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Aunque podría ser difícil de creer dado que Donald Trump acapara los titulares, las campañas para las primarias presidenciales de Estados Unidos están proponiendo ideas serias en cuanto a cómo abordar problemas económicos reales. Destaca entre ellas cómo corregir el estropeado sistema de financiamiento universitario del país. 

Hillary Clinton ha propuesto planes intrigantes, pero las ideas del senador Marco Rubio son las más radicales. Y radicalismo es lo que el sistema necesita urgentemente.

Estados Unidos alberga a algunas de las mejores universidades del mundo. Pero, en conjunto, su sistema de educación superior ha sido dañado por los costos crecientes, la deuda estudiantil estratosférica y el desempeño irregular. 

Las cuotas de colegiatura se han duplicado en términos reales en los últimos 20 años. La deuda estudiantil se ha triplicado en la última década, a 1.2 billones de dólares. Un estudio reciente sobre el logro académico en las universidades encontró que 45 por ciento de los estudiantes de Estados Unidos no hicieron un progreso académico discernible en sus primeros dos años.

Solucionar este lío demanda tres cosas: reformas que hagan bajar los costos, que alienten a los estudiantes a tomar decisiones más informadas sobre su futuro y que empaten los pagos con la capacidad de pago de los deudores.

Reducir costos

El plan de Clinton aborda el tercero de esos objetivos, y alude al primero. Propone poner un tope al pago de los préstamos universitarios de un máximo del 10 por ciento del ingreso a lo largo de 20 años. Si un préstamo no es pagado para entonces, el Gobierno asumirá la cuenta. El costo estimado de su plan, que empujaría a Estados Unidos hacia un modelo usado en Gran Bretaña y Australia, asciende a 350,000 millones de dólares en 10 años.

El pago de los préstamos con base en el ingreso tiene sentido. Pero si el Gobierno sigue asumiendo las cuentas de los incumplidos, existe poca presión para que las universidades frenen los costos y los estudiantes elijan sensatamente. La respuesta de Clinton es hacer que los subsidios a las universidades estén supeditados a reducir sus costos.

Rubio aborda las tres prioridades de reforma más ampliamente. Quiere alentar la adopción de las plataformas educativas en línea para frenar los costos y tiene buenas ideas para la manera de difundir la información sobre las ganancias asociadas con los títulos en particular. Pero su propuesta más audaz es vincular el pago del financiamiento universitario con el ingreso usando el financiamiento en forma de capital accionario, una idea planteada por Milton Friedman en 1955.

Según el plan de Rubio, inversionistas privados pagarían por la educación de un estudiante a cambio de reclamar una parte de sus ingresos futuros. Al igual que los dividendos que se acumulan para un accionista dependen de las utilidades de una empresa, así los pagos subsecuentes de un estudiante al inversionista aumentarían y caerían con su ingreso. 

Lógica impecable

El financiamiento accionario conduciría a decisiones más informadas porque los inversionistas estarían menos dispuestos a financiar cursos y universidades que ofrezcan bajos rendimientos. Y reduciría los costos porque los cursos impopulares tendrían que ser recortados de su gasto.

La lógica es impecable. Sin embargo, la idea del financiamiento accionario para la universidad es polémica. Hay críticas tontas, por ejemplo que cualquier contrato accionario sobre el capital humano equivale a una esclavitud forzada. De hecho, estos contratos serían menos restrictivos que un préstamo estudiantil que impone obligaciones de pagos fijos y no puede ser cancelado en los tribunales de bancarrota de Estados Unidos. Es posible --y sensato-- establecer topes al periodo en el cual el ingreso es compartido, el porcentaje de los ingresos que puede ser entregado y la cantidad total pagada.

Los problemas más sustanciales involucran a las asimetrías de la información y el riesgo moral. Los potenciales estudiantes saben mejor, que cualquier inversionista, qué planean hacer con sus vidas. Un abogado que financiara sus estudios emitiendo acciones podría, tras graduarse, permitirse elegir si unirse a un despacho legal con buen salario o convertirse en defensor público, sin que esa decisión sea influenciada por la necesidad de pagar un montón de deuda.

Desde el punto de vista de la sociedad, esa libertad de elegir tiene beneficios: un graduado cargado de deuda tiene menos probabilidad de correr el riesgo de establecer una nueva compañía y más de dirigirse a Wall Street. 

El riesgo de los estudiantes endeudados

Pero desde la perspectiva del inversionista, el riesgo de que los estudiantes pudieran ofrecer bajos rendimientos necesitaría ser compensado por otros estudiantes que busquen caminos más remunerativos.

La gente que piensa que le irá bien posteriormente en la vida también tiene un incentivo para optar por la certeza de los pagos de deuda fijos, en vez de enfrentar la posibilidad de entregar grandes porciones de su ingreso futuro. 

De nuevo, hay soluciones potenciales: algunas empresas emergentes de tecnología han experimentado con modelos de ingresos futuros que permiten a los estudiantes con mejor potencial de ingresos renunciar a una parte más pequeña del ingreso a cambio de la misma cantidad de financiamiento que con perspectivas más sombrías.

Resolver estas dificultades requerirá tiempo e ingenio. Y pase lo que pase, tiene sentido tener una combinación de deuda y acciones, y de dinero privado y público, en la mezcla. Esa es la razón de que las propuestas de Clinton sean un inicio sensato, pero las ideas de Rubio sean dignas de un debate serio.

  • 1.2 billones de dólares es el monto acumulado de la deuda estudiantil en la última década.
  • 350 mil millones de dólares en 10 años es el costo estimado del plan de Hillary Clinton para el financiamiento universitario.

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