Los saberes fronterizos del giro decolonial
Carlos Midence Siempre es la misma función, el mismo espectador
Héroes del Silencio
A través de los más recientes escritos de Freddy Quezada compruebo mi sospecha: fue un niño que siempre perdió sus escaramuzas y debido a eso terminaba como un bocazas disparando diatribas y desenfoques alrededor del contendiente. Esto me da pie también para decir que dentro de la bufonada que publicó el domingo anterior en esta misma sección hay una autorreferencialidad hacia las mojigangas que no abonan a la seriedad del asunto, me remite al análisis que Julián Marías realiza sobre la picaresca en el que el pícaro (en este caso Quezada) a través de la narración implica su propio estado de cosas. Quezada sigue des/encausado y atacando sin fundamento. Noto un rescoldo de atacar sin proponer.
Este señor se ha convertido no en el anarquista, provocador y el antihéroe que cree ser, sino en apenas saltimbanqui/bufón algo devenido, que se envuelve en su propia madeja y se queda distante y desvaído en lo que respecta al asunto que se trata. Pero bien, quiero aclarar que las bufonadas que Quezada escribe en su artículo De Mesías a Cirineos, en el que alude a mi persona y a la escuela decolonial, carece, como siempre, de perspectiva. La primera es un asunto en el que no hay vínculo, como decía alguien por ahí: Quezada se hace el loco (pero no erasmiano), pues lanza en base a halar de los pelos asuntos que está leyendo en ese momento, con los que aborda en sus escritos. Es lo que llamo “atrevimiento de forzocidad del tema”. No obstante, en este punto Quezada por primera vez se pregunta, aunque sin dejar clara la fuerza de las interrogantes sobre la conveniencia de la propuesta decolonial, en base a esto pregunto: ¿acaso la proposición de esta escuela no es precisamente la de interrogar el poder de la modernidad/colonialidad en todos sus puntos de contacto? O ¿no es valido concienciar o desalinear o es pertinente quedarse con la episteme impuesta que llega hasta nuestras universidades y cotidianidades?
Quezada, obstinado en encontrar la genealogía de la ideas, “descubrió” que los decoloniales devienen de Grunner, cuando en verdad antes de este señor Epifanio San Juan, para mencionar uno nada más, describía estos procesos en sendos trabajos. San Juan salvaba el cruce disciplinario, el eclecticismo, la migración y circulación de conocimientos. Además, los mismos decoloniales se han dado a la tarea de “genealogizarse”: van desde Poma de Ayala, Gandhi, Fanon, Memmi (estos son parte de lo que llamaría la circularidad decolonial como aporte sustantivo, el germen, la génesis creativa) y la parte para completar el andamiaje teórico se puede encontrar en una diversidad de autores y escuelas, en los cuales es insoslayable Marx. No obstante, habría que mencionar aquí lo que el mismo Castro Gómez llama el “punto ciego de Marx”, en el que se sabe que a éste se le debe cruzar con otras propuestas para lograr su ajuste. Asimismo le recuerdo a Quezada que, en un asunto similar a éste, un autor serio como Martín Barbero zanjó el asunto de la inventiva de lo que él llama “los Estudios Culturales sin etiqueta”, devenido, según Barbero, de los Martí, los Mariátegui, entre otros. Entonces ¿quién descubrió? Es volver al asunto feyerabendiano de que no hay algo nuevo en estos tiempos.
Lo de cirenaico es un estampido de Quezada en tanto y en cuanto los decoloniales no hablan de ayudar con ningún tipo de carga a alguien, sino de que, como asunto urgente la episteme debe de/construirse para construir realidades “otras” o “nuevas”. ¿Acaso aquí mismo en nuestras universidades y muchos de nuestros intelectuales (el binomio Cuadra/Coronel por ejemplo) no han hecho circular la idea de la violencia epistémica, del ego conquiro en el que se acepta que la racionalidad euronorteamericana se aplica a misiones de conquistas/civilizatorias/evangelizadoras/modernizadoras/desarrollistas que devienen luego en archipiélagos de pensamiento o de visión del mundo de nuestra gente? Hay un completo desatino en este asunto o un rango de acomodamiento, furia interna o un simple trasto inútil cuando don Freddy Quezada anatemiza a la decolonialidad.
Así que, para aclarar las propuestas decoloniales y tal vez desenmarañar a Quezada, voy a hacer de forma sucinta un recuento de lo que es la escuela. Esta comparte aspectos teóricos con diversos grupos “post” (coloniales, occidentales, Estudios Culturales, subalternistas, semiológicos, entre otros), lo componen gente como Walter Mignolo (argentino profesor de la Universidad de Duke), Santiago Castro Gómez (colombiano), Ramón Grosfoguel (Puerto Rico, Universidad de Berkeley), Nelson Maldonado Torres, Catherine Walsh, Aníbal Quijano, Arturo Escobar, Fernando Coronil, Edgardo Lander, entre otros. Su referente parte de que la colonialidad es un componente del colonialismo, pero con mayor aliento de sobrevivencia. Dicho de otra manera el colonialismo es referido a términos políticos, administrativos, militares y la colonialidad es igual, pero con el agravante de que una vez que nominalmente se retira el colonialismo -como el caso de América Latina en 1821- la colonialidad pervive en los estamentos y en el imaginario. Deuda pendiente con los elementos alienantes de la llamada modernidad.
En este sentido el giro decolonial que proponen estos teóricos se puede resumir como las observaciones, indagaciones, de/construcciones a asuntos como:
Colonialidad del saber, que se refiere a asuntos epistémicos, científicos, filosóficos y lingüísticos en los cuales los saberes alternos no relatan realidades, según la visión euronorteamericana, sino imaginaciones. Algo que Paul Feyerabend propone en Tratado Contra el Método. De ahí se derivan los epítetos y las clasificaciones a América Latina que un autor como Carlos Jáuregui estudia muy bien en su más reciente obra.
Colonialidad del ser, que implica asuntos como la sexualidad, los roles, la subjetividad asociado a lo que Edward Said llamó el vínculo de la cultura, de lo estético con el control de las mentalidades. Es decir, cómo la Cultura es parte sustantiva del sistema de cosas. Colonialidad del poder, que se asocia a la economía y la política. La colonialidad en base a sus instrumentos mayores impone y subyuga. Es notorio que los decoloniales conjugan la cultura, más allá de su “acepción cultural” (Brunner) para auscultarla en base a la economía y la política, o viceversa.
Estos son parte de los ejes de estudio de la escuela y para ello se valen de un entramando conceptual disímil que va desde el sistema-mundo wallesteriano, hasta la revisitacion de los polos centro-periferia, así como el denominado mito de la modernidad. Ahí cruzan el aparato teórico de los grupos mencionados arriba, sin menoscabo de las disciplinas medulares. Así que, más que eclecticismo, hay una fronterización del conocimiento, así como hibridez disciplinaria en sus propuestas. En este sentido los estudios de este grupo se desplazan desde la observación a las universidades, así como a la economía y la culturalidad latinoamericana, sin abandono de las prescripciones de los imaginarios coloniales, postcoloniales implicados en el molde de lo latinoamericano.
Quezada en sus diatribas apenas roza los componentes sustantivos decoloniales y relega, al tiempo que reduce las interrogantes sobre la escuela, a necedades; ahora con el ingrediente del genealogista, teórico-purista, ventrílocuo, y lo que es mejor y divertido, con el del Tin-Tan de la crítica de la critica (pobre Todorov).
cmidenceni@yahoo.com
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