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La manera en que los hoyos negros tuercen la trayectoria de la luz a través del espacio no puede ser corregida por el ingenio humano. En comparación, una enorme distorsión en la economía mundial es totalmente creada por el hombre.

Es el subsidio que los gobiernos dan a la deuda. La mitad de los gobiernos del mundo rico permite a sus ciudadanos deducir los pagos de intereses sobre hipotecas de sus ingresos gravables. Casi todos los países permiten a las empresas amortizar los pagos sobre su endeudamiento de los ingresos gravables. Suena prosaico, pero el costo --y el daño-- es inmenso.

En 2007, antes de que la crisis financiera condujera al recorte de las tasas de interés, el valor anual de los ingresos fiscales condonados en Europa era de alrededor de 3% del PIB, o 510,000 millones de dólares, y en Estados Unidos de casi 5% del PIB, o US$725,000 millones. Eso significa que los gobiernos a ambos lados del Atlántico estaban gastando más en abaratar el costo de la deuda que en defensa. Incluso hoy, con las tasas de interés cercanas a cero, los subsidios de deuda de Estados Unidos cuestan al gobierno federal más de 2% del PIB, tanto como gasta en todas sus políticas para ayudar a los pobres.

Inversión excesiva

Esto difícilmente llega a captar el daño total, que se ve agravado por el comportamiento que alientan las exenciones fiscales. La gente pide prestado más para comprar propiedades de lo que haría de otro modo, elevando los precios de las casas y alentando la inversión excesiva en bienes raíces en vez de en activos que creen riqueza. Los beneficios fiscales son cosechados en gran medida por los ricos, lo que empeora la desigualdad. Las decisiones financieras corporativas son motivadas por la maximización de la exención fiscal sobre la deuda en vez de por las necesidades de la empresa.

La deuda tiene muchas cualidades maravillosas, pues permite a las empresas invertir y a los individuos beneficiarse hoy de los ingresos de mañana. Sin embargo, los subsidios fiscales han inclinado a la economía en una dirección lamentable. Han creado un sistema financiero que es propenso a las crisis y está sesgado contra la inversión productiva, y han reducido el crecimiento económico y empeorado la desigualdad. Son una distorsión causada por el hombre y necesita ser corregida.

Empecemos con la fragilidad. Las economías sesgadas hacia la deuda son más propensas a las crisis, porque la deuda impone una obligación rígida de retribuir a los deudores vulnerables, mientras que el capital social está expresamente diseñado para dispersar las pérdidas hacia los inversionistas. Las compañías sin colchones de capital social importante tienen más probabilidad de ir a la quiebra, y esos bancos tienen más probabilidad de derrumbarse. La crisis de las punto-com en 2000-2002 causó pérdidas a los accionistas con valor de 4 billones de dólares y solo una recesión moderada. Los bancos mundiales apalancados registraron pérdidas de solo US$2 billones en 2007-2010 y la economía mundial colapsó.

El sistema fiscal

Los reguladores financieros ya han recorrido cierto camino en la rectificación del balance de la deuda obligando a los bancos a financiarse con más capital social. Sin embargo, el sesgo persiste, en gran parte debido al subsidio de la deuda. Bajo un sistema fiscal más neutral, las compañías venderían más capital social y tendrían menos deuda. Los inversionistas tendrían que acostumbrarse a una mayor volatilidad, pero, conforme los colchones de capital social se volvieran más gruesos, los accionistas estarían corriendo menos riesgo.

Un sistema fiscal neutral también conduciría a decisiones más eficientes por parte de los ahorradores y los prestamistas. Hoy, 60% del crédito bancario en los países ricos es para hipotecas. Sin una exención fiscal, la gente pediría prestado menos para comprar casas y los bancos prestarían menos con propiedades como garantía. La inversión en nuevas ideas y negocios que mejoren la productividad se volvería relativamente más atractiva, estimulando a su vez el crecimiento económico.

Nuevos instrumentos

Eliminar las ventajas de que goza la deuda también conduciría a un sistema más justo. El alivio de los pagos hipotecarios es un subsidio que fluye hacia las personas que lo necesitan menos: Estudios demuestran que se beneficia más el 20% más rico por ingresos de entre las familias estadounidenses. Las hipotecas se volverían más costosas, pero surgirían nuevos instrumentos que permitirían a los individuos cubrir el déficit entre los ahorros actuales y los ingresos futuros que ahora es cubierto solo por la deuda; por ejemplo, las hipotecas de capital compartido que dividen las ganancias y pérdidas de los movimientos de los precios de la vivienda entre los bancos y los dueños de casas.

Si los argumentos a favor de deshacerse de la distorsión de la deuda son abrumadores, el camino hacia su eliminación difícilmente pudiera ser más accidentado. A los políticos no les gustan mucho los cambios que reducen los precios de las casas. Hay un gran problema de coordinación: Los impuestos son un asunto de los gobiernos nacionales y pocos países estarán dispuestos unilateralmente a retirar los subsidios que pudieran hacerlos menos atractivos para las compañías sin ataduras. Además, los intereses creados se quejarán sonoramente. Las empresas que dependen fuertemente de la deuda, como los bancos, las firmas de capital privado y similares, estarán dispuestas a gastar algunos de los miles de millones de dólares que ganan gracias al subsidio fiscal en el cabildeo para defenderlo.

Acción sensata

Esto sirve de argumento para un enfoque escalonado. El lugar para empezar son los subsidios a las hipotecas residenciales. No solo estos subsidios incrementan la fragilidad financiera, sino que no logran su pretendido objetivo de promover la propiedad de viviendas. La proporción de personas que son dueñas de su propia casa en Estados Unidos y Suiza, dos países con enormes subsidios, es de 65% y 44%, respectivamente, no más que en otras economías avanzadas, como Gran Bretaña y Canadá, que no ofrecen exenciones fiscales. La acción más sensata sería retirar gradualmente el alivio fiscal, como hizo Gran Bretaña en los años 90.

Una política neutral

Soluciones • Deshacerse de las exenciones fiscales para la deuda corporativa será más difícil. Los pocos países que han intentado nivelar el campo de juego lo han hecho ofreciendo una dádiva equivalente al capital social. Bélgica e Italia, por ejemplo, dan a las utilidades y los pagos de dividendos que fluyen hacia los tenedores de capital social parte de los mismos beneficios de que disfrutaban los pagos de intereses. Sin embargo, esos sistemas son complicados y reducen la base fiscal de un país en una época en que los gobiernos necesitan dinero.

El mejor enfoque es eliminar gradualmente las exenciones fiscales para la deuda al mismo tiempo que se reduce la tasa del impuesto corporativo. Eso volvería a la política neutral en cuanto a los ingresos, y también desactivaría el riesgo para los gobiernos que quieren seguir adelante pero temen perder una guerra librada en torno a la competencia fiscal.

Ya sea solos o en coordinación, los países deberían actuar pronto. Cuando las tasas de interés están bajas, como lo están ahora, los incentivos para la deuda son menores y, por tanto, son más fáciles de retirar. Cuando las tasas suban, como inevitablemente lo harán, el subsidio se volverá más valioso.

Este es el momento para hacer frente a la gran distorsión de la deuda. Quizá nunca haya una mejor oportunidad.

2 por ciento del PIB cuesta a EE.UU. los subsidios de deuda.

4 billones de dólares perdieron los accionistas con la crisis de las punto-com en 2000-2002.

60 por ciento del crédito bancario en los países ricos es para hipotecas.

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