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A los pobres no simplemente les falta el dinero. A menudo también les falta el conocimiento básico, el apoyo de instituciones funcionales y confianza en sus propias capacidades. Como resultado, escriben Abhijit Banerjee y Esther Duflo, del Instituto Tecnológico de Massachusetts en su libro “Poor Economics: A Radical Rethinking of the Way to Fight Global Poverty” (Public Affairs, 2011), se necesita “mucha más habilidad, voluntad y compromiso” para que los pobres salgan adelante. No sorprende que escapar de la pobreza, definida habitualmente como vivir con menos de 1.25 dólares diarios, sea tan difícil.

Incluso los planes más exitosos para hacer salir a la gente de la extrema pobreza y mantenerlos ahí parecen funcionar solo para algunas personas, en algunos lugares, algunas veces. Por ejemplo, el microcrédito funciona mejor para los relativamente emprendedores, que rara vez son los más pobres. 

De manera similar, las transferencias de dinero vinculadas a la asistencia a la escuela son útiles, pero requieren un sistema educativo que funcione. Lo que tiene éxito en un país podría fracasar en otro lugar, gracias a las condiciones y normas culturales diferentes. A menudo es más difícil ayudar a los más pobres.

Este panorama desalentador hace que un nuevo estudio de Banerjee, Duflo y varios más sea más impresionante. Afirma haber identificado una estrategia antipobreza que funciona consistentemente, con base en un estudio de más de 10,000 familias pobres a lo largo de siete años en seis países.

“PROGRAMA DE GRADUACIÓN”

El secreto, argumentan los economistas, es distribuir activos, seguidos por varios meses de transferencias de efectivo, y luego por hasta dos años de capacitación y apoyo. Esa fórmula parece haber marcado una diferencia duradera en la vida de los mucho más pobres en países tan diferentes como Ghana, Pakistán y Perú.

BRAC, una gran ONG de Bangladesh que originalmente propuso este enfoque para hacer frente a la pobreza abyecta, le llama “programa de graduación”. Dados los muchos problemas de los pobres, continúa la lógica, es inútil aplicar una bandita a uno mientras se deja supurar a los otros. Por ejemplo, varias ONG, incluidas Heifer International, Oxfam y World Vision, dan vacas, cabras o gallinas a las personas pobres en los países en desarrollo, para que les permita ganarse un ingreso vendiendo leche o huevos. Sin embargo, ¿qué tal si los receptores tienen tanta hambre que terminan comiéndose a su supuesto vale de comida?

La idea de BRAC fue darles a aquellos en el programa de graduación no solo gallinas sino también capacitación sobre cómo mantenerlas, un apoyo de ingreso temporal para ayudarles a resistir la tentación inevitable de comérselas y repetidas visitas de parte de empleados del programa para reforzar la capacitación y estimular la confianza de los participantes. 

Los economistas estudiaron planes que seguían estas líneas, operados por ONG locales en Etiopía, Ghana, Honduras, India, Pakistán y Perú. Los programas se dirigían a los muy pobres: hasta 73 por ciento de los participantes en India y 66 por ciento en Etiopía vivían con menos de 1.25 dólares diarios.

RESULTADOS PROMETEDORES

En los seis lugares, las familias en el programa eligieron un activo, típicamente animales, como un regalo por una única vez. Además recibieron suficiente dinero para comprar un kilo de arroz al día durante todo un año. Se les dio capacitación no solo sobre cómo explotar su activo elegido, sino también sobre cómo mantenerse sanos. Finalmente, la ONG ofreció una forma segura de ahorrar dinero, junto con el ánimo para hacerlo.

Aunque algunos detalles, como el tipo de animales que la gente recibió o el énfasis puesto en ahorrar dinero, variaron de un país a otro, el meollo de los seis planes era el mismo.

Los resultados fueron prometedores. Al final de los programas, aproximadamente dos años después de que se inscribieron los participantes, su consumo mensual de alimentos había aumentado en alrededor de 5 por ciento en relación con el grupo de control. El ingreso familiar también había aumentado, y menos personas reportaron irse a la cama con hambre que en las familias de control. 

El valor de los activos de los participantes había aumentado en 15 por ciento, lo cual sugiere que no habían mejorado sus dietas comiéndose sus gallinas. Más bien, cada persona en el programa pasó un promedio de 17.5 minutos más al día trabajando, principalmente atendiendo a sus animales 10 por ciento más que sus pares.

BENEFICIOS

El impacto también varió por país, siendo más débil en Honduras y Perú y más fuerte en Etiopía. Incluso más asombroso es que el programa tuvo fuertes efectos duraderos en el consumo y los valores de los activos incluso para el 10 por ciento más pobre de las familias a las que llegó, los más pobres entre los pobres.

Quizá lo más importante es que cuando los investigadores regresaron y sondearon a las familias, un año después de que había terminado el programa, encontraron que la gente seguía trabajando, teniendo ingresos y comiendo más. Si estos logros persistieran aún más tiempo, como ha sucedido en Bangladesh, donde otro estudio ha podido dar seguimiento a las personas un año más, los investigadores estiman que el programa de graduación tendría beneficios de entre 1.33 y 4.33 veces lo que se gastara en él.

La única excepción es Honduras, donde no quedó tablas, en parte porque las gallinas que muchas personas eligieron recibir seguían muriendo.

Planes de apoyo desalentadores

Los costos de los planes, que variaron de 414 dólares por participante en India a 3,122 dólares en Perú, parecen desalentadores. Sin embargo, se pretende que la ayuda se dé una sola vez, mientras que muchas campañas antipobreza en el mundo en desarrollo son el cuento de nunca acabar. 

Eso hace a los programas de graduación más baratos que muchas de las alternativas. India, por ejemplo, gasta alrededor de 0.3 por ciento de su PIB cada año en un programa de trabajo para desempleados que abarca a alrededor de 50 millones de hogares. Llegar al mismo número de familias a través de un programa de graduación tendría un costo de una sola vez de alrededor de uno por ciento del PIB.

Además, sería posible lograr el mismo efecto de manera más barata. Por un lado, no está claro que todos los elementos del programa sean necesarios. Un estudio reciente de un plan similar, que se enfocaba en los más pobres de Uganda, encontró que visitas domiciliarias más frecuentes aportaban poco beneficio extra. Esta es la parte más cara del programa, pues cuesta en promedio el doble que las transferencias directas. Pudieran quizá ser eliminadas o reducidas.

Incluso tal cual, sin embargo, la maldición de la pobreza abyecta parece un poco menos intratable.

0.3 por ciento de su PIB cada año gasta India en los “programas de graduación” para salir de la pobreza extrema.

414 dólares por participante fue el costo de un plan contra la pobreza en India.

3,122 dólares por participante costó un plan contra la pobreza en Perú.

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