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Ni privada, ni sucia, ni opresora. La investigadora Eugenia Tarzibachi desenmascara en una entrevista con Efe las implicaciones políticas, económicas y culturales de la menstruación, un "tabú férreo" que en Argentina empieza a ser más que una "Cosa de Mujeres", como apunta el título de su primer libro.

"Hay algunas coordenadas que, aún hoy, atraviesan la experiencia de todas las mujeres ante la primera menstruación y que tienen que ver con situarlo como un asunto de higiene personal y la necesidad de enmascarar ese sangrado para componer un cuerpo socialmente aceptable", asegura la psicóloga y doctora en ciencias sociales.

Acaba de publicar su libro "Cosa de Mujeres: menstruación, género y poder" (Sudamericana), resultado de una investigación realizada como becaria del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnica (Conicet).

En él, recorre la historia de la autodenominada "industria de cuidado personal femenino", que, a su juicio, se basa en una "retórica de desmentida" del cuerpo.

En ese sentido, afirma que la publicidad de las "tecnologías" de gestión menstrual (toallitas, tampones, copas), desde sus orígenes -en Estados Unidos a fines del siglo XIX y en Argentina hacia 1930- hasta hoy, se ha basado en tres "sentidos sociales": la protección de un cuerpo vulnerable o peligroso, la higiene de un cuerpo "sucio" y la "liberación" de la mujer de un cuerpo supuestamente opresor.

Es el ideal de cuerpo 'amenstrual' -sin ningún rastro de mancha- y reproductivo -predestinado a ser madre- es decir: "el ideal masculino".

Tarzibachi apunta que aunque el modismo de "hacerse señorita" con el que tradicionalmente la sociedad se refería a la primera regla de las adolescentes está perdiendo vigencia, todavía permanece inalterable ese "rito" que vincula la "feminidad" a la experiencia de la menstruación, a la "transformación en mujer".

Para ella, esta visión rige también en las propias instituciones de la mayoría de los países y en el caso de Argentina es aún más evidente que "no están armadas sobre la base de un cuerpo que menstrúa", sino que retoman esos "sentidos sociales" de ocultar y relegar a la intimidad una experiencia que en ningún caso es opcional.

A su juicio, esto provoca consecuencias como el hecho de que los productos de gestión menstrual no sean accesibles para las personas de bajos ingresos o que las niñas no pueden tomarse el tiempo que necesitan en las escuelas para ir al baño. Los productos de gestión menstrual no sean accesibles para las personas de bajos ingresos.

Sin embargo, cree que algo está cambiando como resultado de la "revolución menstrual" que tiene lugar en todo el mundo y que ha hecho que, incluso los hombres, comiencen a discutir sobre la menstruación y lo que les pasa a las mujeres en los medios de comunicación y las instituciones.

El primer país ejemplo de ello fue Kenia, que en 2004 retiró los impuestos a los productos de gestión menstrual, una iniciativa que se replicó después en Canadá, Australia, Estados Unidos y en otros lugares a nivel local, como ha sido el caso reciente de las Islas Canarias (España).

En cuanto a Argentina, el 8 de marzo de 2017, la organización Economía Femini(s)ta puso sobre la mesa esta necesidad de dejar de estigmatizar el periodo e impulsó la campaña "MenstruAcción".

La iniciativa se basa en tres principios: eliminar el 21% de IVA que pesa sobre estos artículos, proveerlos gratuitamente en escuelas, cárceles, centros de salud y a personas de bajos recursos -el gasto medio anual por mujer puede ascender hasta los 70 dólares- e impulsar investigaciones en materia sanitaria y ambiental, que abarquen la posible presencia de elementos tóxicos en los productos.

A partir de la campaña, este año se presentaron varios proyectos de ley de alcance municipal y provincial en todo el país, mientras que, a nivel nacional, el pasado 3 de mayo llegaron dos al Congreso, de mano de la diputada del Movimiento Libres del Sur (centroizquierda) Victoria Donda.

"Está en ciernes, pero este debate es sumamente auspicioso", valora Tarzibachi, quien, al mismo tiempo, advierte de que todavía hay que ir con pies de plomo, ya que "hay un tabú férreo que pervive de alguna manera" en todo el mundo.

Esto se refleja con la polémica que despiertan los anuncios de compresas más explícitos que muestran la sangre sin disfraces o algunas acciones del activismo feminista, como las fotografías de mujeres menstruando en redes sociales o las "performance" públicas de personas manchadas que han tenido lugar en países como España, donde se hizo la campaña "Menstrual Blood".

"Cuando intentan señalar que se quiere vivir esta experiencia de otra forma que no sea a través de la vergüenza o el asco, las reacciones públicas que generan, a veces violentas, son una campanita de que todavía hay una norma social que pervive que está diciendo todo el tiempo: volvé ese cuerpo al ámbito privado, íntimo, que es donde corresponde", denuncia.

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