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  • EFE

Miles de mujeres vietnamitas que se casaron con hombres surcoreanos, chinos y taiwaneses a través de oscuras agencias matrimoniales regresan todos los años a sus hogares tras vivir traumáticas experiencias de desencuentros culturales, discriminación y malos tratos.

Unas 100.000 vietnamitas contraen matrimonio cada año con hombres extranjeros, a menudo en busca de una salida a la pobreza en zonas rurales, como el delta del río Mekong, al sur del país.

Solo en la región de Can Tho, la ciudad más poblada de la zona, 73.000 mujeres se casaron con hombres surcoreanos entre 2005 y 2015, de las que 15.000 ya se han divorciado para volver al país, según datos difundidos por el portal Vnexpress.

Una de ellas, Tho Thi My Tu, de 32 años, del pueblo de Vi Thuy, regresó en 2010 tras resistir cuatro años las vejaciones constantes a que le sometía su suegra con la complicidad del esposo.

My Tu aún conserva el álbum de fotos de la boda, pero ha rascado hasta borrarlas todas las imágenes del rostro de su suegra, cuyas vejaciones constantes jamás olvidará.

Con 22 años, animada por sus padres, se inscribió en una agencia matrimonial para buscar un esposo coreano con el anhelo de una vida mejor y confundida por la imagen idílica que ofrecen las populares telenovelas de ese país.

Un hombre de 39 años la eligió en el catálogo y a los tres días de conocerse tuvieron una pequeña celebración nupcial en Vietnam con la familia de la novia.

"En aquella época los hombres pagaban entre 5.000 y 10.000 dólares y para nosotras era gratis. Ahora sigue ocurriendo pero está más controlado por el Gobierno", explica a Efe.

"Al principio estaba muy contenta, me imaginaba una vida mejor en Corea. Mi familia también estaba encantada, todo el mundo cree que quien se casa con un extranjero tendrá una buena vida", relata.

Sin embargo, sus sueños pronto comenzaron a resquebrajarse. Después de la boda, el marido viajó a Seúl y la dejó cinco meses encerrada en una casa de Ho Chi Minh (antigua Saigón) perteneciente a la agencia y en la que convivía con otras 30 chicas en su misma situación.

"Se quedaron con todos nuestros papeles y nuestro dinero para evitar que nos escapáramos si cambiábamos de opinión. Nos enseñaron algo de coreano, pero no eran clases serias. Aunque alguna vez pensé en huir, seguía teniendo esperanzas", recuerda.

Cuando su marido terminó los papeleos y ella voló hacia Seúl, fue recibida con frialdad, como si fuese una extraña.

No olvidará las duras primeras semanas en que se comunicaban por señas hasta que ella aprendió a desenvolverse en coreano.

"Mi esposo salía para ir al trabajo y yo me quedaba en casa con mi suegra, que me hacía limpiar la casa baldosa a baldosa y cuando terminaba me pedía que lo hiciera otra vez. A menudo no podía ni comer y nunca me compraron ropa, me la tenía que enviar mi madre desde Vietnam", rememora.

Pensaba que cuando aprendiera el idioma la situación mejoraría, pero entonces comenzó a entender los insultos y los desprecios que le dedicaba su suegra y su ánimo se hundía un poco más.

El nacimiento de su hija un año después continuó empeorando las cosas: su marido dejó de dormir con ella, no recibía ninguna ayuda y tenía que soportar las malévolas insinuaciones de su suegra sobre el verdadero padre de la criatura.

A los pocos meses, el esposo perdió su empleo, dejó de dirigirle la palabra y comenzó a emborracharse casi a diario.

Ella tuvo que buscar un trabajo para pagar la leche y los pañales de la niña y terminó manteniendo a toda la familia, pero consiguió ahorrar algo de dinero a escondidas y con el préstamo de unos amigos vietnamitas compró un billete de vuelta a Vietnam en 2010.

"Un día que pedí quedarme algo de dinero para comprar leche y mi suegra dijo que la niña podía alimentarse de agua y arroz. Fue cuando decidí que no aguantaba más y después de unas semanas escapé con ella a mi país", relata.

Aunque el esposo viajó a Vietnam enfurecido para recuperar a la niña, consiguió mantenerla y hace seis años que vive en el campo con sus padres, en la misma casa en la que creció.

El arroz y los frutos que cultivan apenas les dan para subsistir, pero la familia vive de forma más desahogada gracias a las remesas que su hermana envía desde Corea.

"Ella se casó con otro hombre coreano, pero está contenta con su vida y su matrimonio. Yo he tenido mala suerte", dice. 

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