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Los brasileños se enorgullecen del acogimiento --a menudo literal, dada su propensión a los abrazos-- que dan a los forasteros. Casi todos los 204 millones de habitantes son descendientes de inmigrantes o de esclavos africanos. El sentimiento nativista es prácticamente inexistente y los extranjeros se mezclan fácilmente en una sociedad multiforme.

“Brasil es un país de acogida”, escribió la presidenta Dilma Rousseff en un reciente artículo sobre la crisis de migración mundial.

Esa acogida incluso se extiende a los refugiados sirios, cuya huida hacia Europa ha causado una crisis ahí. El 5 de octubre, el gobierno de Brasil firmó un acuerdo con el Alto Comisionado para los Refugiados de la ONU para fortalecer un plan de hace dos años, recientemente extendido a otros dos, para aprobar rápidamente sus solicitudes de visa presentadas en los países que colindan con Siria.

Hasta ahora Brasil ha emitido visas a 8,000 sirios y concedido asilo a 2,100. Eso le pone por delante de Italia y España, aunque estos son países más pequeños. La diminuta población musulmana de Brasil, de apenas 35,000 personas, está a punto de crecer. En total, 18,000 solicitantes de asilo están a la espera de una decisión.

Nuevas vidas

Estas cifras son mínimas al lado de los cientos de miles que esperan llegar a Europa este año procedentes de Siria y otros lugares conflictivos, pero son un torrente comparadas con las de hace unos cuantos años. 

Las solicitudes de asilo de todos los países pasaron de 566 en 2010 a 8,302 el año pasado. Sin embargo, es poco probable que se acerquen a los niveles europeos, en parte porque los solicitantes de asilo tienen que pagar su pasaje hacia Brasil.

Los burócratas del país, que a menudo no responden a sus propios conciudadanos, se han mostrado extraordinariamente eficaces en el procesamiento de los casos de los refugiados. Aun más sorprendente es cuán rápidamente pueden los refugiados iniciar sus nuevas vidas. Cheick Oumar llegó a Sao Paulo procedente de Mali hace menos de dos semanas, pero ya muestra orgullosamente su identificación temporal y su permiso de trabajo.

Las ONG que tratan con los migrantes elogian esos esfuerzos, pero se quejan de que el gobierno luego pierde interés, dejando que demasiadas responsabilidades --clases de portugués, ayuda legal, la operación de los refugios, etcétera-- recaigan en ellas. 

Prefieren trabajar

Larissa Leite de Cáritas, una organización de caridad, piensa que las autoridades deberían hacer más para armonizar los procedimientos entre los diferentes niveles de gobierno para informar a los refugiados de sus derechos, incluidos los derechos a los beneficios de un plan de transferencias de dinero.

La mayoría de los refugiados prefiere trabajar a recibir dádivas. Sin embargo, como se espera que la economía se contraiga en 3 por ciento este año, los empleos son cada vez más difíciles de conseguir.

“Todo aquí es maravilloso, excepto por los empleos”, dijo Mobkaf Altawil, un arquitecto sirio que huyó a Brasil hace un año con su esposa, quien es abogada.

Él hornea pizzas para ganarse la vida. Muchos otros no son tan afortunados. Hasta que la economía vuelva a crecer, es poco probable que Brasil se convierta en un destino popular, no importa cuán cálido sea el recibimiento.

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