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  • The Economist

Durante años, Arabia Saudita pareció inerte, dependiendo de su enorme riqueza petrolera y el poderío de su mecenas estadounidenses para comprar la tranquilidad interna e imponer la inmovilidad en sus vecinos. Sin embargo, los precios del petróleo se han desplomado, Estados Unidos ha abandonado el liderazgo en Medio Oriente, la región está en llamas y el poder ha pasado a una nueva generación; notablemente el hijo favorito del rey Salman, Muhammad bin Salman, de 30 años de edad.

Una tormenta de arena de cambio está despertando al reino desértico. El resultado visible es el trato brutal a los disidentes internamente y la firmeza en el extranjero que ha manifestado de manera escalofriante últimamente.

El 2 de enero, Arabia Saudita ejecutó a 47 personas. La mayoría eran terroristas vinculados a Al Qaeda, pero algunos, incluido un prominente clérigo chiita, simplemente habían hecho un llamado a la caída de la gobernante Casa de Saud. Después de que iraníes prendieran fuego a la embajada saudita en Teherán en protesta, el reino suspendió los lazos diplomáticos, comerciales y aéreos con Irán, una grave y tonta escalada en una región volátil.

Sin embargo, lejos de los titulares, una firmeza diferente pudiera resultar tener consecuencias equiparables. El príncipe Muhammad ha elaborado un plan de acción diseñado para abrir la cerrada economía y el gobierno de Arabia Saudita; incluyendo, dijo, la posible venta de acciones en la empresa petrolera nacional, Saudi Aramco.

Una bomba de tiempo

Aunar el fanfarroneo geopolítico con el amplio cambio económico es toda una apuesta. El resultado determinará la supervivencia de la Casa de Saud y dará forma al futuro del mundo árabe.

El desplome del precio del petróleo, de 110 dólares por barril en 2014 a menos de 35 dólares hoy, fue en parte porque Arabia Saudita parece decidida a proteger su participación en el mercado petrolero. Sin embargo, los precios bajos son una bomba de tiempo para un país dominado por el petróleo y un gobierno que depende de él para 90 por ciento de sus ingresos. El déficit presupuestario aumentó el año pasado a un asombroso 15 por ciento del PIB. Aunque el país tiene 650,000 millones de dólares de reservas de divisas, estas ya han caído en 100,000 millones de dólares.

Cuando los precios del petróleo cayeron en los años 90, los sauditas simplemente pidieron prestado fuertemente. Se salvaron cuando el auge de China elevó de nuevo los precios de las materias primas en la década del 2000. Esta vez, nadie, incluidos los gobernantes sauditas, espera un regreso de los precios petroleros de tres dígitos. En vez de ello, reconocen que la economía debe cambiar. Al hablar con The Economist esta semana, el príncipe Muhammad planteó un plan de acción para la reforma que representa un rediseño radical del Estado saudita.

El primer paso es la consolidación fiscal. El objetivo es eliminar el déficit presupuestario en los próximos cinco años, aun si los precios del petróleo permanecen bajos. Aunque hay mucho exceso que recortar, eso sigue siendo un proyecto peligroso que significa desmantelar el sistema por medio del cual los petrodólares, no los impuestos, pagan la educación y el sistema de salud gratuitos así como la electricidad, el agua y la vivienda altamente subsidiados. 

El nuevo liderazgo

Está en juego más que el dinero: esta generosidad ha ocultado cuán crónicamente improductiva y dependiente de la mano de obra extranjera es la economía. Para los sauditas, ha sido demasiado fácil evitar trabajar o cabecear en las oficinas gubernamentales.

El nuevo liderazgo ha dado el primer paso. Los recortes de gasto en los últimos meses de 2015 impidieron que el déficit aumentara más del 20 por ciento del PIB. El presupuesto de 2016 incluye pronunciados aumentos en los precios de la gasolina, la electricidad y el agua, aunque siguen estando fuertemente subsidiados. El príncipe promete avanzar hacia los precios de mercado para el fin del periodo de cinco años. También está empeñado en nuevos impuestos, incluido un impuesto al valor agregado de 5 por ciento, un impuesto punitivo sobre los refrescos y los cigarrillos, y gravámenes a los terrenos baldíos.

  • 110 Dólares era el precio del barril del petróleo en el año 2014.

