• Mayo 10, 2013, media noche

Katty Navarro


Si bien es cierto no hay escuelas que eduquen a padres y madres para que asuman su misión, también es cierto que en el proceso de socialización de género, es a las mujeres a quien se les prepara para llevar a cabo ese rol, mientras a los hombres se les educa para que tengan un rol de proveedores, sean independientes de las tareas del hogar y no participen en ellas.

Por esta razón la mujer es quien asume, en la mayoría de casos, la crianza de los hijos e hijas, y sobre ella recae lo bueno o malo del desarrollo de la personalidad del hijo/a; perdiendo el padre la responsabilidad en esta tarea (“cosa de mujeres”). Esto les impide darse la oportunidad de experimentar una relación más cercana, cariñosa y de confianza; factores importantes para la salud mental y física de los hijos e hijas.

Hay estudios que evidencian que cuando los padres se involucran en el cuido se facilita que los niños y niñas crezcan con una visión de equidad de género, de respeto hacia las mujeres y con una imagen más humana de lo que significa ser hombre.

El ser madres y padres lo hemos aprendido en la práctica diaria o muchas veces replicando lo vivido en nuestra experiencia familiar, pero nunca es tarde para aprender a ser mejores y darnos cuenta que el amor y la protección hacia nuestros hijos/as deben ser incondicionales.

Eso implica valorar que no somos perfectos, aceptar nuestros errores y pedir disculpas cuando sea necesario; mejorar nos invita a educar con el ejemplo (no es tan importante lo que decimos sino lo que hacemos), a reconocer que cuando utilizamos el maltrato como método de educación hacemos a nuestros hijos/as mucho daño, ya que las huellas de ese maltrato les acompañarán toda la vida.

Se maltrata no sólo cuando se golpea sino también cuando hay abandono, ofensas, humillaciones, amenazas, les ignoramos, no les tenemos confianza y les hacemos sentir culpables de lo que pasa. Cuando les maltratamos aprenden a que las cosas se solucionan con violencia, a tenernos miedo pero no respeto, a callar ocultando sus sentimientos, a no defender sus derechos ante las demás personas, a buscar refugio en la calle y a que nos pierdan el amor.

Apoyar el bienestar y desarrollo de nuestros hijos e hijas debe ser tarea de todos los días, ellos y ellas necesitan saber y sentir que les queremos, expresándoles con palabras y muestras de cariño. El afecto es imprescindible independientemente de la edad que tengan: decirles te quiero, que son importantes para nosotros, abrazarles, besarles (no solo cuando son pequeños), mostrar interés por lo que piensan y sienten, escucharles, ayudándoles a explorar sus sentimientos e ideas, dedicarles un tiempo especial por pequeño que sea; apoyarles en sus metas, respetar sus opiniones aunque no estemos de acuerdo con ellas; acompañarles en su crecimiento aunque no vivan juntos; que sepan que pueden contar con vos; no dejar pasar la oportunidad de elogiar sus cualidades y aceptarles como personas con derechos.

Muchas de las formas con que les demostramos amor están orientadas a darles alimentación, vestido, estudio y gustos materiales, sin embargo esto es parte de nuestra responsabilidad. Algunos adolescentes comentan que “lo malo de crecer” es sentir que sus mamás y papás comienzan a quererles menos que cuando eran pequeños: les abrazan y chinean menos, sólo reciben regaños o mandatos.

Lo importante es el balance. Para vivir bien necesitamos desarrollar estos valores en la familia; estoy convencida que habría menos jóvenes en la delincuencia, menos embarazos tempranos y menos violencia intrafamiliar.

 

* Socióloga y educadora.

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