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Fue histórico: todos pueden estar de acuerdo en eso. Pero mientras algunos dicen que el acuerdo alcanzado entre Irán y seis potencias mundiales, más la Unión Europea, fue un gran avance que mantiene a raya la proliferación nuclear y empieza a enmendar una enemistad de 36 años con Estados Unidos, otros están convencidos de que fue, como dijo el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, un "increíble error histórico" que establece a Irán como potencia nuclear y financia su agresión hacia el exterior.

Cuál de esas dos posiciones está más cerca de la verdad depende de dos cosas: la calidad del acuerdo y su efecto sobre el comportamiento de Irán.

Con Irán, tanto sus simpatizantes como sus detractores tienden a distraerse en el pensamiento mágico. Los críticos argumentan que, si tan solo el mundo lo intentara con el suficiente ahínco, Irán renunciaría al meollo de su programa nuclear. Sin embargo, el régimen ve el dominio del ciclo del combustible nuclear como una insignia del poder nacional y un seguro contra el ataque militar estadounidense, así que los críticos corren el riesgo de esperar una negociación que nunca ocurrirá.

Los simpatizantes restan importancia al antagonismo del régimen iraní hacia Estados Unidos e Israel, su determinación de ejercer influencia en el extranjero y su disposición a usar la violencia. Confían demasiado en una transformación del régimen iraní que quizá nunca se dé.

ALTERNATIVAS
Con o sin acuerdo, el mundo está estancado con un Irán que sigue operando un gran programa nuclear y sigue siendo inestable y peligroso. La verdadera prueba del acuerdo es si es mejor que las alternativas. Lo es.

Los detractores tienen razón en que el acuerdo legitima a Irán como un Estado nuclear en ciernes. Si cumple su palabra y evita más restricciones a su programa, Irán tendrá el conocimiento y eventualmente la capacidad para armarse. Sin embargo, también enfrentará mayores restricciones que en la actualidad.

La capacidad de Irán para enriquecer uranio, el combustible de una bomba, y desarrollar un arma será severamente restringida entre 10 y 15 años. Después de eso, estará sujeta a la fuerza total del tratado internacional contra la proliferación. El Gobierno ha aceptado una vigilancia intrusiva de todas sus instalaciones nucleares y las inspecciones a solicitud de sus sitios militares, bajo un sistema de "acceso gestionado". Las sanciones, que serán levantadas como resultado del acuerdo, pueden ser reimpuestas si Irán lo viola.

Para quienes se oponen al acuerdo, las alternativas son esperar uno mejor, o ir a la guerra. Algunos argumentan que, ya que las sanciones dieron pie a concesiones, más sanciones darán pie a más concesiones. Sin embargo, si Estados Unidos se apartara ahora, China, Rusia y la UE perderían fe en el proceso y las sanciones se desmoronarían. Además, pensar que Irán renunciaría al núcleo de su programa es una apuesta insensata. Amenazada, sería más probable que se aferrara a su posición.

EFECTOS
La experiencia nuclear de Irán ha crecido desde 2000 y se ampliaría más aún en los años previos a que nuevamente fueran posibles las negociaciones. El retraso, por tanto, terminaría haciendo aún más difícil un acuerdo ambicioso.

El acuerdo solo tiene sentido si Irán puede atraer ahora comercio e inversión. Entre más comercie Irán con el resto del mundo, más susceptible se volverá a la presión internacional.

Algunos críticos creen que atacar a Irán es la única opción. Pero la guerra es un mal método de control de armas. Aun cuando Estados Unidos tuviera el deseo de una campaña que se prolongara meses, y aun cuando pudiera destruir todos los sitios de armas nucleares de Irán, los bombardeos no pueden destruir el conocimiento nuclear.

Más bien, el programa pasaría a la clandestinidad, más allá del alcance de los monitores. Un ataque, por tanto, sería una vía hacia un Irán con armas nucleares. Si Irán se lanzara en pos de la bomba, la guerra tendría sentido como un último recurso, pero esa opción no desaparecerá solo debido al acuerdo alcanzado.

Pero, el acuerdo conlleva riesgos que sus simpatizantes son lentos en reconocer. Aunque la economía está bajo mucha presión, Irán dedica preciosos recursos a Irak y Siria; patrocina a Hizbulá, la milicia convertida en partido en Líbano; y despierta emociones en Bahréin y Yemen.

Aliviado de las sanciones, un Irán más rico seguramente gastaría dinero extendiendo lo que es principalmente una influencia malévola. La violencia iraní en el extranjero bien podría empeorar, como una acción de apaciguamiento hacia los intransigentes oponentes al acuerdo en Teherán y como un gesto que demuestre al mundo que Irán no se ha reblandecido. La percepción de que Estados Unidos es una potencia en declive, la cual alarma a Israel y los aliados de Estados Unidos en el Golfo, podría avivar las ambiciones iraníes.

DIPLOMACIA
Sin embargo, esa no es toda la historia. El acuerdo nuclear vincula al presidente Barack Obama con Medio Oriente. Este es su legado de política exterior y él es su ejecutante en jefe, al igual que lo serán sus sucesores. El "imperio" de Irán está en turbulencia: agitado por los yihadistas (incluido el Estado Islámico), la guerra con Arabia Saudita en Yemen, y un régimen debilitado en Siria. El dinero extra ayudará a los esfuerzos de Irán, pero como descubrió Estados Unidos en Irak, el dominio no lo determinan los recursos. Si Estados Unidos refuerza su supervisión del acuerdo con una diplomacia regional sostenida, necesaria de cualquier manera después de la Primavera Árabe, entonces puede ayudar a contener a Irán.

Aunque el acuerdo hará a Irán más poderoso, también llevará al país a abrirse más. Como en China, la teocracia iraní gobierna sobre una población que hace mucho tiempo perdió su celo revolucionario. El régimen aceptó restringir su programa nuclear porque, de nuevo como en China, calculó que es más probable que sobreviva si los iraníes sienten que tienen una oportunidad de prosperidad.

A diferencia de la dinastía Kim de Corea del Norte, que violó su pacto nuclear, el líder supremo de Irán, el ayatola Ali Jamenei, decidió que ser un paria era peor para su régimen que unirse de nuevo al mundo.

Esa decisión solo tiene sentido si Irán puede atraer ahora comercio e inversión. Entre más comercie Irán con el resto del mundo, más susceptible se volverá a la presión internacional. Conforme el país se entrelace con la economía mundial, surgirán grupos de interés dentro de la compleja política de facciones de Irán que argumentarán que es mejor para el país tener relaciones decentes con los extranjeros que malas. Entre más se beneficien los iraníes con los lazos con el mundo exterior, más fuertes se volverán las voces que aboguen por la moderación.

Un país del tamaño y la sofisticación de Irán conseguirá una bomba si realmente la quiere. Nada puede cambiar eso. Pero este pacto ofrece la oportunidad de contener a Irán y cambiar su rumbo. El mundo debería acogerlo, cautelosamente.

 

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