  Recalibrar los impuestos y los subsidios es solo el primer paso. Aproximadamente 70 por ciento de los sauditas son menores de 30 años. Al mismo tiempo, dos tercios de los trabajadores sauditas están empleados en el Gobierno. Como se proyecta que la fuerza laboral se duplique para 2030, el país prosperará solo si la economía estatista durmiente es puesta de cabeza, diversificando el petróleo, estimulando la empresa privada e introduciendo eficiencias impulsadas por el mercado.

El Gobierno planea hacer esto retirando al Estado de todas sus funciones, salvo las esenciales. Desde la salud y la educación hasta las compañías de propiedad estatal, el nuevo liderazgo saudita busca la privatización y la provisión privada de servicios públicos. Tiene planes de escuelas chárter y un sistema de atención médica basado en seguros y ofrecido de manera privada. Está analizando la privatización completa o parcial de más de dos docenas de agencias y compañías de propiedad estatal, incluida la aerolínea nacional, la compañía de telecomunicaciones y el generador de electricidad.

El premio mayor es Aramco, un ícono nacional y casi seguramente la compañía más valiosa del mundo. El príncipe favorece licitar una participación accionaria minoritaria en Aramco y abrir sus libros al mundo. Está exhortando a su equipo para que proponga un plan en unos meses.

¿Ese plan de acción pudiera hacerse realidad? Las palabras son baratas y los obstáculos enormes. Arabia Saudita ha prometido reformarse antes, solo para que sus esfuerzos terminen siendo insignificantes. Sus mercados de capital son pequeños y la capacidad de su burocracia aún menor. La inversión que necesita en sus jóvenes, sus industrias no petroleras, su infraestructura turística y mucho más no será barata.

No sucederá a menos que los inversionistas crean en el futuro del país. Esa confianza será difícil de forjar.

La economía y el panorama político saudita

Obstáculos. Una razón es que la austeridad a una escala casi griega será difícil e impopular, aunque los ejemplos de Libia y Siria son un disuasivo contra la rebelión total. El Estado ha proveído de manera generosa en parte para compensar la falta de derechos políticos. Sin embargo, la familia real es renuente a abrir las válvulas de presión que pudieran hacer más aceptables los recortes. Pese a toda su urgencia económica, el nuevo régimen no muestra interés en la reforma política. Las elecciones recientes en las cuales se permitió a las mujeres votar y ser candidatas para concejos municipales en gran medida impotentes fueron idea del difunto rey.

Tampoco hay señales de que se suavice el absolutismo religioso que Arabia Saudita comparte con su enemigo, el Estado Islámico de Irak y el Levante. Incluso antes de la ronda más reciente, las ejecuciones estaban en su nivel más alto en 20 años. El príncipe Muhammad se entusiasma al hablar de la nueva generación, pero tiene pocas ganas de enfrentarse a los clérigos conservadores en cuanto al tema de, digamos, la prohibición de que conduzcan las mujeres.

El otro obstáculo es la geopolítica. Conforme Irán se ha vuelto más asertivo, los sauditas han intensificado la defensa de los musulmanes sunitas. Han enfrentado a aliados apoyados por los iraníes como los houthis en Yemen y el presidente Bashar al-Assad en Siria, así como a los descontentos chiitas en el país y en los países vecinos gobernados por sunitas como Bahréin.

El nuevo liderazgo argumenta que la estabilidad requiere enviar una señal a los terroristas; de ahí las ejecuciones. Se siente obligado a defender sus intereses resistiendo a Irán, el cual, dice, está empeñado en recrear un imperio persa.

  • 30.48 Dólares es el precio en que cerró ayer barril del petróleo en Nueva York.

 El argumento tiene un defecto: Arabia Saudita más bien corre el riesgo de liderar a un bando en una lucha sectaria musulmana que no puede ganar ni permitirse. La guerra en Yemen es un atolladero, y el apoyo a Egipto y otros aliados sunitas es una sangría. La defensa y la seguridad ya absorben más de 25 por ciento del gasto gubernamental y consumirán una porción cada vez más grande de un presupuesto en contracción. Las tensiones regionales también disuadirán la inversión privada. ¿Quién invertirá billones de dólares en una economía aislada en una región en turbulencia?

El nuevo régimen parece considerar la audacia interna y en el extranjero como signos de una Arabia Saudita fuerte. Sin embargo, aunque una política exterior firme es vista con buenos ojos por los sauditas, la economía no prosperará si la familia real termina exacerbando a su región y bloqueando la reforma social internamente.

Si el príncipe Muhammad desea reformar a su país, no destrozarlo, necesita comprender eso.

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