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  • The Economist

Durante casi dos años, las esperanzas de reforma económica en China se han basado en los cambios retóricos más vagos. En un cónclave a fines de 2013, el Partido Comunista declaró que permitiría que las fuerzas de mercado desempeñaran un "papel decisivo" en la asignación de los recursos, mientras que anteriormente su influencia había sido considerada solo "básica". Un andamio endeble, quizá, pero apoyaba una gran expectativa: que el Estado relajaría su control sobre la industria, el comercio y las finanzas.

La caída de las bolsas de valores de China asestó en la primera semana de julio un golpe a estas esperanzas. Al concluir el 7 de julio, se habían suspendido o frenado las operaciones en más de 90% de las 2,774 compañías chinas que cotizan en los mercados bursátiles de China. Las acciones han caído un tercio en menos de un mes, eliminando unos 3.5 billones de dólares en riqueza, más del valor total de la bolsa de valores de India.

Sin embargo, lo preocupante no es el desplome en los precios accionarios, ni las implicaciones para la economía china, sino los frenéticos intentos del Gobierno por poner fin a las liquidaciones.

El caos de los mercados es la primera mancha económica grave sobre el presidente Xi Jinping y el primer ministro Li Keqiang. Los torpes intentos de los funcionarios para reparar el daño solo han empeorado una mala situación. Ahora, el peligro es que el partido saque las conclusiones equivocadas, dejando a China más vulnerable ante la inestabilidad.

DRAMA INADVERTIDO

El primer error, a menudo cometido por los pesimistas de China, es pensar que la caída de los mercados presagia un colapso económico. Eso es muy improbable. Cierto, los mercados bursátiles han perdido un tercio en unas cuantas semanas, pero han caído solo a los niveles de marzo. Siguen teniendo un crecimiento de 75% en un año.

En el drama pasa inadvertido el hecho de que las bolsas de valores siguen desempeñando solo un papel pequeño en China. El valor de libre flotación de los mercados chinos, la cantidad disponible para operaciones, es de solo un tercio del PIB, comparado con más del 100% en las economías desarrolladas. Menos de 15% de los activos financieros familiares está invertido en la bolsa de valores, y esa es la razón de que las acciones al alza impulsaran poco el consumo y de que su caída debiera perjudicarle poco.

Muchas acciones fueron compradas con deuda, y la cancelación de estos préstamos ayuda a explicar por qué el Gobierno no ha podido detener la retirada. Sin embargo, ese financiamiento no es un riesgo sistémico, porque los préstamos son de alrededor de 1.5% de los activos totales en el sistema bancario.

Mercados y política

La economía es sólida. El crecimiento, aunque en desaceleración, se ha estabilizado. El mercado inmobiliario, largo tiempo inmóvil, está repuntando. Las tasas del mercado de dinero son bajas y constantes, lo que sugiere que los bancos están estables.

Sin duda, los funcionarios chinos comprenden esto. El problema es que están menos dispuestos a aceptar las dos causas fundamentales de la inestabilidad: la estructura de los mercados y la política frágil de China.

Desde mediados de 2014 hasta principios de junio, Chinext, un mercado para empresas emergentes, se elevó en más de tres veces. La manía de China derivó en parte de la forma en que funcionaba el mercado. Los reguladores actúan como porteros de las ofertas públicas iniciales, decidiendo de hecho cuáles firmas se cotizan públicamente, cuándo y a qué precio. 

Como el Gobierno inicialmente era lento para aprobar nuevas OPI, aquellas empresas ya lo suficientemente afortunadas para tener cotizaciones en Chinext se volvieron vehículos financieros. Los inversionistas hicieron subir más sus acciones, a sabiendas de que el capital podía comprar empresas a la espera en la larga fila para empezar a cotizar en la bolsa. 

De ahí la compañía de pisos de madera que se reinventó como un desarrollador de juegos en línea y el fabricante de fuegos pirotécnicos que se convirtió en prestamista entre pares, entre docenas de mutaciones similares. Antes de que pasara mucho tiempo, la proporción precio/ingresos de Chinext había llegado a 147, poniéndole en la misma liga que el Nasdaq durante la era de las empresas punto-com.

Avance frenado

El sistema financiero reprimido de China ayudó a inflar la burbuja bombeando dinero a los mercados bursátiles. Los bancos pagan tasas de interés muy por debajo del nivel que se esperaría sin los topes regulatorios, y China no ha desarrollado aún alternativas para los ahorradores que buscan invertir su dinero en otras partes. Durante la última década, la búsqueda de buenos rendimientos ha provocado frenesís de inversión en bienes raíces, sellos postales, frijol mungo, ajo y té.

Las medidas para dar a los inversionistas un mejor acceso a los mercados extranjeros y para liberar las tasas bancarias apuntan en la dirección correcta, pero el avance se ha estado frenando. Los valores estaban igual de maduros para una burbuja en 2015 como lo estuvieron en 2007, la última vez que China experimentó un frenesí bursátil.

Si la estabilidad económica no está en peligro, la mejor explicación para las intervenciones es la política. Cuando los mercados accionarios estaban subiendo, la prensa vitoreaba el período alcista como un apoyo a las reformas económicas del equipo XI-Li. Ahora que están cayendo, los reguladores quieren apuntalar la reputación de su liderazgo.

No solo el motivo es cuestionable, sino también la naturaleza de la intervención. Reducir las tasas de interés como apoyo para la economía, cuando la inflación es tan baja, está bastante bien. Sin embargo, los reguladores también pusieron un tope a las ventas en corto, los fondos de pensiones prometieron comprar más acciones, el gobierno suspendió las ofertas públicas iniciales y los corredores bursátiles crearon un fondo para comprar acciones, respaldado por efectivo del Banco Central.

Desconfianza y falta de entendimiento del Gobierno

El Partido Comunista desconfía de las fuerzas de mercado y no las entiende. Los torpes intentos para salvar las acciones sugieren que está perdiendo el control, mientras que un rescate exitoso habría hecho de la compra de acciones una apuesta unidireccional, inflando aún más la burbuja. 

Una de las ilusiones persistentes sobre la gobernanza de China es que, cualesquiera que sean sus otras limitaciones, tecnócratas eminentemente capaces tienen el control. Su desventura ante la turbulencia de los mercados apunta a una realidad más desconcertante.

China no es el primer país en apuntalar a un mercado bursátil en declive. Los gobiernos y bancos centrales en Estados Unidos, Europa y Japón tienen historias de compras de acciones después de desplomes y recorte de tasas de interés para animar a los inversionistas afectados. Lo que hace destacar a China es que entró en pánico cuando se esperaba una corrección de acciones evidentemente sobrevaluadas. En vez de calmar a los inversionistas, su andanada de medidas reveló desesperación.

La travesía de la economía centralizada a la economía de mercado es larga y peligrosa. China se las ha arreglado bien, pero en los mercados financieros aún tiene un largo camino por recorrer. 

Después del alboroto de la primera semana de julio, debe darse cuenta de que estar parcialmente liberalizado presenta incentivos perversos a los inversionistas y demandas extraordinarias a los formuladores de políticas.

China no debe desacelerar ni dar la vuelta. Ese sería el camino más peligroso de todos. En vez de ello, la verdadera lección de esta semana es que debe permitir que decidan los mercados.

15 por ciento aproximadamente de los activos financieros familiares de China está invertido en la bolsa de valores.

15 por ciento de los activos totales del Sistema Financiero de China corresponde a préstamos.

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