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Las máquinas de escribir producen música, así lo demuestra José Edith González cuando sus largos dedos golpean con fuerza el teclado blanquinegro de su Smith-Corona portátil, en la que escribe documentos impecables, lo mismo una carta de amor que un contrato de compraventa.

Junto con José Edith, un puñado de escribientes públicos se aferran al oficio en una de las plazas más emblemáticas de Ciudad de México, a pesar de que la última fábrica de máquinas de escribir cerró en 2011 y tampoco se producen cintas entintadas.

"No ha cambiado el trabajo, solo el volumen" cuenta el escribiente de 78 años de edad, quien añora la época cuando las filas de clientes lo obligaban a no comer y permanecer sentado hasta después de ponerse el sol. En estos días, el oficio "es bueno para trabajar pero no para vivir", dice.

En el otro extremo del portal, Romel Jaimes, de 61 años, espera algún cliente mientras lee el periódico en el lugar que heredó de su padre, también escribiente por cinco décadas. Estudió en la escuela primaria que está junto a la plaza. "A los 10 u 11 años ya escribía yo a máquina", cuenta con orgullo.

Consciente de que el trabajo de escribiente está en declive, también trabaja como impresor, uno más de los que abundan en esta plaza. Ese oficio se lo heredó a su hijo.

El evangelio de las letras

El oficio ya cuenta siglos, llegó prácticamente con los conquistadores y en el siglo XIX se estableció en esta plaza vecina del monumental palacio donde ejercía la Santa Inquisición y donde los escribientes, mucho antes de las máquinas, usaban la pluma.

De ello queda constancia en un decreto virreinal del 2 de septiembre de 1537, en donde se fundaba la cofradía de escribanos de la Nueva España, llamada de los Cuatro Evangelistas.

Su función fue indispensable dado el alto porcentaje de analfabetismo del México de esa época. Según estadísticas históricas, a finales del siglo XIX quienes no sabían leer ni escribir representaban el 80% de la población.

"La gente del resto de la república, en tiempos anteriores, venía a la Ciudad de México a trabajar, entonces hacíamos mucho tipo de cartas para las familias", cuenta Romel, quien también recuerda que cruzando la calle se encontraba la oficina de correos, con lo que el trabajo estaba asegurado.

En la actualidad ya sólo los periodistas, por curiosidad, les piden que escriban cartas de amor. Relata que antaño el enamorado en cuestión le daba una idea general al escribiente, quien dependiendo de la seriedad de la relación, de si recién iniciaba o si llevaba varios años, redactaba la misiva.

El ocaso del portal

Tanto Romel como José Edith aprendieron a teclear con una máquina clásica, la Remington rand 16. "Era pesada, pero aguantadora" recuerda José Edith.

En la actualidad los mecanógrafos son casi tan obsoletos como las máquinas de escribir, pero "hay cosas que las computadoras no hacen, como llenar formatos impresos" se ufana Romel Jaimes, quien escribe en una maquina eléctrica IBM.

José Edith sigue usando una máquina mecánica. Es una portátil "que parece de juguete", según sus propias palabras. Y aunque prefiere la Remington, la hernia le impide cargarla.

Con las computadoras se acabó la época en que los estudiantes llevaban a mecanografiar sus tareas escolares. Tampoco requieren corrección de estilo para sus tesis y todo lo llevan en memorias USB.

Cuando escribe, José Edith adopta el gesto serio de cualquier solista de orquesta, desliza la hoja entre la cinta y el rodillo, le da vuelta e inicia la sinfonía de teclazos que cada 65 golpes culmina con una campanilla.

Es posible que en alguna época la melodía fuera tan alegre como el célebre concierto de Leroy Anderson titulado "La máquina de escribir" (1950) y que la utiliza como instrumento, pero hoy en la plaza de Santo Domingo lo que se escucha salir de las viejas máquinas es algo parecido a un réquiem.

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