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Los populistas tienen un nuevo motivo de agravio. Durante muchos años, a ambos lados del Atlántico, han prosperado gracias a la creencia de que una élite egoísta no puede abordar, ni abordará, los problemas de la gente trabajadora común. Ahora los populistas también están alimentándose del temor de que los gobiernos no pueden mantener, ni mantendrán, a sus ciudadanos seguros.

En Estados Unidos, después de que una pareja que había prometido lealtad al Estado Islámico en el Levante y Siria asesinó a 14 personas en San Bernardino, California, el candidato presidencial republicano Donald Trump hizo un llamado a un “cierre total y completo” de las fronteras de Estados Unidos a los musulmanes. Anteriormente, Trump, el favorito en la contienda por la nominación republicana, había propuesto cerrar las mezquitas y registrar a los musulmanes estadounidenses.“No tenemos más opción”, afirmó.

En Francia, la contraparte de Trump es el ultraderechista Frente Nacional (FN). En la primera ronda de elecciones regionales el 6 de diciembre, después del ataque terrorista del Estado Islámico en París el mes pasado, el FN obtuvo por estrecho margen la participación más grande del voto nacional. Estuvo a la cabeza en seis de las 13 regiones. La lideresa del FN, Marine Le Pen, y su sobrina obtuvieron cada una más del 40 por ciento de los votos.

La derecha

Trump y Le Pen no están solos. El apoyo a la derecha populista en Estados Unidos y partes de Europa no tiene paralelo desde la Segunda Guerra Mundial. Contra el telón de fondo del terrorismo, estos pregoneros del temor representan una seria amenaza a la apertura y la tolerancia que las sociedades occidentales dan por sentadas.

Aún antes de los ataques recientes, los populistas de derecha estaban dejando su marca. Desde octubre, Trump, junto con el senador Ted Cruz (republicano de Texas) y el neurocirujano retirado Ben Carson -menos ofensivos, pero solo marginalmente menos extremistas- habían obtenido consistentemente el apoyo de más del 50 por ciento de los electores republicanos en los sondeos de opinión pública. En Europa, los populistas están en el poder en Hungría y Polonia, y participan en coaliciones gobernantes en Finlandia y Suiza, y eso sin contar las variedades de izquierda, como Syriza en Grecia.

Los populistas encabezan los sondeos en Francia y Holanda, y su apoyo está en niveles récord en Suecia. Es probable que Le Pen llegue a la segunda ronda de la elección presidencial de Francia en 2017, y es posible que pudiera ganar.

Los populistas difieren, pero el fundamento de todos ellos es la inseguridad económica y cultural. El desempleo en Europa y los salarios estancados en Estados Unidos perjudican a una población de varones blancos de mayor edad y de clase obrera cuyos empleos se ven amenazados por la globalización y la tecnología. Debajo de ellos, se quejan, están los inmigrantes y vividores que reciben beneficios sociales, cometen crímenes y desdeñan las costumbres locales. Por encima de ellos, supervisando la crisis financiera y el estancamiento de Europa, están las impotentes y conveniencieras élites en Washington y Bruselas que nunca parecen pagar por sus errores.

El populismo

El terrorismo yihadista vierte gasolina sobre este resentimiento, y podría incluso extender el atractivo del populismo. Siempre que el Estado Islámico inspira u organiza ataques mortales, crece el temor a los inmigrantes y los extranjeros. Cuando los terroristas logran su objetivo, como en ocasiones ocurre, queda de manifiesto la ineptitud de la élite gobernante. Cuando los líderes, en respuesta, advierten contra calumniar al islamismo y enfocarse más bien en el control de armas, como hizo el presidente Barack Obama en un discurso desde la Oficina Oval el 6 de diciembre, los populistas lo descartan como un ejemplo más de corrección política.

Las ideas populistas necesitan ser derrotadas. Trump compara su plan con el trato dado a los estadounidenses de origen japonés durante la Segunda Guerra Mundial, y correctamente: Como reconoció el gobierno del presidente Ronald Reagan en los años 80, la política del presidente Franklin D. Roosevelt fue simple y llanamente de “prejuicio racial”.

Un renacimiento xenofóbico haría enorme daño a Estados Unidos y un gran servicio al Estado Islámico. Le Pen erigiría ruinosas barreras económicas y causaría el caos al proponer abandonar el euro. El primer ministro de Hungría, Viktor Orban, ha prometido crear un “Estado intolerante” y ve al presidente de Rusia, Vladimir Putin, como modelo. Aún cuando no están en el poder, los populistas deforman la agenda.

Batalla difícil

Nadie debería subestimar lo difícil que es hacer frente a los populistas. Algunos políticos convencionales restan importancia a sus argumentos etiquetándolos de fascistas o extremistas, pero ese desdén corre el riesgo de sugerir que la élite no está interesada en las quejas reales en las cuales los populistas basan sus acciones. Otros tratan de tomar prestados los postulados menos ofensivos de los populistas prometiendo, digamos, negar beneficios sociales a los migrantes en vez de construir cercas fronterizas. A menudo, sin embargo, esa xenofobia ligera solo valida los prejuicios populistas.

¿Hay una manera mejor? Hay poca posibilidad de convencer a los líderes populistas de reconsiderar las cosas que desprecian: los mercados abiertos, las fronteras abiertas, la globalización y el libre movimiento de personas. No obstante, los votantes son razonables, y la mayoría de ellos preferirían oír algo más optimista que la rabia contra un mundo peligroso.

Parte de la respuesta es echar mano del poder de los ideales liberales. La nueva tecnología, la prosperidad y el comercio harán más que la xenofobia para disipar las inseguridades de la gente. La forma de superar el resentimiento es el crecimiento económico, no erigir muros.

La forma de derrotar al terrorismo islamita es atraer la ayuda de los musulmanes, no tratarlos como personajes hostiles. Los partidos principales necesitan formular ese argumento fuerte y convincentemente.

Amenaza a la seguridad

División• Los políticos también necesitan abordar la queja de los populistas de que el gobierno a menudo le falla a sus ciudadanos. Tomemos la amenaza a la seguridad. La renuencia de Barack Obama a desplegar más tropas contra el “califato” en Irak y Siria del Estado Islámico no convence a la mayoría de los estadounidenses, incluidos muchos comandantes militares actuales y anteriores.

Los espías y las agencias policiales de Europa no comparten información. La Unión Europea necesita gestionar el flujo de personas en sus fronteras, permitiendo a quienes califican como refugiados trabajar y por tanto ayudarlos a absorber los valores occidentales.

Imaginar una mejor gestión gubernamental de todas las políticas económicas y de seguridad es un ideal imposible. Incluso las pequeñas mejorías contarán, sin embargo, si se aúnan con una vigorosa defensa de los valores de la Ilustración de Occidente.

La decisión finalmente recae en los votantes, la mayoría de los cuales no apoyan el populismo de derecha. Donald Trump tiene el respaldo de solo 30 por ciento del 25 por ciento de los estadounidenses que dicen ser republicanos, pero la concurrencia en las primarias y las reuniones electorales es de menos del 20 por ciento. La concurrencia en las elecciones de Francia fue de ligeramente menos del 50 por ciento.

 

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