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“¿Qué tal si pudiéramos ser China por un día?”, caviló el columnista de The New York Times Thomas Friedman en 2010. “… Realmente podríamos, ya sabe, autorizar las soluciones correctas”.

Cinco años después, pocos están tan dispuestos a lanzar elogios a los tecnócratas de China. Los mercados mundiales han caído en 7.1 por ciento desde el 1 de enero, su peor inicio de año desde al menos 1970. Una gran parte del problema es la gestión de China de su economía.

Durante más de una década, China ha sido el motor del crecimiento mundial, pero su veloz ritmo de expansión económica se ha desacelerado. El mercado bursátil ha estado turbulento, de nuevo. Aunque los precios accionarios en China importan poco a la economía real, los altibajos de las acciones alimentan los temores entre los inversionistas de que el Partido Comunista no tenga la sabiduría para gestionar la transición de Mao al mercado. El resto del mundo mira las deudas y la creciente intranquilidad laboral dentro de China, y tiembla.

No hay colapso

En ninguna otra parte son más evidentes --o más relevantes-- estos motivos de preocupación que en el manejo de su moneda, el yuan.

La economía de China no está al borde del colapso. El gobierno anunció que la tasa de crecimiento económico del año pasado fue un poco por debajo del 7 por ciento. Esa cifra quizá sea una sobreestimación, pero no está totalmente alejada de la realidad.

Sin embargo, la demanda se está desacelerando, la inflación está incómodamente baja y las deudas están aumentando. El argumento optimista a favor de China depende en parte de la creencia de que el gobierno siempre puede inclinarse contra la desaceleración estimulando el consumo y la inversión con una política monetaria más relajada, como en cualquier economía normal.

Pero China no es normal. Está atrapada en una peligrosa tierra de nadie entre el mercado y el control estatal.

Lugar peligroso

El yuan es el principal ejemplo de cuán peligroso es este lugar. Después de una serie de minipasos hacia la liberalización, China tiene una moneda casi fija y controles de capital casi porosos. En parte debido a que un dólar más fuerte ha estado arrastrando al alza al yuan, el Banco Popular de China ha tratado de abandonar su relajada fijación con la moneda estadounidense desde agosto pasado, pero sigue tomando como meta a una canasta de divisas. Una relajación gradual de los controles de capital significa que los ahorradores tienen muchas formas de sacar su dinero.

  • 3 billones de dólares en reservas de divisas tiene China.

Una economía que se debilita, un tipo de cambio casi fijo y controles de capital más porosos son una combinación volátil. Una política monetaria más relajada impulsaría la demanda, pero también debilitaría a la divisa, y esa perspectiva ya provocó que los ahorradores llevaran su dinero al exterior.

En los últimos seis meses de 2015, el capital abandonó China a un ritmo anualizado de alrededor de un billón de dólares. La persistente brecha entre el valor oficial del yuan y su precio en mercados extranjeros sugiere que los inversionistas esperan que el gobierno permita que la moneda caiga aún más en el futuro. Pese a un superávit comercial récord de 595,000 millones de dólares en 2015, hay buenas razones para que lo haga, al menos frente al dólar, el cual sigue siendo impulsado al alza por una política monetaria más restrictiva en Estados Unidos.

Pérdida de confianza

El problema es que la expectativa de depreciación corre el riesgo de convertirse en una pérdida de confianza anunciada. Ese es un riesgo incluso para un país con reservas de divisas de más de 3 billones de dólares. Una moneda significativamente más débil también es una amenaza para las empresas de China, que han contraído deudas por 10 billones de dólares  en los últimos ocho años, aproximadamente una décima parte de ellas en dólares. O esas compañías quiebran o los bancos de propiedad estatal de China les permitirán seguir adelante rengueando. Ninguna de las dos cosas es buena para el crecimiento.

  • 595 mil millones de dólares fue el superávit comercial de China el año pasado.

El gobierno ha reaccionado tratando de manipular los mercados. El Banco Popular ha exprimido al naciente mercado extraterritorial en Hong Kong comprando yuanes tan celosamente que el 12 de enero la tasa de interés de un día para otro alcanzó el 67 por ciento. Asimismo, en el mercado bursátil ha instruido al “equipo nacional” de fondos estatales que se apegue a la política de comprar y retener acciones.

China no es normal. Está atrapada en una peligrosa tierra de nadie entre el mercado y el control estatal.

Sin embargo, esas medidas no hacen nada por resolver la tensión fundamental. Por un lado, el Estado comprende que la falta de opciones financieras para los ahorradores chinos es impopular, derrochadora y mala para la economía. Por el otro, se ve amenazado por las turbulencias que crea la liberalización.

Dilema

Para el presidente Xi Jinping, ahora en su cuarto año en el cargo, ese dilema parece surgir una y otra vez. Necesita el apoyo de la clase media, pero se siente amenazado por la capacidad de la clase media para producir problemas. Quiere que las empresas estatales se vuelvan más eficientes, pero también que den empleos a los soldados que está echando del Ejército de Liberación del Pueblo. Quiere “enjaular al poder” fortaleciendo el régimen de derecho e invocando a la constitución, pero sigue supervisando una despiadada represión de la disidencia y la libre expresión.

Es fácil decirlo ahora, pero China debería haber limpiado su sistema financiero y liberado su tipo de cambio cuando el dinero seguía llegando. Ahora que la economía se está desacelerando, la deuda se ha apilado y el dólar está fuerte, no tiene una salida fácil.

¿Veneno a la vista?

Probabilidades• Una devaluación significativa tomaría por sorpresa a los especuladores, pero también causaría el caos en China y exportaría sus presiones deflacionarias. El veneno se extendería a toda Asia y a los países ricos; y, como las tasas de interés son bajas y muchos gobiernos están endeudados, el mundo está mal preparado para hacer frente a esa situación.

Sería mejor que China fortaleciera los controles de capital temporalmente y, al mismo tiempo, dejara de orquestar el valor del yuan. Eso sería una vergüenza para China, porque el Fondo Monetario Internacional apenas recientemente reconoció el progreso del yuan hacia la convertibilidad, incluyéndolo en la canasta de divisas que conforman sus Derechos Especiales de Giro. Sin embargo, permitiría al país preparar sus instituciones financieras para la volatilidad monetaria, no menos empezando a limpiar sus hojas de balance, antes de abrir de golpe sus puertas a los flujos desestabilizadores. Xi pudiera adoptar una convertibilidad más completa posteriormente, cuando fueran menos vulnerables.

Una razón para que el Banco Popular se esté apresurando a la convertibilidad, pese a los riesgos, es que siente que debe aprovechar la oportunidad mientras tiene la bendición de Xi. Sin embargo, es mejor retirarse temporalmente en un frente que desencadenar un pánico mundial.

Eso podría conducir a un pensamiento más claro. Hay una contradicción entre liberalización y control partidista, entre dar a los mercados voz y silenciarlos cuando su mensaje no es agradable. Llegado el momento, los líderes de China deben elegir a los mercados.

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