•  |
  •  |
  • Edición Impresa

Antes, el sonido característico de un colapso financiero eran los gritos de los operadores en el piso de remates de un mercado financiero. Ahora, es más probable que sea el zumbido de los servidores en los centros de datos, mientras los algoritmos tratan de empatar a compradores con vendedores. Pero cada gran liquidación comprende el mismo temor rampante y visceral. El deseo de vender supera al consejo de permanecer firme.

Los estómagos se están revolviendo de nuevo después de que la bolsa accionaria de China sufrió su mayor caída en un solo día desde 2007. Incluso los medios estatales chinos llamaron al 24 de agosto el “Lunes Negro”.

Desde el rand hasta el ringgit, las divisas de mercados emergentes se desplomaron. Los precios de las materias primas cayeron en un territorio no visto desde 1999. El contagio infectó también a los mercados occidentales. El índice DAX de Alemania cayó más de 20 por ciento por debajo de su nivel máximo. Las acciones estadounidenses se agitaron: General Electric registró en algún momento una pérdida de más de 20 por ciento.

Los mercados del mundo rico han recuperado parte de su aplomo. Pero persisten tres temores: que la economía de China esté en profundos problemas; que los mercados emergentes sean vulnerables a una crisis a gran escala, y que haya terminado la larga recuperación en los mercados del mundo rico. Algunos aspectos de estas preocupaciones se traslapan y otros están fuera de lugar.

Aun así, el pánico de esta semana contiene el inquietante mensaje de que los males de la economía mundial son reales.

DURO ATERRIZAJE

China, donde los precios de las acciones continúan cayendo, es la fuente del contagio. Alrededor de 5 billones de dólares han desaparecido de los mercados accionarios mundiales desde que el yuan se devaluó a principios de este mes.

Ese cambio, aunado a una serie de malas cifras económicas y un torpe intento oficial por frenar el deslizamiento en los mercados chinos, ha avivado los temores de que la segunda economía más grande del mundo se encamine a un duro aterrizaje. Las exportaciones han estado cayendo. La bolsa de valores ha perdido más de 40 por ciento desde su nivel máximo en junio, un descenso más grande que la crisis de las punto-com.

Sin embargo, los agoreros van demasiado lejos. El mercado inmobiliario es mucho más importante para la economía de China que el mercado accionario. Las propiedades alimentan hasta a una cuarta parte del PIB, y su valor apuntala al sistema bancario; en los últimos meses, los precios y las transacciones han sido más saludables.

NO ESTÁ EN CRISIS

El futuro de China radica en sus compradores, no en sus exportadores, y los servicios, los ingresos y el consumo son resilientes. Si sucede lo peor, el Banco Central tiene abundante espacio para relajar su política. Después de una reducción en las tasas de interés esta semana, la tasa a un año sigue situándose en 4.6 por ciento. La economía se está desacelerando, pero incluso un crecimiento del 5 por ciento este año, el extremo bajo de las estimaciones razonables, sumaría más a la producción mundial que la expansión de 14 por ciento que China registró en 2007.

China no está en crisis. Sin embargo, su capacidad para evolucionar suavemente de una economía de mando a una de mercado está en duda como nunca antes. Los formuladores de políticas de China disfrutaban de una reputación de competencia que ponía en vergüenza a los burócratas occidentales de pies de barro. Esta ha sufrido tras sus torpes --y esporádicos-- esfuerzos por impedir que las acciones se hundieran.

Peor aún, los planes de reforma podrían caer víctimas del temor del Gobierno a dar rienda suelta a los mercados. El partido quiere hacer más eficientes a las empresas estatales, pero no exponerlas al estallido total de la competencia. Le gustaría dar al yuan más libertad, pero le preocupa que una moneda debilitada estimule la fuga de capitales. Piensa que los gobiernos locales deberían ser más disciplinados pero, motivado por la necesidad de crecimiento, canaliza crédito en su dirección.

Los temores en torno a China están alimentando al segundo motivo de preocupación: que los mercados emergentes pudieran estar a punto de sufrir una repetición de la crisis financiera asiática de 1997-98. Existen las semejanzas: notablemente un éxodo de capital de los mercados emergentes debido a la perspectiva de una política monetaria más restrictiva en Estados Unidos.

MERCADOS EMERGENTES

Pero las lecciones de la crisis asiática se aprendieron bien. Muchas divisas ya no están atadas sino que flotan libremente. La mayoría de los países en Asia están sentados sobre grandes reservas cambiarias y superávits de cuenta corriente. Sus sistemas bancarios dependen menos de los acreedores extranjeros que antes.

Si esa preocupación es exagerada, otras no lo son. Una China en desaceleración ha arrastrado a los mercados emergentes, como Brasil, Indonesia y Zambia, que llegaron a depender de embarcar mineral de hierro, carbón y cobre en su dirección (los exportadores agrícolas están en mejor estado). A partir de ahora, más de la demanda creada por China provendrá de los servicios, y será satisfecha localmente.

El exceso de oferta también pesará sobre los precios de las materias primas por otras razones. El descenso del petróleo, por ejemplo, también refleja la producción extra de Arabia Saudita y la resiliencia de los productores de esquisto estadounidenses. Las divisas en deslizamiento están sumándose a la carga que soportan las empresas de mercados emergentes con ingresos en moneda local y deuda denominada en dólares.

Más fundamentalmente, el crecimiento de los mercados emergentes ha estado desacelerándose desde 2010. Países como Brasil y Rusia han desperdiciado la oportunidad de promulgar reformas para mejorar la productividad y están sufriendo. Al igual que India, que aun pudiera pagar un precio alto.

PRECIOS VULNERABLES

El mundo rico tiene menos que temer de una desaceleración china. Las exportaciones estadounidenses hacia China representaron menos de un 1 por ciento del PIB el año pasado, pero difícilmente es inmune. Alemania, el motor económico de la Unión Europea, exporta más a China que cualquier otro Estado miembro.

Los precios accionarios son vulnerables porque las empresas más grandes son mundiales: en 2014, de las ventas de las empresas incluidas en el índice S&P 500, 48 por ciento fueron en el extranjero, y el dólar está subiendo frente a las divisas de los socios comerciales de Estados Unidos. Además, el mercado alcista ha durado desde 2009 y las relaciones precio/ingresos exceden los promedios a largo plazo. Una caída violenta en las acciones se derramaría hacia la economía real.

El peligro de las distorsiones económicas

RIESGO • Si se diera el caso, las semanas anteriores han subrayado cuán poco espacio tienen los formuladores de políticas occidentales para estimular sus economías. La Reserva Federal haría mal en elevar las tasas en septiembre, como insensatamente ha hecho esperar a los mercados. Otros bancos centrales también tienen responsabilidades.

El dinero que está saliendo de los mercados emergentes podría tratar de abrirse camino hacia los consumidores estadounidenses, llevando a un creciente endeudamiento familiar y a peligrosas --y conocidas-- distorsiones en la economía. De manera que Europa y Japón deberían relajar más para estimular la demanda.

La política monetaria es solo el principio. La tarea más difícil, en Occidente y más allá, es elevar la productividad. Abundante crédito y una incesante expansión china mantuvieron al mundo en marcha durante años.

Ahora el crecimiento depende de que los gobiernos tomen decisiones difíciles, sobre todo desde las reformas financieras hasta el gasto en infraestructura. Esa es la dura lección del pánico de China.

 

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus