• Mayo 13, 2008, 3:30 p.m.
El más reciente artículo de opinión que publiqué en El Nuevo Diario, “Antiimperialismo sin ética y sin corazón”, llevaba hasta el 5 de Mayo en su versión de blog de la edición electrónica del diario, el récord de 129 comentarios (al 06-05-08).

De todo se ha discutido esta vez, tanto en contra o a favor de las premisas del artículo en mención, como alrededor de temas diversos. Desde el intento de dirimir la diferencia entre posiciones ideológicas de izquierda o derecha, hasta el habitual cuestionamiento, a veces sincero, a veces abiertamente hostil de quien esto escribe, la polémica ha sido apasionada. Creo en la pasión y no me asusta. Sin embargo, revisando las entradas del blog, pienso que, en este caso, la pasión ha conducido a la dispersión del debate y a una suerte de diálogo de sordos donde a menudo se salta a conclusiones o acusaciones basadas en prejuicios más que en los argumentos expuestos.

Obviamente que, dados los rumbos de nuestra historia reciente, la polarización política es un hecho en nuestro país. A pesar de esto hay varias constantes unificadoras dentro de los participantes en el debate tales como: la preocupación por el rumbo que llevamos, el amor al país con todo y sus entuertos, el desencanto frente a la clase política de un signo y de otro, la noción de que la ingerencia externa descalabra nuestro futuro, el imperativo expreso de que hay que buscar la luz al final del túnel. Todas estas son coincidencias cuya validez y coherencia desafortunadamente se diluyen con demasiada frecuencia por el tono de desconfianza, descalificación o abierta confrontación con que se quiere descartar la opinión de unos a favor de las propias, como si ganar la discusión fuera el fin último del debate.

Es importante cuestionar nuestro estilo de discusión y reflexionar sobre el hecho de que quizás estemos entrampados en una cultura de la polémica que nos obliga a contemplar a quien no piensa como nosotros como “enemigo”. Pareciera que suscribimos la idea de que “para demostrar que se sabe pensar, es indispensable criticar y atacar”. Lógicamente que no podemos descartar totalmente la crítica y el ataque cuando se trata de denunciar situaciones inaceptables o políticas públicas que atentan contra los valores esenciales sobre los que se basa la vida social. Pero entre ciudadanos que, a nivel de igualdad, se enfrascan en comparar opiniones diversas sobre temas de interés común la actitud de querer ganar la batalla, en lugar de tratar de comprender el punto de vista del otro, puede llevar a callejones sin salida.

Lejos de ampliar criterios y considerar otros puntos de vista, podemos problematizar la realidad de tal manera que terminemos con la sensación de que el debate es inútil. Por otro lado, la agresividad puede darle a la polémica el sabor de un pleito doméstico donde cada quien termina mudo y resentido en una esquina sin esperanzas de alcanzar un entendimiento.

No sé si sea posible lograr un debate sobre el debate que nos ayude a todos a madurar y a polemizar con el aliento de una pasión constructiva. Ciertamente que tal aprendizaje nos haría mejores ciudadanos, más democráticos y más tolerantes de la diversidad, elemento esencial para el desarrollo de la libertad y del conocimiento.

5 de Mayo
Bogotá, Colombia
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