueño, no somos nada, estamos en la cabeza de un señor que está soñando, y nosotros somos parte de su sueño, somos sus personajes. Eso es todo!”.
Hasta el capítulo 21 la novela venía siendo narrada por Literato Zelaya, el soñador a quien Elugerio ha comenzado a invocar y a conjurar. En el siguiente capítulo, Zelaya deja de narrar acerca del mundo novelado y empieza a narrar su propia circunstancia de narrador, que finalmente es también parte de ese mundo novelado. Zelaya despierta de un sueño y empieza a explicarle al lector acerca del material que ese sueño le ha proporcionado para escribir la novela, una novela a la que aún no le ha encontrado título y que después de 22 capítulos devorados el lector ya sabe que se trata del libro que tiene entre sus manos y que, si finalmente se tituló Balastro, obviamente no fue gracias al esfuerzo intelectual del narrador, sino del autor de la novela.
Pero la muñeca rusa del libro, a esas alturas de la lectura, no ha terminado de fragmentarse. En el capítulo 23 quien empieza a narrar ya no es Literato Zelaya, sino el autor mismo, que al observar al soñador tan decidido, tomando apuntes y buscando un título para la novela, y percibiendo en su ánimo la mala intención de escribir el sueño y hacerlo suyo, decide poner un alto al asunto: “Ya era demasiado. Con tales circunstancias tenía que intervenir porque las cosas se estaban pasando de su límite, por los atributos que deliberadamente se estaba dando Literato Zelaya, uno de mis personajes a quien había puesto a soñar”.
El autor intenta entonces tomar las riendas de la narración, sin imaginar lo que le espera. Una vez que ha dejado “suspensas en el limbo” las figuras de otros personajes, procede a reprender a Literato Zelaya y a plantarle en cara su naturaleza ficcional, su condición de personaje literario: “Aquí el dueño de todo soy yo, vos no sos nada, no sos nadie, sólo sos un nombre que he inventado, un personaje ficticio, una mentira”. Y es cuando se produce uno de los asesinatos literarios más interesantes que he leído hasta ahora. El autor planifica y lleva a cabo la muerte de su narrador haciendo que lo fulmine una descarga eléctrica; hecho que luego le permite, con toda comodidad, pensar en un buen título para la novela y empezar a escribir las primeras líneas de la obra, que a esas alturas parece ya una serpiente mordiéndose la cola.
Sin embargo, en otra vuelta de tuerca interesante, al autor de la novela llegan a requerirlo hasta su casa dos agentes de policía, quienes dicen estar levantando las primeras diligencias de instrucción sobre un crimen y le informan que hay una denuncia en contra suya por el delito de asesinato en contra del personaje Literato Zelaya. “¿Y que no saben ustedes que Literato sólo es una invención?... sólo existió en mi mente, y por eso lo liquidé”, responde el autor a los policías, quienes de inmediato lo toman como reo confeso.
“¡Qué confeso ni qué cuentos! Vuelvan a meterse de donde salieron, porque ustedes también son ficticios”, les responde el autor, quien recibe como respuesta una sentencia tan alucinante como hilarante: “¡No señor, se equivoca... usted ha pasado a ser un personaje de su propia novela. Ahora pague las consecuencias... usted será juzgado... Quién lo mandó a que se metiera dentro de esta historia!”. El autor no puede creerlo, exige pruebas, testigos, confiado en que todo aquello es pura ficción. “¡Sus lectores son los testigos!”, le responden los agentes, y se lo llevan detenido, no sin antes requisarlo y decomisarle “el bolígrafo, la pluma, el lapicero, cualquier chochada que sirva para escribir, no vaya a ser y escriba algo para jodernos”.
La novela concluye con el siguiente párrafo: “Los policías se miraban entre sí maliciosos, haciéndose señas, como poniéndose de acuerdo para algo, y descubrí que sus intenciones eran otras: ¡aquellos me iban a matar! Quise despertar, pero no pude, y me di cuenta, hasta ese momento, que iba a morir soñando”. Un final sin duda inesperado y poco usual en esta estirpe de novelas nicaragüenses, en las que hasta ahora era casi inconcebible observar el juego conciente del autor con el dialogismo o la intertextualidad.
Por ejemplo: a lo largo de la novela el narrador nos viene informando que el personaje Elugerio ocupa sus ratos de ocio en la lectura de El general en su laberinto, la novela de Gabriel García Márquez. Y en diversos momentos de esa lectura (especialmente aquellos en que parece estar enloqueciendo) el personaje reflexiona acerca del contenido de ese texto y lo relaciona con las circunstancias en que, social y culturalmente, se desarrolla su propia historia, lo cual es otra hábil recurrencia a la estrategia metanarrativa para dinamizar el texto, un guiño cómplice que alude quizás al Quijote y las novelas de caballería o al manuscrito de Menenguele; una especie de “dialogismo artificial” que más contemporáneamente ha hecho célebre Umberto Eco en El nombre de la rosa, como un intento de “exasperar” la reflexión que el texto realiza sobre sí mismo.
Pero el mismo Eco ha reconocido que la metanarración es muchísimo más antigua que el llamado postmodernismo, y con frecuencia se manifiesta como una intrusión de la voz del autor que medita o reflexiona sobre lo que está narrando y llega incluso a exhortar al lector a compartir sus reflexiones. Ejemplos hay desde las macro-exhortaciones del narrador de la Odisea, pasando por don Quijote y Sancho viendo cómo se imprimen sus aventuras y reconociéndose como personajes hechos de letras y de signos, hasta Pierre Menard, autor infinito del Quijote, o Cortázar auxiliado por sus propios personajes en la construcción y el cuestionamiento de Rayuela, el libro que los contiene, en un juego especular que según el peruano Julio Ortega hace que la novela se comente sí misma.
Aunque en el caso de Balastro, al menos durante su estrategia final, el giro narrativo de Avellán sorprende porque, luego de haber desarrollado una narración más o menos plana, con algunas traslaciones temporales no muy significativas ni muy experimentales, pasa de pronto a desplegar ante nuestros ojos un recurso metanarrativo que quizás vaya un poco más allá de la metanarrativa misma: ya no es el autor quien exhorta al lector a reflexionar sobre lo que ha hecho con el texto, sino que son los personajes quienes exhortan al autor a reflexionar acerca de lo que ha hecho con ellos en el desarrollo de la novela.
Sin duda, la novela Balastro enriquece y de cierta manera renueva la tradición histórico-realista de la narrativa nicaragüense. En ella aún no desaparecen del todo los temas y preocupaciones cultivados hasta hace relativamente poco tiempo por los autores emblemáticos de dicha tradición, pero definitivamente se distingue por el importante logro de empezar a tratarlos con distintos y novedosos procedimientos.
Septiembre, 2007.-
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