• Mayo 2, 2013, media noche

 

Por Mario Fulvio Espinoza

Dentro de las siete plagas que nos ha traído el capitalismo salvaje –que ya no son siete sino centenares–, han proliferado los concursos de belleza. Se “ofertan” en abundancia para cualquier “evento”, ya sea social, empresarial, cívico, político, farandulero o religioso… Y dejan pingües ganancias.

Se trata de lograr un éxito económico en base a la explotación de algunos pecados capitales y no pocos veniales de ciertas mujeres y de no pocos hombres; entre los primeros están la vanidad y la envidia, entre los segundos la fatuidad, el figureo, la trivialidad, la afectación, la vacuidad y “el repello”.

Aunque lo mencione de último, el “repello” es lo más importante en cualquier concurso “de belleza”. El repello es el máximo auxiliar del figureo. Una máscara facial o totalmente corporal nos cambia de seres feos a personajes bellos. Claro, ese cambio es ilusorio a menos que nos sigamos repellando hasta la edad provecta cuando más que repello necesitamos emplastos y rebanes de pellejo.

El pecado de la vanidad perdió a Lucifer. Siempre quiso ser el más bello y por estarse repellando frente al espejo perdió la guerra contra Dios, que no permitía que otro fuera más bello que él. De ahí que de aquel tiempo a este seguimos en lo mismo, tratando de explotar el físico en detrimento de otros valores mucho más importantes que posee el ser humano.

Como los asesores de Luzbel, los genios publicitarios que organizan los concursos dicen impulsar la cultura, el talento y “el carisma” de las candidatas que anhelan estar “in” en la farándula, sin embargo tanto las preguntas pre elaboradas que les hacen como las respuestas ya aprendidas, siempre dejan en entredicho la inteligencia de las aspirantes a reinas, aunque sean aplaudidas incluso por sus torpezas.

Fue laudable el trabajo de las periodistas que entrevistaron durante varios días a la Miss Nicaragua para sacar en claro, como gran suceso, que ella nació y vive en Miami aunque se considera nicaragüense por el hecho de ser Mis Nicaragua, sin embargo abundaron para ella los elogios de las entrevistadoras que la calificaron de talentosa y “carismática” aunque ella no habló de religión.

Por lo general las Mises dicen tener espíritu patriota y altruista, añaden que en sus efímeros reinados trabajarán por el bien de alguna cosa. Estos propósitos no pasan más allá del diente al labio, aunque en eso las bellas no hacen otra cosa que imitar a los candidatos políticos, capaces de ofrecer viajes en crucero al cielo.

En el supuesto de evitar la frustración de las perdedoras los organizadores mercachifles han convertido el certamen en una disección de consolación. Se premia los mejores ojos, las mejores piernas, el mejor trasero, el mejor ombligo, los mejores senos, la mejor piel, la más fotogénica y la más “carismática”. Para mayor consolación existen otros premios a la chica del mejor bikini, la del mejor traje casual o de noche, al mejor traje nacional que no es más que un enorme retablo de cachivaches brillantes con plumas de pavo real que van cargando sonrientes las candidatas al “trono sentimental”.

Esa “cultura” zafia de los concursos está dirigida a manipular a la mujer en la industria mediática y a generar mecanismos de identificación que favorecen su explotación a través del consumo de cosméticos de marca, trapos y zapatos que cuestan un ojo de la cara.

Como colofón diremos que el negocio de las mises arrastra en su vorágine de cosificación a los bebés y echa en el mismo saco de la manipulación a niños y niñas, adolescentes de ambos sexos, quinceañeros y quinceañeras, amas de casa, abuelas y abuelos. No conformes se premian mundos de ficción a las mejores imitaciones de artistas. Las niñas lucen “sexis” con pelucas, pestañas y otros aditamentos postizos para personificar y cantar como Lady Gaga, Madonna, Selena, Beyonce, Shakira y tantas otras.

En el negocio de la cosificación humana han entrado los hombres que antes se retraían y consideraban que andar casi en cueros era cosa de mujeres. Vale la pena consignar que fueron los gay del “Charco de los Patos” los que poco a poco fueron irrumpiendo en la doble moral que se ejerce a través de la manipulación y la hipnosis consumista de los concursos de “belleza”.

 

* Catedrático de periodismo.

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