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  • The Economist

Es fácil argumentar que los negocios modernos son demasiado frenéticos. Esta semana, 10,000 millones de acciones de las 500 firmas listadas más grandes de Estados Unidos habrán cambiado de manos en operaciones delirantes. Sus jefes habrán sido inundados por 750,000 correos electrónicos entrantes y un torrente de datos instantáneos sobre sus clientes. En cinco días, estas empresas habrán comprado 11,000 millones de dólares de sus propias acciones, no lejos de lo que invirtieron en sus operaciones. Con un ojo puesto en sus smartphones y el otro en sus precios accionarios, los jefes parecen ser los capitanes de ojos saltones de un capitalismo hiperactivo.

Muchos lamentan el ritmo acelerado de la vida empresarial. El pensamiento a largo plazo es un lujo, dicen estos críticos del capitalismo. Cuando los administradores no están esforzándose por satisfacer a los inversionistas cuya lealtad a las compañías se mide en semanas, están haciendo subir los precios de las acciones para maximizar sus propios salarios.

Los ejecutivos también se sienten agobiados. La competencia se está volviendo cada vez más feroz: si Google o Apple no están conspirando para hacerles caer, seguramente lo está haciendo una empresa emergente.

Percepciones

No obstante, esas percepciones no soportan un escrutinio cercano. La visión a corto plazo no es la amenaza que parece, y el problema con la competencia es que no es lo suficientemente feroz.

Empecemos con la visión a corto plazo. El temor de que el capitalismo sea demasiado miope tiene una larga historia. John Maynard Keynes observó que la mayoría de los inversionistas querían “adelantarse”. Durante más de 50 años, Warren Buffett ha ganado dinero con base en la premisa de que otros inversionistas se comportan como gallinas sin cabeza.

Sin embargo, esta idea rara vez ha sido refutada más claramente que hoy. Si gana y llega a la Casa Blanca, la ex secretaria de Estado Hillary Clinton quiere poner fin a la “tiranía” de la visión a corto plazo. Al Banco de Inglaterra y a McKinsey & Co., una consultora que tiene la confianza de las salas de consejo, les preocupa que los inversionistas no puedan ver más allá de su nariz. Los franceses han legislado para dar más derechos de votación a los accionistas más veteranos. A los economistas les inquieta que la renuencia de las compañías a invertir sus utilidades perjudique al crecimiento.

Planes quinquenales

Desde los años 90, el reloj de los negocios ha zumbado más rápidamente en algunas formas. Los advenedizos de Silicon Valley han perturbado a algunas industrias maduras. Las computadoras compran y venden acciones en el mercado bursátil en cuestión de milisegundos. Aun así, e incluso en el mundo corporativo estadounidense, la casa del capitalismo hiperactivo, “visión a corto plazo” es una expresión errónea.

Desde la crisis de 2008-2009, los horizontes de las compañías de hecho se han alargado. Los nuevos bonos corporativos tienen una madurez promedio de 17 años, el doble de la que tenían en los años 90. En 2014, los directores ejecutivos salientes de las empresas del S&P 500 habían ocupado sus puestos durante un promedio de una década, más que en cualquier momento desde 2002 y más tiempo que la mayoría de los presidentes. El periodo de tenencia promedio de una acción del índice S&P 500 es de apenas 200 días, pero es el doble del nivel de 2009. Las operaciones constantes encubren el ascenso de los fondos indexados cuyo periodo de tenencia, como el de Buffett, es “para siempre”. Larry Fink, director ejecutivo de Blackrock, la administradora de activos más grande del mundo, pide a las compañías que elaboren planes quinquenales.

Las compañías tampoco están invirtiendo menos. El mismo sistema al que se acusa de miopía financió recientemente la revolución de la energía del esquisto de 500,000 millones de dólares, un auge en las compañías de biotecnologías experimentales y las ambiciones para el auto eléctrico de Elon Musk, un emprendedor inconformista. En relación con los activos, las ventas y el PIB, la inversión de las compañías estadounidenses ha permanecido constante. La mezcla ha cambiado de fábricas y máquinas a cosas como software e investigación y desarrollo, pero eso era de esperarse conforme caen los costos de los equipamientos.

Preocupaciones

Los economistas se quejan de que las compañías listadas no están invirtiendo sus utilidades récord, particularmente dado que las bajas tasas de interés significan que el costo del capital es barato. Sin embargo, si las compañías reinvirtieran el efectivo que gastan en recompras, sus costos de gasto de capital y de I+D se elevarían a 15 por ciento de las ventas, muy por encima del promedio de 25 años de 9 por ciento. Pocos jefes optarían por un despilfarro tal simplemente porque las tasas están bajas, en especial si están bajas como resultado de preocupaciones económicas.

Es natural que las compañías maduras regresen efectivo a los inversionistas a través de dividendos y recompras. Las compañías pueden invertir demasiado, pero también muy poco. Las fábricas y empresas metalúrgicas ociosas de China, absueltas de cualquier impuesto para registrar una utilidad, no son nada que deba imitarse.

Eso aún deja a las empresas estadounidenses, y muchas de sus similares en el mundo rico, con un problema. Si las empresas están sentadas sobre dinero en efectivo, esto puede conducir a un déficit en la demanda general en la economía. Aun cuando regresen sus utilidades excedentes a los accionistas, eso quizá no impulse la demanda si esos accionistas ya son ricos y simplemente almacenan el dinero extra. Las políticas macroeconómicas para estimular la demanda ayudarán, pero la competencia también puede marcar una diferencia reduciendo las enormes utilidades e incitando a que las compañías inviertan más.

He aquí causa para la preocupación.

El auge en Silicon Valley da una impresión de una era dorada de dinamismo y, en algunas industrias, como los taxis, las empresas emergentes realmente están causando revoluciones. En general, sin embargo, el capitalismo estadounidense está más inactivo que antes. Se están iniciando pequeñas empresas al ritmo más lento desde los años 70. El peso de las compañías jóvenes se ha reducido, medido según su número y su participación del empleo. El mercado laboral se ha vuelto más dinámico.

La mayoría de las industrias se están volviendo más íntimas. De los 13 sectores en Estados Unidos, excluida la agricultura, 10 estaban más concentrados en 2007 que en 1997. Desde que Lehman Brothers quebró en 2008, las compañías estadounidenses han hecho convenios por 11 billones de dólares, representando 46 por ciento de su valor de mercado, cuyo objetivo principal ha sido incrementar su participación de mercado y su poder de determinación de precios. Las aerolíneas, la televisión por cable, las telecomunicaciones, los alimentos y la atención médica se han vuelto menos competitivas. Las gigantescas compañías tecnológicas con altas participaciones de mercado están generando utilidades enormes: las compañías tecnológicas en conjunto tienen 41 por ciento de todo el efectivo en manos de firmas no financieras.

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