• Mayo 14, 2013, media noche

Jorge Eduardo Arellano

 

En 1974 el médico leonés Ramiro Abaunza Salinas editó Un general sin estrellas. Primera incursión novelística de su autor, se lee sin mayor problema debido a su espontánea prosa y a su trama bien estructurada e interesante. Esta presenta la historia paralela de dos hermanos de padre: Lisímaco Venancio Benítez es el nombre del legítimo y Arturo Moraga el del ilegítimo.

Telémaco Benítez los engendró, heredándoles un gran lunar negro en forma de mariposa: el primero lo tenía detrás de su oreja derecha y el segundo en medio de la espalda. Telémaco era dueño de una finca cacaotera y ganadera, cerca de Santiago (León); ya viudo, abusa de Toña, hija del mandador, que sale preñada y huye. Es la madre de Arturo.

Lisímaco Venancio se gradúa de teniente en la Academia Militar de Guatemala. A su regreso, es nombrado edecán del presidente Márquez, se le destina a un puesto fronterizo para liquidar el contrabando, es ascendido a capitán y se une en matrimonio a Margarita Lezama y Briones, sobrina preferida de Márquez. Alcanzando el grado de mayor, se convierte en mano derecha del presidente, a quien le es leal cuando lo derroca la sublevación del coronel Belarmino Pineda. Tras dos meses de cárcel, Benítez estaba de baja y se exilia en México.

Por su parte, Arturo ha crecido en un prostíbulo, donde laboraba su madre Antonia Herrero. Luego ella es rescatada por Fulgencio Moraga, trabajador del ingenio de la Sugar United (léase San Antonio); allí el muchacho aprende el oficio de barbero. Los tres se trasladan a una mina del norte. Eugenio se torna contrabandista, ayudado por su hijastro adolescente; pero una patrulla, encabezada por el teniente Lisímaco Venancio Benítez, los descubre; en el tiroteo, Fulgencio muere y a Arturo le propinan cien garrotazos.

Desde México, el ex militar Benítez –al mando de 124 hombres– invade el país. Arturo se le ha unido en El Salvador. La invasión es debelada por las fuerzas gobiernistas. Pero se escapa y llegan, tras algunas peripecias, a Santiago. El ahora “general” Benítez se dedica a financiar movimientos armados contra Pineda, todos frustrados. Entonces decide retirarse de la política y consagrarse a los gallos de pelea. Mientras tanto, Arturo Moraga instala una barbería en Santiago.

De esta es cliente Benítez. En una ocasión, cuando le afeitaba su hermano, se hirió en el cuello de una manotada tratando de espantar una mosca de su oreja derecha. Al examinar la pequeña herida, un médico observa el lunar y le recomienda extirpárselo en Panamá. Hacia allí se dirige y le diagnostican cáncer; lo operan y, días después, fallece de 69 años. Una semana después muere, a causa del mismo mal, el barbero.

Benítez es enterrado en Santiago con honores de general de división y ministro de la guerra. Ese mismo día otro sepelio, pero de pobre, seguía al del “general sin estrellas”: el de Arturo Moraga Herrero. Ambos se habían juntado, pero sin reconocerse como hermanos, en la vida. Y también en la muerte.

 

* Escritor e historiador

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