• Mayo 14, 2013, media noche

Félix Navarrete

 

Perdónenme por ser radical y ortodoxo, pero el tema lo amerita. Aclaro: el asunto no es religioso, es humano. Es una ley de la vida. Lo he discutido por años con mis hijos, amigos y parientes en diversas circunstancias y situaciones y nunca hemos podido llegar a un acuerdo feliz.

Incluso, les he leído un pasaje de la Biblia, un hermoso libro vilipendiado gratuitamente por quienes no lo conocen, y aún advirtiéndoles de que se trata de un mandamiento con promesa, se muestran escépticos y no tienen la suficiente convicción para responderme con honestidad la siguiente pregunta: ¿Honra usted a su padre y a su madre?

El texto es contundente y archiconocido: “Hijos, obedeced en el señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa, para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra”. Efesios 6, 1-3.

Aprovecho que se avecina este 30 de mayo, Día de la Madre Nicaragüense, para referirme al tema con alguna información básica. Para comenzar, definamos qué significa la palabra honrar. Muchos diccionarios profesionales concuerdan en que honrar es mostrar respeto, admiración y estima a una persona. Pero hay una definición que me gusta más, y es la que dice que honrar es premiar las cualidades morales de una persona, venerarla, enaltecerla, sentirse orgulloso de ella.

Con estas breves definiciones, muchos podríamos responder, cada quien desde nuestra propia forma de ver la vida, si en realidad honramos a nuestro padre y a nuestra madre. Sin embargo, pese a estas definiciones, y por mucho que le demos vuelta al tema, sabemos que estamos lejos de cumplir el cuarto mandamiento.

Hay hijos que se ufanan de honrar a su padre y a su madre porque de vez en cuando les dan unos centavitos que ellos mismos se los quitan. Conozco también hijos oportunistas que les regalan a sus madres cocinas, planchas y lavadoras para que les continúen sirviendo de empleadas domésticas las 24 horas del día. También conozco a hijos que sólo aprovechan los 30 de mayo para llevarles a sus madres regalos superficiales e inútiles para salir del paso, o les llevan un queque para que las homenajeadas terminen lavando los platos o cocinando algo improvisado.

Pero también hay otro tipo de hijos. Aquellos que lejos de honrar a su padre y a su madre, los juzgan, los sientan en el banquillo, los desprecian, y comienzan a destacar en estos sus defectos y los malos momentos que vivieron, como si no fueran seres humanos y no van a convertirse también en progenitores. Estos hijos son unos canallas que no merecen vivir. Incluso hay quienes creen que es obligación de sus progenitores seguir cuidándolos y manteniéndolos económicamente, aun cuando ya son mayores de edad y profesionales, y nunca se detienen un momento para valorar el amor de aquel ser que desde su concepción, desde que se vino formando en su vientre, comenzó a amarlo y desear que viniera a la vida.

Los hijos deberían de recordar que gracias a nuestras madres estamos aquí en el mundo, lo más maravilloso que nos puede haber sucedido, y que nos anduvieron cargando durante nueve meses, nos dieron su sangre, arriesgaron su vida y algunas hasta sacrificaron sus sueños para protegernos y que no sufriéramos limitaciones.

Creo que la deuda con nuestras madres es impagable. Es como la deuda externa, eterna. Ni todo el oro del mundo ni todas las riquezas pueden pagar su ternura. Su capacidad de amar es tan infinita, que ninguna honra es suficiente. A ellas hay que honrarlas todos los días de nuestra vida, y no porque lo dice la Biblia, sino porque hacerlo es un acto de amor y honor. Y porque tenemos la obligación moral de ayudarlas y servirlas hasta que mueran.

Termino con una advertencia. Honrar es una elección voluntaria, opcional, que nace del corazón. No puede ni debe ser impuesta. Los buenos hijos saben honrar. Pero honrar no es recordar que tienes una madre a veces. Es amar, es premiar, es dar, es servir, es distinguir con un reconocimiento a los que te dieron la oportunidad de estar vivo y tener un nombre. De lo contrario, tu estadía en la tierra será tortuosa o breve.

 

* Periodista y escritor

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