• Abr. 22, 2013, media noche

Estoy un poco harto de escuchar a algunos religiosos metiendo sus narices en las cuestiones del Estado. Y no es que no puedan hacerlo, lo que sucede es que cuando lo hacen pierden la perspectiva del tiempo, no se enteran o no quieren enterarse que la sociedad ha cambiado, y cuando argumentan sobre determinados temas, lo hacen recurriendo a ideas medievales.

Cómo es posible que el señor Saturnino Cerrato, pastor de las Asambleas de Dios y algunos obispos de la Iglesia Católica nicaragüense (Silvio Fonseca y René Sándigo) sostengan que la Ley (779) contra la violencia a las mujeres, destruye al hombre, al matrimonio y a la familia.

La normativa, aprobada en enero de 2012 por una amplia mayoría de los diputados, tipifica y  sanciona los diferentes tipos de violencia contra las mujeres, como por ejemplo, la misoginia, la violencia física, la psicológica, la sexual,  la laboral y la patrimonial.

Los mecanismos legales que existían antes de entrar en vigencia la Ley 779, no fueron suficientes para evitar el derramamiento de sangre de las mujeres.
 
Según cifras oficiales, en 2011 fueron asesinadas 76 mujeres por sus esposos o exparejas, y cada año 35 mil mujeres reciben atención forense como consecuencia de la violencia de la que son víctimas, sobre todo en sus hogares.

El pastor y cuatro grupos conservadores han introducido, por separado, recursos de inconstitucionalidad en la Corte Suprema de Justicia para que se modifique parte de esa ley.

Dicen que esa legislación es injusta para los hombres, porque cuando hay mujeres que quieren reconciliarse con el marido, éstos se ven limitados al imponérseles una orden de alejamiento de 150 metros de distancia.  

Señores, no es la ley la que destruye a la familia, son los golpes, las humillaciones, los chantajes y  esas otras formas de violencia que ejercen algunos hombres contra las mujeres.
 
Son esas costumbres atávicas, abusivas y denigrantes, que han estado enquistadas durante años en nuestra sociedad y las que hemos sufrido como hijos, hermanos, vecinos y amigos, y de las que el Estado debe por obligación hacerse cargo si es que quiere conservar la convivencia.

La presidenta de la Corte Suprema de Justicia (CSJ), Alba Luz Ramos ha hecho una magnífica defensa de la ley, sin embargo, echo de menos esa misma firmeza cuando se penalizó el aborto terapéutico que es también una forma de violencia contra las mujeres.
 
La ley no penaliza a los hombres por el solo hecho de serlo. Lo que hace es corregir esa vergonzosa práctica de dominación de una persona sobre la otra. Es un instrumento de protección de un ser humano que históricamente ha estado indefenso frente a otro que se ha creído superior, por ser un alto productor de testosteronas.
 
Si les digo la verdad, no me sorprende que estos señores, y hasta algunas señoras que es lo más triste, mantengan ese discurso contra la ley, son los mismos que recurren a la Biblia para justificarlo todo, negando cualquier avance de la ciencia.
 
Se les olvida que en la Biblia, ese famoso libro que hemos leído casi todos, muchas veces por obligación, se relega a las mujeres a un segundo plano. Ahí se las retrata como seres sumisos, obedientes a sus maridos y despojados de cualquier sentido de justicia.  En ese sentido me pregunto: ¿Está la Biblia realmente de acuerdo con la dignidad humana o con los derechos humanos aunque no los mencione?

 

** El autor es periodista. Máster en Comunicación por la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y autor del blog: Tropecientaspalabras.worpress.com , Facebook: Deylin Gutiérrez , Twiter: Deylin_G .

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