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  • The Economist

Así que el obstinado septuagenario renunció a un comité poco importante. ¿Por qué tanto alboroto y titulares?, se han estado preguntando algunos observadores mientras ponen los ojos en blanco. ¿Qué importa quién dirija a la FIFA, el organismo internacional que rige al futbol, o dónde se celebran sus torneos? Todos estos chanchullos, como el furor que ocasionalmente estalla en otros deportes, son absurdamente exagerados. El futbol pertenece a las páginas interiores, no a la primera plana.

Esa opinión, común entre los no entusiastas de los deportes, radica en la errónea idea de que la corrupción en los deportes también es una especie de juego, en la cual los rufianes inocuamente se birlan los ingresos de taquilla. Incluso muchos fanáticos, perturbados por la turbulencia en su afición, pasan por alto su verdadera gravedad. Porque, en el fondo, este no es un tema recreativo sino criminal. Ni inocuo ni carente de víctimas, la corrupción deportiva es perpetrada por funcionarios deshonestos, gobiernos abusivos y mafiosos, en ocasiones en coordinación unos con otros. Sí importa, y el problema va mucho más allá de Sepp Blatter, la FIFA y el futbol.

EJES IMPULSORES

La corrupción en los deportes tiene cuatro ejes impulsores principales y relacionados entre sí. Uno es la innecesariamente faraónica escala de los megaeventos deportivos. Para los regímenes cleptocráticos como el de Rusia --sede de las costosas Olimpiadas de invierno del año pasado y la planeada Copa Mundial en 2018--, estas son oportunidades espléndidas para malversar fondos públicos. Las víctimas son los defraudados contribuyentes, pensionistas y servicios públicos del país anfitrión.

Segundo, los deportes al más alto nivel son ahora una mercadería mundial, que atrae enormes sumas de los mercadólogos y de las cadenas difusoras (el drama deportivo en tiempo real es uno de los pocos imanes de público en vivo que quedan). Como sugiere la investigación estadounidense que ayudó a derrocar a Blatter, los sobornos en ocasiones lubrican los contratos sustanciosos que surgen. Por ello, la corrupción deportiva es inextricable del más amplio flagelo de los sobornos corporativos.

Un tercer factor es la globalización insuficientemente regulada de las apuestas, y su explotación por parte de los que arreglan partidos y lavan dinero. Estas apuestas difícilmente son nuevas: la manipulación de la Serie Mundial de beisbol de 1919 está inmortalizada en "The Great Gatsby". Pero las bases de fanáticos en todo el mundo y el Internet las han hecho mucho más lucrativas, atrayendo a mafiosos serios de Asia y el este de Europa.

Por último, la administración de demasiados deportes es opaca, monopolista, mal monitoreada y totalmente inadecuada para la era de las grandes cantidades de dinero. Algunos deportes (como el tenis profesional) y lugares (como Finlandia y Corea del Sur, que han aplicado mano dura contra el arreglo de partidos en el futbol) se han puesto al día. Otros, como la FIFA, han resultado mal preparados para combatir la depredación y demasiado hospitalarios con los funcionarios poco escrupulosos. El futbol no es el único deporte vulnerable; el escándalo ha afectado a pasatiempos tan oscuros como el balonmano. A menudo intervienen políticos malvados, como algunos de los muchos involucrados en el criquet indio (un pantano de partidos arreglados y sobornos).

TRANSPARENCIA Y RIGOR

En muchas formas, la globalización ha sido una bendición para los deportes, y no solo para los jugadores bien pagados y las concesionarias de autos que patrocinan. Ha producido estándares más altos, mejores estadios y espectáculos más profesionales. Pero para hacer frente a los riesgos que le acompañan, los deportes necesitan ser dirigidos como empresas transparentes y rigurosas. En algunos casos, sus funciones de establecimiento de reglas y promoción deberían separarse de sus papeles de mercadotecnia y organización de eventos. Los patrocinadores corporativos deberían ser más rápidos de lo que han sido en el caso de FIFA en desasociarse de los robos.

Sin embargo, como la corrupción deportiva es un reflejo de problemas más amplios --los deportes meramente son un organismo al cual los súcubos criminales se sujetan--, es demasiado formidable para que la enfrenten las organizaciones deportivas por sí solas, aun cuando se inclinen a hacerlo.

Precisamente porque es un nexo para la delincuencia y la mala práctica más amplias, otros gobiernos y agencias policiales deberían imitar al Departamento de Justicia de Estados Unidos (y a la Suprema Corte de India, que está tratando de limpiar al criquet) persiguiendo a los malversadores, los sobornadores y los lavadores de dinero, e imponiendo castigos severos a quienes atrapen.

Con demasiada frecuencia, las autoridades han compartido la concepción errónea de que la corrupción en los deportes es esencialmente benigna. Preocupados por parecer aguafiestas, la han dejado pasar. La vergüenza de la FIFA debería marcar el fin de esa ingenuidad.

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