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A fines de este año, los gobiernos de todo el mundo se comprometerán ampliamente en dos de las áreas de política pública mundial más importantes: desarrollo y medio ambiente. Lo harán firmando dos acuerdos: el primero, una enorme lista de deseos de metas de desarrollo sustentable en una reunión en septiembre en Nueva York; el segundo, un tratado mundial para controlar el cambio climático en una conferencia en diciembre en París.

Sin embargo, estas promesas significarán prácticamente nada sin dinero. De ahí la importancia de una tercera conferencia mucho menos pregonada, una sobre financiamiento del desarrollo que debe celebrarse en Addis Abeba del 13 al 16 de julio. Ésta ofrecerá una oportunidad de platino para dejar atrás un debate estéril sobre la ayuda y avanzar hacia el financiamiento del desarrollo.

Durante décadas, la prueba de si los países ricos hablan en serio sobre mejorar el bienestar mundial ha sido cuánto dinero están dispuestos a aportar. Sin embargo, la ayuda ha ofrecido solo una pequeña parte del financiamiento del desarrollo, comparado con el dinero recaudado vía la tributación o a través de inversionistas privados. Su participación está reduciéndose más.

En muchos países pobres, los ingresos públicos representan menos del 15% del PIB, comparado con una recaudación tributaria promedio del 34% de los ricos.

Los gobiernos de países en desarrollo están recaudando más de 10 billones de dólares anuales internamente, empequeñeciendo los flujos de ayuda de alrededor de 140,000 millones de dólares. El verdadero interrogante para Addis Abeba es cuál es el equilibrio correcto entre ayuda, préstamos concesionales, endeudamiento e impuestos.

Dificultades
El principio rector es que debería desalentarse el alejarse de la ayuda. La ayuda tiene sus usos, pero hace a los países menos responsables de sus decisiones de gasto y, a largo plazo, socava la buena gobernanza.

En muchos países pobres, los ingresos públicos representan menos del 15 por ciento del PIB, comparado con una recaudación tributaria promedio para los países ricos de 34 por ciento. A niveles tan bajos, es imposible ofrecer incluso educación, atención médica o servicios policiales a nivel básico. Estas son áreas en las cuales el gobierno tiene que desempeñar un gran papel, ya sea directamente – operando escuelas y hospitales – o a través de la coordinación, la regulación y la provisión de fondos.

Estos elementos también son vitales para el crecimiento, por ello, aunque pudiera sonar contradictorio, los países pobres a menudo necesitan más gobierno, no menos. En la conferencia, esos países deberían establecerse una meta informal de recaudar y gastar 20 por ciento del PIB.

Los países occidentales pueden ayudar a hacer alcanzable la meta. Los países pobres y de ingresos medios temen que las compañías extranjeras que operan en sus territorios evadan a los recaudadores de impuestos ingenuos e inexpertos. Ayudaría alentar la transparencia corporativa, especialmente penetrando las capas turbias de la propiedad usufructuaria.

Asistencia técnica
No obstante, los países en desarrollo deben soportar la carga principal de mejorarse. Necesitan simplificar sus sistemas fiscales y ampliar la base, facilitar los cobros de impuestos, quizá usando el dinero de ayuda para asistencia técnica. Actualmente, solo un 1 por ciento de la ayuda se destina a sistemas fiscales.

La mayor necesidad de financiamiento de los países en desarrollo es para infraestructura, pero necesita mejorarse el enlace entre su enorme demanda no satisfecha y las fuentes de capital privado. Para alentar un mercado más grande para los bonos de infraestructura, en Addis Abeba los gobiernos deberían alentar a los bancos de desarrollo como el Banco Mundial a ofrecer un menú más amplio y más estandarizado de garantías de crédito.

Las agencias occidentales también deben desarrollar nuevos mecanismos de financiamiento para ayudar a los municipios en los mercados emergentes a recurrir a los mercados de capital. Dada la tasa de urbanización en África y Asia, la diferencia entre un desarrollo bueno y malo será determinada en gran medida por las ciudades.

Si la conferencia de Addis Abeba puede mover los reflectores de la ayuda a estas otras cuestiones, será una Cenicienta que supere en brillo a sus feas hermanastras en Nueva York y París.

 

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