• Jun. 4, 2013, media noche

Arnulfo Urrutia M.

 

Quienes durante el almuerzo acompañaban a Normita, quedaron boquiabiertas cuando la ejemplar señora caracterizada por su gran paciencia y dulce carácter, dejando a un lado su costumbre, comenzó a hablar de su vida privada. Los celos y actitudes maniáticas de su marido la habían llevado al precipicio emocional, les confesó.

Jamás imaginé que después de veinte años, llegaría al extremo de desear el final de mi matrimonio, cueste lo que cueste. Los besos, las flores y el profundo cariño del que ustedes han sido “testigos”, no son ciertos. Todo ha sido una farsa. Siempre me sometí a sus caprichos. Había que levantarse y acostarse, a la hora que a él le parecía. Ver la película, comer y beber lo que a él le gustaba. Pasear cuando se le apetecía y al sitio que él decidía. Vestir la ropa que él compraba y eso que era mi dinero con el que pagaba. Con indumentaria tan ridícula, no me extrañó que algunas veces ustedes me miraran con cierta compasión.

Un día me pidió que envenenáramos a su madre, pues necesitaba la habitación que ella ocupaba para instalar su cuarto de música. Gracias a Dios, olvidó la idea. Durante varios días se quiso suicidar, porque en la calle alguien le gritó “chaparro”. Seleccionaba mis amistades. No podía recibir una llamada o un mensaje de texto sin darle cuenta a su “majestad”, tal como le gustaba que lo llamara cuando hacíamos el amor; que además, tenía que ser todos los jueves a las siete de la noche.

Hoy fue el colmo, mientras me vestía para venir al trabajo, sacó debajo de la almohada, la pistola con la que duerme desde que le gritaron “chaparro” y me obligó a tomarla. Me pidió que matara al perro del vecino, pues no lo había dejado dormir durante toda la noche.

¡Fue cuestión de segundos! Apunté hacia este verdugo al que siempre llamé marido y en voz muy alta dije a nuestro creador: ¡Señor, llévatelo o te lo mando!

Se desmoronó acobardado. Comenzó a llorar y suplicar perdón…

El relato anterior muestra el calvario que en silencio viven muchas mujeres. Algunas ya libres, todavía se preguntan cómo soportaron tanto abuso y violencia. Otras no llegaron a preguntárselo. Esas descansan en paz.

 

Chiquilistagua

 

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