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“El amor es como la guerra: fácil de empezar pero difícil de detener”, observó el escritor estadounidense H.L. Mencken. Menos poéticamente, podría haber añadido a la fórmula la intromisión en los mercados.

China había planeado desmantelar algunas de las medidas de rescate puestas en marcha cuando la bolsa de valores se desplomó el verano pasado. Esa perspectiva ayudó a ahuyentar a los inversionistas: las acciones cayeron en 7 por ciento el 4 de enero, el primer día de operaciones de 2016, su peor inicio en un año nuevo. Los reguladores chinos de nuevo intervinieron, aunque sin suerte; el 7 de enero las acciones descendieron otro 7 por ciento. “¿Y qué?”, se podría preguntar. La falta de disciplina del mercado accionario de China no es noticia y, pese a todos los titulares generados por su turbulencia, es un mal indicador de la salud de la economía. A Xi Jinping se le considera uno de los presidentes más poderosos de China.

El crecimiento ya se estaba desacelerando a principios del año pasado cuando los precios accionarios alcanzaron alturas vertiginosas. Partes de la economía --el mercado inmobiliario y el gasto de consumo-- realmente han mejorado desde que las acciones cayeron en más de 40 por ciento durante el verano, aunque la manufactura sigue débil. Las compañías recaudan poco financiamiento en el mercado y los ahorradores almacenan poca riqueza en él.

FRAGILIDAD

Aun así, el mercado bursátil es la expresión más clara del estado frágil de la reforma financiera en China. El Gobierno ha declarado que relajará su control de la economía y dará más influencia a las fuerzas de mercado.


El que lo haya hecho, primero en la agricultura y luego en la manufactura, es una razón importante para el crecimiento notable de los últimos 35 años. En las finanzas, sin embargo, el deseo de una asignación del capital más eficiente choca con el instinto reflejo controlador del Partido Comunista.

Parece que un mercado accionario declinante envía una señal demasiado transparente del sentimiento negativo para que los funcionarios puedan soportarlo. Las huellas del “equipo nacional”, un grupo diverso de instituciones financieras propiedad del Estado, estaban en todas las órdenes de compra que entraron cuando el mercado decayó. Hace pocas semanas se suponía que el regulador pondría fin a la prohibición a las ventas de acciones por parte de grandes inversionistas. Ahora ha redactado restricciones permanentes, diciendo de hecho a los inversionistas que son bienvenidos para comprar acciones, pero no para venderlas.

Sería difícil concebir un plan mejor para ahuyentar al dinero. El mal diseño de los desactivadores, suspensiones de operaciones ostensiblemente diseñadas para calmar al mercado, han añadido leña al fuego. La tensión entre la reforma y el control también es evidente en el mercado monetario. El Banco Central ha empezado a dar marcha atrás de la gestión obsesiva del tipo cambiario del yuan. Sin embargo, entre más flexibilidad crea para la comercialización de la moneda, mayor su dolor de cabeza. El Banco Central juzga que el yuan está más o menos en su valor justo.

El Banco Central chino ha empezado a dar marcha atrás de la gestión obsesiva del tipo cambiario del yuan. Sin embargo, entre más flexibilidad crea para la comercialización de la moneda, mayor es su dolor de cabeza.

MENOS RESERVAS

Al vender dólares para apuntalar al yuan de forma que se dé una depreciación ordenada, China ha reducido sus reservas cambiarias en unos 300,000 millones de dólares durante el último medio año. El Gobierno aún tiene un buen colchón, pero sus reservas no son ilimitadas. Aceptar más volatilidad, incluso si eso significa una depreciación más pronunciada ahora, sería mejor. El ansia de control del Gobierno está enturbiando el amplio panorama económico.

Abrumada por la montaña de deuda que ha acumulado durante la última década, China necesita empezar a desapalancarse. Eso, a su vez, significa tolerar un crecimiento más lento, al menos por un tiempo. En vez de ello, todos los indicios apuntan a que el Gobierno establecerá su meta de crecimiento anual en 6.5 por ciento durante los próximos cinco años en un plan que será dado a conocer en marzo. Esto está por encima de lo que la mayoría de los analistas considera puede lograrse de manera creíble sin apilar incluso más deuda y acercarse más a una verdadera crisis económica.

China ha alcanzado un punto en su desarrollo en el cual necesita actuar más rápidamente para ceder poder al mercado; poder sobre las acciones, su moneda y la tasa de crecimiento. A menos que el Gobierno renuncie a más control ahora, corre el riesgo de perderlo algún día por completo.

 

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