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  • The Economist

Uno puede decir que una relación es horrible cuando una de las partes proclama que se está “reinventando”, mientras la otra insiste en que ambos no deberían “darse la espalda entre sí”.

La primera declaración provino de Enrique Peña Nieto, presidente de México. La segunda la hizo Dilma Rousseff, su contraparte brasileña, quien estaba haciendo su primera visita de Estado a México del 25 al 27 de mayo. Los dos prometieron un nuevo inicio. Se comprometieron a impulsar el comercio y firmaron acuerdos para facilitar la inversión y ampliar los enlaces aéreos. Y brindaron entre sí con tequila mexicano y cachaza brasileña, el licor de caña usado en las caipiriñas.

Brasil y México son los dos gigantes de Latinoamérica. Entre ellos, representan más de la mitad de la población, el PIB y las exportaciones de la región. Y, sin embargo, se han ignorado uno al otro en gran medida. Cierto, el comercio bilateral se ha duplicado en los últimos 10 años, pero solo a 9,200 millones de dólares anuales; ninguno de los dos está entre los principales siete socios comerciales del otro. 

Cuando en 2012 Brasil se encontró con una balanza comercial negativa en autos bajo el acuerdo de libre comercio, el país anuló el pacto y lo reemplazó con un sistema de cuotas.

Conversaciones en julio

La inversión es una excepción a la frialdad general. Brasil es ahora el segundo destino para la inversión extranjera mexicana, solo detrás de Estados Unidos.

“No hay una gran empresa mexicana que no esté en Brasil”, dijo José Antonio Meade, secretario de Relaciones Exteriores de México. La inversión de México de 23,000 millones de dólares empequeñece la inversión brasileña en México (de 2,000 millones de dólares), aunque ahora está creciendo.

Los presidentes acordaron iniciar conversaciones en julio para reorganizar su modesto acuerdo comercial (excluyendo los autos). El plan es incrementar de 800 a 6,000 el número de artículos cubiertos por el acuerdo, ampliándolo a la agricultura, los servicios y las adquisiciones gubernamentales. Rousseff dijo que espera que el comercio bilateral se duplique de nuevo para 2025.

Es fácil ser cínico sobre la visita. Ambos presidentes encabezan gobiernos impopulares heridos por el escándalo. Algunos de sus predecesores hicieron promesas similares de acercamiento que resultaron huecas.

En la práctica, sus países a menudo actúan como adversarios. Ambos presentaron candidatos para encabezar la Organización Mundial de Comercio (Brasil ganó). Brasil no apoyó a un mexicano fuerte para el puesto máximo del Fondo Monetario Internacional. No se coordinan en el grupo G20 de potencias mundiales, ni sobre el cambio climático.

Potencia tímida

Es más lo que ha dividido a los dos países que lo que les ha unido. Están separados por el idioma y la distancia; un vuelo sin escalas entre la Ciudad de México y São Paulo toma casi 10 horas. Sobre todo, tienen visiones diferentes del mundo y sus respectivos lugares en él.

Al unirse al Tratado de Libre Comercio de Norteamérica con Estados Unidos y Canadá, que entró en vigor en 1994, México aceptó que su destino económico radica principalmente en el Norte, no en el Sur. Ha adoptado los mercados libres y la globalización. Ha puesto poca atención a Sudamérica, al menos hasta que se unió a Chile, Colombia y Perú en la Alianza del Pacífico de libre comercio en 2012. En política internacional, México sigue siendo una potencia tímida; Brasil tiene casi tres veces más diplomáticos.

Brasil ha pasado los últimos 20 años tratando de crear un bloque sudamericano cuyo núcleo sea el Mercosur, que aspira a ser una unión aduanera proteccionista. Sus instintos económicos son estatistas, y su política exterior premia la “autonomía” (es decir, de Estados Unidos). Recientemente, ha convertido en una prioridad a la agrupación BRIC, en la que está al lado de Rusia, India y China.

Nuevos mercados

“Es parte de la política exterior de Brasil ejercer el liderazgo en Latinoamérica exorcizando a México debido a sus lazos con Estados Unidos”, dijo Andrés Rozental del Consejo Mexicano sobre Relaciones Exteriores, un grupo de análisis.

Pero Rousseff, que lucha con una recesión, enfrenta demandas de parte de las empresas brasileñas de buscar nuevos mercados. Discretamente ha puesto más énfasis en incrementar el comercio. En respuesta a la Alianza del Pacífico, está buscando acelerar los acuerdos según los cuales el comercio de Brasil con Perú y Colombia será libre de aranceles. Ya lo es con Chile. La mandataria debe visitar Washington este mes en un esfuerzo por mejorar las tensas relaciones y hablar de negocios con Estados Unidos.

Rousseff habló de un nuevo “eje tequila-caipiriña” entre Brasil y México. Latinoamérica se beneficiaría si esto se materializara, y no solo económicamente. Si sus dos grandes potencias trabajaran juntas, la región estaría más cerca de cooperar en problemas como el desdén a las normas democráticas en Venezuela.

Sin embargo, la apertura de Rousseff con México parece ser parte de un giro táctico, no un cambio fundamental, en política exterior. Y Peña Nieto no muestra signos reales de abandonar el viejo hábito de México de actuar en el mundo a un nivel por debajo de lo que se esperaría de él. El tequila y la caipiriña son embriagadores, pero la mayoría de la gente prefiere no mezclarlos.

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