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Muchos países registran déficits. Y cuando ocurren las recesiones, relajar el presupuesto público tiene sentido para muchos de ellos. Pero Brasil no es como la mayoría de los países. Su economía está en problemas profundos y su credibilidad fiscal se está derrumbando rápidamente.

El fin del auge mundial de las materias primas y un escándalo de corrupción que ha minado la confianza, después de años de mala administración económica, han acabado con el crecimiento.

Se espera que el PIB de Brasil se contraiga en 2.3 por ciento este año. El desempleo rápidamente creciente, junto con la declinación real de los salarios del sector privado y un consumo débil, están reduciendo la captación de impuestos. Mientras tanto, la creciente inflación, junto con una divisa en caída libre, significa que los inversionistas demandan rendimientos más altos sobre la deuda gubernamental.

El resultado es un desastre presupuestario. Este año, un superávit primario planeado (es decir, antes de pagos de intereses) se ha desvanecido. Una vez que se incluyen los pagos de intereses, se proyecta que el déficit total de este año será de entre 8 y 9 por ciento del PIB.

Con déficit primario

Enfrentados con la perspectiva de que las finanzas públicas se salgan de control, los formuladores de políticas de Brasil han metido la cabeza en la arena. El borrador del presupuesto para 2016 enviado al Congreso esta semana por la presidenta Dilma Rousseff se basa en un déficit primario por primera vez en la era posterior a la hiperinflación.

La mera legalidad de un presupuesto con un déficit primario ha sido cuestionada: una ley de responsabilidad fiscal aprobada en 2000 ha sido interpretada desde hace tiempo como una prohibición a que el gasto supere a los ingresos. Pero cualquiera que sea el debate legal, el presupuesto es catastrófico.

Primero, Brasil tendría que pedir prestado para cubrir todos sus pagos de intereses; un riesgo para un país con una de las tasas de interés reales más altas, por mucho, entre cualquier economía de tamaño considerable, en una época de recesión y de un amplio nerviosismo en los mercados emergentes.

Segundo, un déficit primario envía un mensaje deprimente sobre la gestión económica brasileña. Desde principios de este siglo, el gobierno de Brasil se ha guiado por tres principios: una meta inflacionaria creíble, una moneda en flotación y superávits primarios, idealmente lo suficientemente grandes para hacer bajar la deuda pública.

Debilidad política

El "trípode" permitió que dejara atrás su pasado hiperinflacionario, convenció a las agencias calificadores de concederle un distintivo de grado de inversión y apuntaló el crecimiento que sacó a millones de la pobreza. Todo esto está ahora en peligro.

Rousseff no es la única a quien se debe culpar. Ella esperaba que se registrara un superávit primario, pese a la recesión, resucitando un impuesto sobre las transacciones financieras que fue abolido en 2007.

Su debilidad política dio al traste con ese plan.

En solo 8 por ciento, su índice de aprobación pública ha alcanzado profundidades no vistas por ningún presidente brasileño anterior, socavando su autoridad en el Congreso. Los legisladores también están enojados por los intentos de su ministro de finanzas de controlar el gasto de proselitismo electoral, y alarmados por una amplia investigación sobre la corrupción en el gigante petrolero controlado por el Estado, Petrobras.

A sabiendas de que el nuevo impuesto sería impopular --y con la esperanza de debilitar más a Rousseff--, los legisladores pusieron en claro que lo bloquearían.

El Congreso, dicen los asesores de Rousseff, ahora debe encontrar una manera de pagar el gasto que se niega a reducir. Pero está lleno de políticos que toman decisiones a corto plazo al parecer sin preocuparse por asegurar el futuro de Brasil.

Puede empeorar

Muchos, tanto en la oposición como entre los supuestos aliados de la presidenta, están desperdiciando su energía tratando de impugnar a Rousseff, en vez de encontrar una manera de corregir el presupuesto. A menos que este estancamiento se resuelva rápidamente, la confianza empresarial y del consumidor caerán más y los inversionistas extranjeros se retirarán. Brasil se encaminará a una crisis multianual y una degradación de sus calificaciones.

Entonces, ¿cómo podría alcanzar un superávit primario? Por mucho, la mejor solución sería recortar el gasto público, el cual representa más del 40 por ciento del PIB, mucho más que en otros países de ingresos medios.

Rousseff ha reducido algo del gasto discrecional, por ejemplo prometiendo fusionar algunos ministerios. Pero el presupuesto de 2016 incluye planes para elevar en un enorme 10 por ciento el salario mínimo y muchos pagos de beneficencia.

La paralización en el Congreso y una Constitución que está llena de compromisos de gasto prohibitivos significan que solo rara vez los gobiernos brasileños se las ingeniaron para recortar los egresos; y solo bajo presidentes dotados de notables habilidades políticas y de liderazgo. Rousseff se queda corta de alcanzar ese ideal.

Eso solo deja el apósito. El propuesto impuesto sobre transacciones financieras quizá, como tantos impuestos brasileños, está mal diseñado y dificultaría el crecimiento. Pero aun así sería mejor que elevar el gasto sin tener una manera de pagarlo.

Si no es este impuesto, entonces se necesita otro; y, después de eso, asumir el asunto de reformar al Gobierno de Brasil.

  • 2.3 por ciento se espera que se contraiga el PIB de Brasil este año.
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