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En cierta forma, las conversaciones sobre el clima que empezaron en París el 30 de noviembre muestran la mejor cara de los líderes mundiales. Tomando un descanso de asuntos urgentes como las amenazas terroristas y las economías titubeantes, tratan de evitar una crisis que presentará sus riesgos más graves mucho tiempo después de que ellos abandonen el poder. Es lo opuesto al pensamiento miope que, se dice, a menudo aflige a la política.

Es una lástima, entonces, que los políticos se impongan una tarea imposible y que en su mayor parte estén llevándola en la dirección equivocada.

Ahora, es casi difícil negar que el cambio climático está sucediendo, que es provocado en gran medida por el hombre y que es excesivamente peligroso; aunque los principales candidatos presidenciales republicanos de Estados Unidos rutinariamente lo intenten. Este año casi seguramente será el más caliente desde 1880, cuando empezaron los registros de la NASA. De ser así, 2015 romperá un récord establecido apenas en 2014. Cada año en lo que va de esta década ha sido más caliente que todos los años antes de 1998.

Las turbinas eólicas y los paneles solares se están propagando por toda Europa, Estados Unidos y China, y apenas restringen las emisiones de bióxido de carbono. Desde principios de este siglo, la energía global se ha vuelto más, no menos, intensiva en la emisión de carbono. El carbón ahora suministra 41 por ciento de la electricidad del mundo y 29 por ciento de la energía del mundo, una proporción mayor que en cualquier momento en las últimas cuatro décadas. La concentración atmosférica de bióxido de carbono es 40 por ciento más alta que al principio de la revolución industrial.

La amenaza

Los presidentes y primeros ministros que se reúnen en París insisten en que el calentamiento global debe ser frenado antes de que el mundo se vuelva 3.6 grados Fahrenheit más caliente que en la era preindustrial. Eso es lo que han dicho durante años pero, considerando el impulso detrás del cambio climático, esta meta es tan poco realista como arbitraria. Si las emisiones anuales de gases de invernadero permanecen al nivel actual, en solo 30 años entrará suficiente contaminación en la atmósfera para calentar eventualmente al mundo en 3.6 grados Fahrenheit.

Los ecologistas dicen que la meta es un punto de inicio, el cual es útil porque inspira a la acción y la acción, una vez en marcha, inspirará aún más acción en un círculo virtuoso. Si solo los líderes mundiales se pusieran firmes y prometieran aún más energía verde, argumentan, se pudiera evitar el desastre.

Sin embargo, esto subestima drásticamente el desafío. Las partes del planeta que se han enriquecido lo han hecho echando mano de una enorme reserva de energía fósil con total, aunque comprensible, abandono. Para que el resto del mundo se les una durante el próximo siglo, y luego todos los interesados -así como los habitantes no humanos del planeta- florezcan en los siglos por venir, se requerirá mucho más que una gran expansión de las tecnologías renovables existentes. El mundo y sus líderes necesitan más ambición y más realismo.

La visión

La ambición requiere incrementar las opciones disponibles. Los subsidios generosos perpetúan las tecnologías bajas en emisión de carbono de hoy, cuando el objetivo debería ser dar paso a las del mañana. Desafortunadamente, las compañías de electricidad -a diferencia, digamos de las farmacéuticas o los fabricantes de autos- ven la inversión en nuevas tecnologías radicales como una mala perspectiva, y los gobiernos han sido débiles en entrar al quite. Un compromiso amplio rápidamente para elevar y diversificar el gasto en investigación y desarrollo en tecnologías energéticas sería mejor recibido que, más o menos, cualquier otra cosa que París pueda ofrecer.

Esto sería costoso, pero recordemos tres cosas: Una es que el dinero del gasto para reducir riesgos graves es razonable.

La segunda es que algunas de las políticas climáticas de hoy cuestan mucho más que una cartera de investigación ampliamente extendida, y reditúan más bien menos. Los subsidios que han creado miles de centros de energía eólica y solar han logrado poco a un gran costo. Otros subsidios verdes, como algunos de los aplicados a los biocombustibles, han hecho verdadero daño. Se puede ahorrar mucho dinero.

