• Mayo 30, 2013, media noche

De todos mis primos, once están fuera del país. Siete viven fuera legalmente y han venido de vacaciones las veces que han podido a recordar cómo se siente comer gallopinto casi diario. Mis otros primos no tienen esa suerte, su estatus migratorio no les permitiría regresar de manera legal al país donde viven, tienen familia, amigos, trabajo, en fin, una vida.

Casi todos ellos han posteado en sus Facebooks que a 28 grados en sus países anfitriones, se están muriendo del calor. Migomismo piensa que son unos desubicados, y debo coincidir con él. Con 28 grados en Managua muchos andarían en suéter. Más allá de ese estatus, sus historias son diferentes.

Los que están viviendo ilegalmente tuvieron que atravesar un desierto, guiados por algún "coyote". Me imagino sus travesías iguales a las contadas por el equipo de El Faro, un periódico digital salvadoreño, o la película Sin Nombre, en la que un joven hondureño huye de la violencia de su país. Mis primos y yo nunca hemos hablado de sus viajes. Ni yo ni ellos hemos estado interesados en empezar esa conversación.

Aunque las razones por las cuales migraron inicialmente son diferentes, la mayoría de mis primos se han quedado donde están bajo el convencimiento que en Nicaragua probablemente no encontrarían las mismas oportunidades de trabajo o estudio.

Y no es que mi familia sea "trotamundos". Según las encuestas, una gran cantidad de nicaragüenses afirman querer migrar. Basta con sólo preguntar a un par de jóvenes en la calle para constatarlo.

Los universitarios sueñan con una beca para estudiar una maestría en Estados Unidos, Europa, México o un destino más exótico como Nueva Zelanda, donde habitan orcos y elfos. Ellos saben cómo aplicar a becas, van a charlas y a ferias de información. Hacen TOEFLs, GREs, gastan un montón de plata en libros y cursos, y antiácidos para la úlcera. Algunos hasta pedirán préstamos bancarios para pagarse su viaje y estadía, y empezarán otra etapa de sus carreras enjaranados.

A su regreso, a muchos se les hará difícil encontrar un trabajo bien remunerado, posiblemente terminen ganando cerca de lo que ganaban antes de irse. Otros se encuentran sobre calificados para los trabajos disponibles. Y los pocos, los que tienen suerte, contactos y experiencia previa, consiguen una buena oportunidad. Otros no cumplirán sus planes de estudiar fuera.

Los que no tienen la oportunidad de ir a la universidad, sueñan con un futuro en el que a pesar de lo difícil, peligroso o incomodo que pueda ser un trabajo, obtendrán mejores ingresos, podrán ahorrar dinero, enviar algo de remesas a sus familias, construir una casa en la que esperan vivir algún día cuando regresen a su país a morirse de calor de nuevo.

Algunos se aprovechan de ese sueño, estafando a otros con promesas de trabajo, cobrando dinero de adelantado para poder aprovechar una "oferta" que no existe. Otros ofrecen condiciones favorables de trabajo temporal, y lo que les espera a quienes hacen el viaje es salarios bajos y cobros nunca antes mencionados en las fincas donde trabajarán.

Las mafias de trata de personas y las bandas que secuestran a migrantes camino hacia Estados Unidos merecen capítulo aparte. Esa gente parece sacada de algún cuento de terror, y hacen que la frase "ojalá se pusieran las manos en la conciencia" suene a chiste de chicle Chiclín. Esa gente no tiene conciencia, ni nada.

Aquellos que han sobrevivido a esos viajes peligrosos deberían de compartir sus historias, de manera anónima, para que muchas de las personas que emprenden día a día esos viajes tengan información que podría salvarles la vida.

Yo por el momento tengo más de treinta años sin migrar. Veremos si de repente no me ven aquí escribiendo sobre lo duro que es el verano a 28 grados Celsius. Si lo hago, les pido por favor me perdonen por desubicado.

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