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En 1929, el artista Diego Rivera pasaba las puertas del Palacio Nacional de la capital mexicana, un edificio cargado de significado histórico y político, para enfrentarse a los 270 metros cuadrados de muro desnudo que le esperaban alrededor de la escalera principal.

Pronto, la superficie comenzaría a llenarse de personajes históricos, simbolismo y representaciones de los ideales de Rivera, para transformarse en lo que acabaría siendo, seis años más tarde, “Epopeya del pueblo mexicano”, una de las obras cumbres del pintor.

Con una libertad de la que pocos artistas de la época gozaban, Rivera (1886-1957) desplegó su propia visión de la historia, con uno de los principios que regían entonces en el muralismo en edificios públicos, la exaltación de valores nacionales, aunque a medida que evolucionaba el trabajo, plasmó una visión más crítica con la Revolución.

La extensa área que encargaron a Rivera y que enmarca la escalera del Palacio se divide en tres muros que narran, de derecha a izquierda, la historia de México desde las sociedades prehispánicas hasta la época del pintor, con un torrente de personajes entre los que sobresalen el conquistador Hernán Cortés, el prócer de la patria Miguel Hidalgo, el dictador Porfirio Díaz, el revolucionario Emiliano Zapata o la pintora Frida Kahlo, que fue mujer de Rivera.

En la primera parte, el muro norte, aparece reflejada la vida cotidiana precolombina, alrededor de la figura del dios Quetzalcóatl, representado con un hombre ataviado con un tocado de pluma de quetzal. Un sol boca abajo en esta parte de la obra es señal del ocaso que vivirá esta sociedad. 

El muro poniente, el central y más extenso, está vertebrado por un eje vertical que, de abajo a arriba, cuenta la llegada de los españoles, la Independencia, y la Revolución, recogiendo también el águila y el nopal, protagonistas de la leyenda sobre la fundación de Tenochtitlán.

En los laterales de esta sección, Rivera desarrolla otros aspectos, como la integración de la religión católica, a través de las crueles prácticas de la Inquisición o bien de la labor con los indígenas de fray Bartolomé de las Casas y otros personajes. 

También aparecen dos conflictos trascendentales que México sufrió en el siglo XIX: la intervención estadounidense y la francesa, en el marco de la cual se vivió el fusilamiento del emperador Maximiliano.

Por último, el muro sur, el del México del futuro, expone la lucha de clases, con un proletariado que se superpone a la burguesía bajo la luz de un sol naciente que se contrapone con el dibujado en la parte inicial de la obra.  

Esta última sección es una crítica ante una sociedad represiva que, además, se aprovecha de los ciudadanos, quienes aparecen a los pies de la imagen de la Virgen de Guadalupe depositando monedas que, a través de tuberías, ascienden hasta llegar a burócratas y autoridades. 

El proyecto original contemplaba que, además del área de la escalera, los murales de Rivera decoraran todos los corredores del Palacio Nacional. Sin embargo, la muerte del artista en 1957 impidió que esta idea llegara a culminarse.

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