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El lugar de trabajo de Enrique "Kike" Ferrari bien podría ser el escenario de alguna de sus novelas negras: subterráneo, oscuro, ruidoso. Un submundo urbano que despierta cuando los demás duermen.

Este argentino, que comenzó su trabajo hace dos años en la estación Pasteur-Amia del metro de Buenos Aires, donde se dedica a limpiar las instalaciones, combina baldazos de agua y el recambio de bolsas de basura con bolígrafos y papel.

Con las mismas manos con las que deja en condiciones el metro, escribe y corrige sus novelas y relatos negros, género al que ingresó hace ya más de cinco años.

Con su uniforme azul con rayas fluorescentes y sus tatuajes (entre ellos, uno de Karl Marx que le dejó de regalo un excompañero del metro) y sus herramientas de limpieza, este escritor sale a hacer su recorrida nocturna por los túneles subterráneos de Buenos Aires que transportan a miles de personas al día.

"Nunca me dediqué exclusivamente a la literatura: en 25 años de vida laboral tuve una larga veintena de trabajos, la mayoría de ellos del orden manual", explicó a Efe.

"La literatura hasta ahora funciona como un camino paralelo que complementa el trabajo que hago todos los días", añadió.

De esa manera, Ferrari fue, entre otras cosas, panadero, fletero, ayudante de electricista, jardinero y periodista.

Fanático confeso de Charles Bukowski, el escritor estadounidense que ejerció el oficio de cartero durante muchos años, Ferrari cree que "nadie vive solamente en un universo de letras" y que el que lo hace es porque tiene a "alguien que le barre el piso".

"El mismo Borges no vivió de la literatura hasta sus tardíos 60 años", afirmó, y luego expresó que "por suerte" pertenece a otra generación de "escritores laburantes (trabajadores)".

En sus momentos de descanso, y en la soledad de un metro vacío de madrugada, Ferrari pudo corregir su última novela: "Y es probable que no quede ninguno" (2015).

Con un relato anterior, "Ese nombre" (2010), ganó el concurso de relatos policíacos de la Semana Negra de Gijón, en España, un evento que, afirmó, fue una "bisagra" en su vida, y donde también premiaron a su novela "Que de lejos parecen moscas" (2011) como Mejor ópera prima del género negro.

La feria modificó su "percepción de la literatura" y de su posición dentro de ella, y la de sus colegas, ya que pudo sentirse como parte de una "cofradía" de escritores de distintos lugares que, sin haberse leído entre sí, narran "en la misma cuerda".

Con esa alegría de sentirse parte de un movimiento más grande, Ferrari decidió llevar el recuerdo para siempre en su cuerpo: tiene tatuado el logo del festival en su brazo derecho.

A pesar de los diversos premios que recibió por sus novelas, Ferrari no abandonó su trabajo en la revista de los "Metrodelegados" y en los panfletos sindicales.

Asimismo, afirmó que ama su trabajo de escritor, pero también le gusta mucho sentirse "parte de un colectivo", el de los trabajadores del metro.

"El rol por el que gran parte de los compañeros me conocen acá abajo es porque soy activista gremial", explicó.

La mayoría de sus colegas conoce su "otra" actividad, y muchos de ellos leyeron su obra: "Es bastante incómodo que lean en presencia tuya, pero es una incomodidad simpática, en cualquier caso".

A pesar de que la dualidad escritor-trabajador puede parecer curiosa ante ojos ajenos, él no encuentra una contradicción entre sus tareas, porque entiende que la literatura "no es un privilegio de la burguesía".

Ferrari aseguró que no cambiaría su "doble vida": "No vivir de la literatura me da una libertad que de otra manera no tendría, porque no necesito del próximo contrato para pagar la cacerola".

"Igualmente, como siempre digo: las cervezas más ricas que yo me tomo son las que pago con la plata de los libros", concluyó.

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