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Brasil no parece una economía al borde del sobrecalentamiento. El Fondo Monetario Internacional espera que se contraiga en 3 por ciento este año y un uno por ciento el próximo, lo cual sería la primera vez que el país sufriera dos años consecutivos de contracción desde 1930-1931. En total, 1.2 millones de empleos se desvanecieron en el año concluido en septiembre, y la tasa de desempleo ha alcanzado el 7.6 por ciento, muy superior al 4.9 por ciento de hace un año. Quienes siguen trabajando están encontrando cada vez más difícil arreglárselas con lo que ganan: los salarios reales, ajustados a la inflación, descendieron en un 4.3 por ciento anualizado. Pese a la economía débil, la inflación está alcanzando los dos dígitos.

Predominio fiscal

El banco central admitió recientemente que superará su meta inflacionaria del 4.5 por ciento el año próximo. Los mercados no esperan que la cumpla antes de 2019.

Si los precios rápidamente al alza son simplemente un efecto pasajero de la reciente caída del real, la cual ha elevado el costo de los productos importados, entonces no son demasiado inquietantes. Sin embargo, algunos economistas tienen una explicación más alarmante: los males presupuestarios de Brasil son tan extremos que han socavado el poder del banco central para combatir la inflación, un fenómeno conocido como predominio fiscal.

Las causas inmediatas de los problemas de Brasil son externas: la débil economía mundial, el titubeante apetito chino de petróleo y mineral de hierro en particular, ha debilitado a las exportaciones y la inversión.

No obstante, gran parte de los pesares del país han sido autoinflingidos. La presidenta Dilma Rousseff podía haber usado la bonanza de las materias primas de su primer mandato en 2011-2014 para recortar a la inflada burocracia, que absorbe 36 por ciento del PIB en forma de impuestos pese a ofrecer pocos servicios públicos decentes a cambio. En vez de ello, derrochó en dádivas, préstamos subsidiados y costosas exenciones fiscales para industrias favorecidas. Esto alimentó un auge del consumo, y con ello la inflación, mientras ocultaba las debilidades latentes de la economía: una pesada burocracia, impuestos impenetrables, una mano de obra poco calificada y una infraestructura de mala calidad.

Balanza primaria

El derroche del gobierno también dejó a las finanzas públicas hechas jirones. La balanza primaria, antes de pagos de intereses, pasó de un superávit de 3.1 por ciento del PIB en 2011 a un déficit previsto de 0.9 por ciento este año. En el mismo periodo, la deuda pública se ha inflado a 65 por ciento del PIB, un aumento de 13 puntos porcentuales. Eso es menor que en muchos países ricos, pero Brasil paga intereses mucho más altos sobre su deuda, la enorme mayoría de la cual está denominada en reales y es relativamente a corto plazo. Gastará 8.5 por ciento del PIB este año en servicio de esa deuda, más que cualquier otro país grande. En septiembre, perdió su calificación crediticia de grado de inversión.

Dilema

La especie de estanflación que Brasil está experimentando plantea un dilema a los banqueros centrales. Elevar las tasas de interés para sofocar la inflación podría empujar a la economía a una recesión más profunda, pero reducirlas para estimular el crecimiento podría hacer que la inflación se saliera de control.

Entre octubre de 2014 y julio de 2015, los establecedores de tasas del país parecieron dar prioridad a la estabilidad de precios, elevando la tasa de referencia Selic en tres puntos porcentuales, a 14.25 por ciento, donde permanece. Las atractivas tasas reales de casi 5 por ciento debían haber hecho a la divisa, el real, atractiva para los inversionistas. En vez de ello, la moneda ha perdido dos quintas partes de su valor frente al dólar durante los últimos 12 meses.

Es este patrón de una moneda cada vez más débil y una creciente inflación pese a las tasas de interés más altas, combinado con una duplicación de los costos del servicio de la deuda en los últimos tres años, lo que ha llevado al diagnóstico de predominio fiscal. El costo de pagar el servicio de las deudas de Brasil se ha vuelto tan alto, temen los pesimistas, que las tasas deben establecerse para mantenerlo manejable en vez de para controlar los precios. Eso, a su vez, conduce a un círculo vicioso de una moneda en declive y una inflación al alza.

Inflación e intereses

Mónica de Bolle del Instituto Peterson para la Economía Internacional, un grupo de análisis en Washington, estima que la Selic debería estar dos o tres puntos porcentuales más arriba de donde está para anclar las expectativas inflacionarias. Sin embargo, si la Selic se elevara tanto, podría avivar realmente la inflación, incrementando el ya alto costo de los intereses para el gobierno y por tanto incrementando el riesgo de un incumplimiento de pagos; una perspectiva que causaría que el real se desplomara y la inflación se disparara.

Alternativamente, el banco central podría imprimir dinero para comprar bonos gubernamentales, pero esa monetización avivaría la inflación. De cualquier manera, los inversionistas asustados seguramente se desharían de los bonos gubernamentales a favor de activos extranjeros, acelerando la caída de la divisa y el aumento de la inflación.

Brasil ha estado en esa trampa antes, más recientemente hace poco más de una década. En un estudio publicado en 2004, Olivier Blanchard, el ex economista en jefe del FMI que está ahora en el Instituto Peterson, encontró evidencia de que los aumentos de tasas en Brasil en 2002-2003 estimularon la inflación en vez de controlarla. Los precios fueron puestos bajo control solo debido a la restricción fiscal impuesta por el predecesor y mentor de Rousseff, el presidente Luiz Inacio Lula da Silva, quien asumió el poder en 2003.

Pesimismo sobre la economía

Análisis• La situación hoy es diferente en Brasil, insistió el ex economista en jefe del FMI, Olivier Blanchard. Las tasas reales son de menos de la mitad de lo que eran a principios de la década del 2000, y solo un 5 por ciento de la deuda gubernamental está denominada en dólares, comparado con casi la mitad en ese entonces. La renuencia del banco central a elevar más la Selic podría haber tenido que ver más con el impacto sobre la producción que con las inquietudes fiscales. La depreciación de la moneda, también, pudiera ser atribuible al pesimismo general sobre la economía en vez de al temor de un incumplimiento de pagos o la impresión de dinero. También ha hecho a los 370,000 millones de dólares en reservas exteriores de Brasil más valiosos en términos de la moneda local, un colchón útil.

No hay duda, sin embargo, de que la política monetaria brasileña está en el mejor de los casos limitada. Los bancos de propiedad estatal han otorgado casi la mitad del crédito del país a tasas subsidiadas bajas que tienen poca relación con la Selic, a un costo de más de 10,000 millones de dólares al año para el contribuyente. En el último año, conforme los bancos privados han reducido el crédito en términos reales, los públicos han seguido ampliando sus libros de préstamos. Todo esto obstaculiza a la política monetaria, dijo Marco Bonomo de Insper, una universidad en Sao Paulo. Si no se le controla, este incremento del crédito podría amenazar a la estabilidad de precios.

El predominio fiscal quizá no sea más que una teoría, pero la carga política que está siendo el lastre de Brasil es obvia para todos.

 

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