Una tercera es que una de las mejores medidas contra el cambio climático recauda dinero. Los bien diseñados precios del carbono pueden impulsar la energía verde, alentar el ahorro de energía y suprimir la energía alimentada por combustibles fósiles mucho más eficientemente que los subsidios para las energías renovables.

Los valientes

Unos cuantos lugares valientes han elegido establecer esos precios a través de impuestos al carbono, el más reciente es Alberta, en Canadá. La mayoría de los países que han probado poner un precio al carbono más bien han emitido permisos de contaminación comerciables; invariablemente demasiados de ellos, con el resultado de que el precio es demasiado bajo para cambiar el comportamiento. Idealmente, esos países admitirían su error y empezarían a imponer un gravamen. A falta de eso, deberían mantener sus planes de comercialización de emisiones pero añadir un precio mínimo y elevarlo constantemente.

La nueva agenda de investigación necesita hacer frente a las deficiencias de las energías renovables. Aunque la energía solar, en particular, se ha vuelto mucho más barata, los nuevos materiales, manufactura y tecnologías de ensamblaje pudieran hacerla aún más barata. Se requieren mejores métodos de almacenamiento de energía, para que la energía solar y eólica pueda ser usada, por ejemplo, en las noches frías e incluso invernales cuando la demanda de electricidad europea tiende a repuntar. También se requieren mejores formas de llegar del punto A al B, ya sea a través de redes más grandes o en forma de combustibles recientemente sintetizados. ¿La biotecnología pudiera producir insectos fotosintéticos que produjeran muchos combustibles utilizables? Nadie sabe. Valdría la pena destinar unos cuantos miles de millones de dólares a averiguarlo.

Las ambiciones para la investigación tampoco deberían limitarse a las energías renovables. Hay otras formas de energía libre de combustibles fósiles, como la nuclear. La innovación en la energía nuclear no es fácil. Las plantas de energía nuclear son peligrosas y necesitan una regulación vigilante e independiente, y son impopulares y en la actualidad enormemente costosas.

Pero una civilización que ve a décadas o más de distancia no puede excluir nuevas formas de energía nuclear de la agenda de investigación.

En suma: estrujarse las neuronas debería remplazar a las limitantes de pensamiento y el pragmatismo debería sustituir a la teología ecologista. El clima está cambiando debido a inventos extraordinarios como le turbina de vapor y el motor de combustión interna. La mejor manera de hacerle frente es seguir inventando.

Innovación y realismo

Colaboración • La innovación radical es la clave para reducir las emisiones a mediano y largo plazo, pero no impedirá que el cambio climático empeore mientras tanto. Aquí es donde entra el realismo: muchas personas tendrán que adaptarse a una Tierra más caliente, y algunas de ellas necesitarán ayuda. Los países más ricos, como China, han prometido 100,000 millones de dólares al año para ayudar a los más pobres. El problema es que no está claro qué representa ese total o para qué es el dinero.

Si la conferencia climática de París se disuelve en medio del encono, esta probablemente será la causa.

Debería darse prioridad a la investigación de cultivos que puedan sobrevivir a un clima extremo, a mejores condiciones de higiene y atención médica para hacer a los pobres más resilientes a las sacudidas climáticas, y a energía barata, ya sea verde o no. Los pobres necesitan todas estas cosas más que donaciones de tecnologías de energía verde que incluso Occidente encuentra demasiado costosas.

El hilo final del nuevo pensamiento debe ser la investigación sobre el enfriamiento artificial de la Tierra. Los modelos climatológicos sugieren que el calentamiento global pudiera desacelerarse rociando partículas en la estratosfera o usando cristales de sal para hacer a las nubes más blancas, por tanto, sean mejores para reflejar la luz solar.

Nadie sabe si esos proyectos de “Geoingeniería” pueden ser diseñados en una forma que no reemplace los riesgos climáticos existentes con otros peores. No obstante, esa es una razón para la investigación y el debate, no para ver en la otra dirección.

La Geoingeniería no es un sustituto de la reducción de emisiones de gases de invernadero. Por un lado, no impediría que el bióxido de carbono cambiara la química de los océanos. Aun así, es una tontería excluirla, como desean muchos ecologistas.

 

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