• Jun. 5, 2013, media noche

Mario Fulvio Espinosa

 

No es una novedad que los jerarcas de la Iglesia católica traten de intervenir en las cosas del Estado, siempre lo han hecho. Muchos gobiernos, por su parte, aceptan esta injerencia pensando que al tener la bendición de las sotanas, adquieren legitimidad moral para sus acciones.

En Nicaragua la tolerancia pasiva del Gobierno ante la injerencia política de la Curia, en lugar de apaciguar los ánimos, más bien ha servido para redoblar la guerra de los reverendos contra el gobernante, ahora no solo despotrican en los medios, sino que lo hacen en homilías, procesiones y concentraciones. Existe una cruzada para derribar al Gobierno, en la que unos obispos son encargados de llamar a la violencia armada, a otros les corresponden la estrategia ideológica, y a terceros las amenazas inquisitoriales de excomunión a los que no comulgan con esas hostias políticas.

Que el Gobierno se declare en un aspecto “cristiano” no basta. Los obispos añoran la mescolanza Iglesia-Estado que existía hasta finales del Siglo XIX cuando la educación, la justicia, los registros de nacimientos, matrimonios, funerales, y todo lo concerniente a lo social y al control del conocimiento y las ideas, eran cosas de la Iglesia con la sumisa aceptación del Estado.

Por tales razones, el alto clero tuvo el papel más importante en la configuración de nuestro Estado-Nación. La Iglesia no solamente legitimó y bendijo oligarquías y tiranías sino que deformó, con su educación dogmática, la personalidad del nicaragüense. Lo convirtió en un sumiso analfabeto, manipulable, enajenado, fantasioso, fanático, temeroso, mentiroso y crédulo al mismo tiempo.

De aquello quedan muchas aberraciones. Nuestro Estado es laico, pero la Constitución comienza invocando a Dios. Si el laicismo fue obtenido tras ingentes maniobras y trabajos políticos, hoy de un solo “sotanazo” ha sido reducido a un quídam. Los clérigos y el Gobierno lo manean como un yo-yo que sube y baja de acuerdo con sus intereses. Otro “sotanazo” sirvió para erradicar el aborto terapéutico. La camandulería religiosa se impone sobre la razón humanística, liberal y científica.

Hoy en día los obispos invocan el laicismo cuando ven que el Gobierno propaga el culto a íconos del catolicismo, asumen los jerarcas que ese quehacer es un monopolio de la Iglesia y no de los fieles. También invocan al laicismo para repudiar todos los problemas sociales que trata de resolver el Gobierno, sobre todo en el ámbito de la educación y la familia, donde los tonsurados se consideran dómines absolutos.

El Gobierno tolera esas flaquezas porque, siendo de filiación “cristiana confesional”, parece esperar que pasen los nublados, cuando los jerarcas quizá comprendan que “ambos viajan el mismo tren”, sin dejar por eso de mantener las prebendas que otorga a la Iglesia católica y de disparar “cañonazos” que aceptan, sin comentarios, ni entrega de cuentas, los purpurados.

Y algo más, la guerra de la Curia es tan radical, que ha venido a dividir al mismo clero. Los jerarcas no paran mientes para descalificar y desacreditar a sus hermanos en Cristo, los obispos y curas que están de acuerdo con las acciones del Gobierno. Estas pueden considerarse acciones desesperadas en vista al fracaso que tuvieron al querer revivir a los partidos de la oposición, que al fin resultaron desintegrados por sus mezquinos intereses.

Metidos en su guerrilla poco hablan nuestros obispos sobre la pederastia, la pedofilia, el celibato, el encubrimiento, la corrupción vaticana y el machismo retrógrado que veta los derechos humanos de género. Estos males salpican al mundo, pero nuestros jerarcas no tienen tiempo para referirse a ellos. Se intenta decir que el catolicismo ha sufrido una “involución” cuando en verdad lo que hay es un crescendo indetenible de corrupción y vicios que han marcado la historia “tan llena de santos” de Iglesia romana.

No debemos olvidar que las páginas más oscurantistas y sangrientas de nuestra historia han sido signadas por la mezcolanza Iglesia-Estado y que las secuelas de ese maridaje inciden con fuerza en los destinos de Nicaragua.

Aunque el reino de Dios no es de este mundo, muchos jerarcas y curas no añoran las cosas del cielo sino desean vivamente gozar de las delicias del mundo, el demonio y la carne. En ese campo la Iglesia no configura ni significa un paradigma moral.

El “dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César” no pasa de ser para nuestro Prelado conferencista, un simple papel mojado.

 

* Catedrático de periodismo

Últimos Comentarios
blog comments powered by Disqus