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Un continente separa a los cruentos campos de batalla en Siria de los arrecifes y cardúmenes dispersos en el Mar de la China Meridional. En sus diferentes formas, sin embargo, ambos lugares son testigos del cambio más significativo en las relaciones de las grandes potencias desde el colapso de la Unión Soviética.

En Siria por primera vez desde la Guerra Fría, Rusia ha desplegado sus fuerzas mucho más allá de su territorio para sofocar una revolución y apoyar a un régimen satélite. En las aguas entre Vietnam y Filipinas, Estados Unidos pronto indicará que no reconoce los reclamos territoriales de China sobre una veintena de afloramientos y arrecifes, ejerciendo su derecho a navegar dentro del límite marítimo de 20 kilómetros que un Estado soberano controla.

Durante los últimos 25 años, Estados Unidos ha dominado por completo la política de las grandes potencias. Cada vez más, sin embargo, vive en un mundo en disputa. El nuevo juego con Rusia y China que se está desarrollando en Siria y el Mar de la China Meridional es una probadita de las luchas por venir.

Como de costumbre, esa lucha está siendo librada en términos de poderío. El Presidente de Rusia, Vladimir Putin, ha intervenido en Siria para sofocar al yihadismo y apuntalar su propia posición en su país. No obstante, también quiere demostrar que a diferencia de Estados Unidos, se puede confiar en Rusia para que se hagan las cosas en el Medio Oriente y ganar así amigos, por ejemplo ofreciendo a Irak una alternativa a Estados Unidos.

La legitimidad

Para que no vaya a ser que alguien suponga, como el senador John McCain (republicano de Arizona), que Rusia no es nada más que “una estación de gasolina disfrazada de país”, Putin pretende probar que su nación tiene resolución, así como tropas de élite y misiles crucero.

La lucha también gira en torno de la legitimidad. Putin quiere desacreditar a la gestión que hace Estados Unidos del orden internacional. Estados Unidos argumenta que el descontento popular y los abusos de derechos humanos del régimen sirio descalifican al Presidente Bashar al-Assad para retener el poder. Putin quiere restar importancia a los derechos humanos, a los cuales ve como una licencia para que Occidente interfiera en países soberanos; incluso, si alguna vez tuviera que imponer una represión brutal, en la propia Rusia.

El poder y la legitimidad no están menos en juego en el Mar de la China Meridional, un lugar de tránsito para gran parte del comercio mundial que se transporta por mar. Muchas de sus islas, arrecifes y bancos de arena están sujetos a reclamos que se traslapan. Sin embargo, China insiste en que sus argumentos deberían prevalecer, y está imponiendo su propio reclamo ampliando los arrecifes con rellenos y estableciendo pistas aéreas y guarniciones militares.

Esto es en parte una afirmación de su rápidamente creciente poderío naval China está creando islas porque puede. Ocuparlas encaja en su estrategia de dominar los mares más allá de su costa. Hace 20 años, los barcos de guerra estadounidenses navegaban hasta ahí con impunidad, pero actualmente se encuentran en aguas potencialmente hostiles.

Proyectar poderío

Sin embargo, también está en juego un principio. Estados Unidos no tiene una postura oficial sobre quién posee las islas, pero insiste en que China debería establecer sus reclamos a través de la negociación o el arbitraje internacional. China está afirmando que en su región, para las disputas sobre las islas como en otras cosas, ahora ella establece las reglas.

A nadie debería sorprenderle que la preeminencia de Estados Unidos esté siendo refutada. Después del colapso soviético, la supremacía mundial absoluta de Estados Unidos en ocasiones empezó a parecer normal. De hecho, su dominio alcanzó tales alturas solo porque Rusia estaba tambaleándose y China seguía surgiendo del caos y los estragos que tanto la disminuyeron en el siglo XX.

Incluso hoy, Estados Unidos sigue siendo el único país capaz de proyectar poderío en todo el planeta. Su influencia en el sistema financiero sigue creciendo. No obstante, hay razones para preocuparse.

La reafirmación del poderío ruso augura problemas. Ya ha conducido a la anexión de Crimea y la invasión del este de Ucrania, ambas violaciones del mismo derecho internacional que Putin afirma estar defendiendo en Siria. El Presidente Barack Obama se consuela con la economía débil de Rusia y la emigración de algunos de sus mejores ciudadanos, pero una ex superpotencia con armas nucleares y en declive puede causar mucho daño.

Las relaciones entre China y Estados Unidos son más importantes e incluso más difíciles de manejar. Por el bien de la paz y la prosperidad, los dos deben poder trabajar juntos. Sin embargo, sus tratos inevitablemente se ven plagados por la rivalidad y la desconfianza. Como todas las transacciones corren el riesgo de ser una prueba sobre cuál de ellos tiene el control, el antagonismo nunca está muy lejos de la superficie.

EE.UU. cede la iniciativa a Rusia

La política exterior estadounidense no se ha adaptado aún a este mundo en disputa. Durante las últimas tres presidencias, la política ha involucrado principalmente la exportación de los valores estadounidenses, aunque en los países en el extremo receptor, eso en ocasiones se sienta como una imposición. La idea era que los países inevitablemente gravitarían hacia la democracia, los mercados y los derechos humanos. Los optimistas pensaban que incluso China estaba encaminándose en esa dirección.

Esa idea se ha resentido, primero en Afganistán e Irak y ahora en un Medio Oriente más amplio. La liberación no ha producido estabilidad, la democracia no ha echado raíces. Obama ha parecido concluir que Estados Unidos debería retirarse. En Libia tiró de los hilos tras bastidores, y en Siria se ha abstenido de actuar. Como resultado, ha cedido la iniciativa a Rusia en Medio Oriente por primera vez desde los años 70.

Todos aquellos que aún ven a la democracia y los mercados como la ruta hacia la paz y la prosperidad esperan que Estados Unidos esté más dispuesto a tomar las riendas. El deseo de Obama que otros países debieran compartir la responsabilidad del sistema de derecho internacional y derechos humanos funcionará solo si su país establece la agenda y toma la iniciativa, como hizo con el programa nuclear de Irán. El nuevo Gran Juego involucrará una diplomacia firme y la ocasional aplicación juiciosa de la fuerza.

Estados Unidos aún tiene recursos de los que carecen otras potencias. El más importante es su red de alianzas, incluida la OTAN. Aunque Obama en ocasiones se comporta como si las alianzas fueran transaccionales, necesitan cimientos sólidos. El poderío militar de Estados Unidos no tiene igual, pero se ve obstaculizado por la política proselitista y los recortes automáticos ordenados por el Congreso.

Estos surgen del mayor freno para el liderazgo estadounidense: la política disfuncional en Washington. Eso no es solo mala publicidad para la democracia, sino que también obstaculiza a los intereses de Estados Unidos. En el nuevo Gran Juego, es algo que Estados Unidos --y el mundo-- no puede permitirse.

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