• Mayo 14, 2013, media noche

Krasnodar Quintana

 

El odio es un sentimiento tan fuerte como el amor, y como éste, saca a la superficie los verdaderos sentimientos de aquel que odia con toda la pasión de su corazón. Quien odia o ama no puede ocultar sus verdaderos sentimientos, éstos los rebasan y se muestran tal como son. Es inevitable, sólo basta observarlos o escucharlos y la realidad, abrumadora, se revela.

En la página de opinión de un diario local (domingo 5 de mayo), el premio Nobel de literatura, Mario Vargas Llosa, escribe un artículo cargado de odio y veneno titulado “La muerte lenta del chavismo”, en el que se refiere a la actual situación política de la República Bolivariana de Venezuela y exuda su simpatía hacia la burguesía, hacia los “nobles” derrotados en las recientes elecciones presidenciales de abril.

Según Vargas Llosa, en un enorme fraude electoral, a estos “nobles” se les ha escamoteado, una vez más, el derecho de la presidencia, una presidencia que según él, les corresponde por burgueses, por nobles, por educados, por ricos y millonarios; por capitalistas y por tener a la disposición la venta de la Patria.

Y arremete groseramente contra el presidente Nicolás Maduro, llamándolo matón y delincuente, diciendo que habla mal, y se lamenta del nivel intelectual del gobierno y que da tristeza que Nicolás Maduro sea presidente de un país que dio a un Rómulo Gallegos, a un Arturo Uslar Pietri, a Vicente Gerbasi, a Carlos Rangel y Rómulo Betancourt.

Se le olvidó mencionar, al señor Vargas Llosa, que además de hablar mal y ser un delincuente y un matón, como él lo califica, Nicolás Maduro era sindicalista, camionero y conductor del metro, y que seguramente debe ser una herejía política que el presidente de un país que había dado a tan grandes hombres sea un obrero.

Qué vergüenza, señor Vargas Llosa, que un sindicalista, un obrero, sea presidente de la burguesía, de la “nobleza” venezolana; un obrero en quien el presidente Hugo Chávez Frías, un hombre salido de las barracas del ejército, depositó toda su confianza y esperanza para que continuara con su proyecto socialista de dar bienestar a todos los venezolanos. Un Hugo Chávez Frías que él desprecia y menosprecia pero a quien no puede ofender porque ya no pertenece al juicio de los hombres, sino que a la historia de los pueblos; un Simón Bolívar del siglo XXI, ante quien el mismo señor Vargas Llosa, “el gran león del capitalismo”, con todo y su premio Nobel de literatura, comparado con la dimensión humana de Chávez, es un enano.

Ya sabemos la estrategia y las tácticas de la derecha, que don Mario defiende tan apasionadamente ¿Acaso no hicieron lo mismo con Allende en Chile? ¿No salían también a las calles a golpear las cacerolas? ¿No desabastecían los supermercados? ¿No crearon la anarquía? ¿Y no se sintieron acaso los burgueses más dichosos del mundo cuando Pinochet atacó el Palacio de la Moneda e implantó su dictadura de derecha que causó miles de asesinados y desparecidos?

Y Allende no era un camionero, no era un sindicalista, no era un obrero. Allende era un intelectual, un socialista igual que Nicolás Maduro. Allende era médico y fue presidente del Colegio Médico de Chile. Entonces ¿a uno por intelectual y al otro por obrero? La realidad es que los títulos no importan, ¿no es así señor Vargas Llosa? Ni siquiera la democracia o la dictadura: el verdadero enemigo con el que hay que terminar es el socialismo.

El socialismo del siglo XXI, ese engendro político de Chavez, al que se refiere Vargas Llosa, es el mismo socialismo de siempre, es el socialismo histórico, es la larga lucha de los pueblos por la liberación de la explotación del capitalismo. Y mientras haya un solo trabajador, un solo obrero que se sienta explotado, una sola nación que defienda sus recursos naturales y su soberanía, el socialismo no morirá nunca. Sus principios vienen dando saltos a través de los siglos desde los tiempos de Robert Owen y Saint-Simon.

Y el señor Vargas Llosa, como intelectual, lo sabe muy bien, y lo menciona como una maldición para el capitalismo, y para descargar su odio visceral contra los trabajadores, contra los obreros de la “Republica Bolivariana de Venezuela” y su presidente, un conductor del metro, y contra Chávez, un oscuro soldado salido de las barracas del ejército. ¡Qué vergüenza, don Mario!

 

* Escritor

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