• Jun. 5, 2013, media noche

“No tenemos ninguna disputa con Cristo, solo con los cristianos.”

Charles Bradlaugh

 

Guillermo Díaz Talavera

 

A escasos años de su deceso, tuve la oportunidad de asistir como médico al ilustre maestro de generaciones, Julio César Sandoval, quien me expresó que él no era ateo sino agnóstico. Disculpar a Dios por su existencia no es la mejor razón del agnosticismo ateo para negarlo o ser “aceptado en el paraíso”. Es más simple, un agnóstico no sabe si después de todo Dios existe o no puede ser conocido.

El término agnóstico significa no poseer conocimiento. Con certeza, el agnosticismo es una subdivisión del ateísmo. Si el ateo niega la existencia de Dios, los agnósticos hacen lo mismo al no afirmar la existencia de Dios. Muchas personas que se describen como tales, de hecho son ateas. Practican una caracterización errónea basada en un escepticismo filosófico no razonable que les impide obtener mayor conocimiento del mundo si se aplicara en otros ámbitos.

Dawkins, científico agnóstico ateo sostiene en El espejismo de Dios: “la existencia de Dios es una hipótesis científica como cualquier otra”. Solo que como un ateo de facto afirma que “no puede tener la seguridad que Dios no exista, pero lo cree muy improbable… Así que vivo mi vida asumiendo que Dios no existe”. La pregunta lógica es ¿Por qué ateo si no puede probar que Dios no existe?

El carácter dogmático del agnosticismo radical se autodestruye cuando afirma que nadie sabe lo suficiente de Dios para concluir que no se puede comprender nada en relación con Él. De tal modo que las afirmaciones extremas de este escepticismo afirman primero lo que terminan negando. Otra forma débil, solo acepta carecer de conocimiento de la existencia de Dios. La verdad es que el discernimiento de Dios es lógicamente imposible y es necesario ser experto en todas las disciplinas en que uno puede llegar a saber todo de Dios.

El filósofo Winfried Corduan señala lo siguiente: “el agnosticismo gira alrededor de una contradicción al tener que sostener que al mismo tiempo es a la vez posible e imposible saber algo acerca de Dios”. Esto significa que por lógica se autodestruye. Por lo tanto, no parece inteligente y racional ser agnóstico. Se necesita mucha fe para serlo. ¿Fe en qué?

En la mente humana que tiene límites precisos y contradictorios. El ser humano debe admitirlo. Hume lo negó, y eso nos ahorra el trabajo de examinar la evidencia, pero nos impide aclarar las dudas. Abandonar los prejuicios y aceptar la naturaleza provisional de nuestras leyes fijas constituye una mejor aproximación científica. Incluso si explicamos con poesía que “el azul duerme más rápido que el miércoles” solo nos llevaría a pensar que la verdad depende de situaciones y opiniones personales. Serían “verdad” para quien las declara.

Somos libres para no desear conocer a Dios y preferir vivir sin Él: la esencia del pecado. No obstante, esto no faculta decretar que Dios no puede ser conocido. Él puede ser distinguido, no como una pieza musical, libro o fórmula química, sino como un ser viviente del cual emana creación.

Podemos tener una relación con el Señor. ¿Razones? las declaraciones de la verdad universal derivan de Dios porque requieren de mentes. La lógica deriva del proceso mental y los fundamentos lógicos racionales son por naturaleza conceptuales. Rechazarlos es irracional. Si solo existiera una roca en el universo implica que se requiere de una mente para revelarlo.

Durante un debate, Dawkins olvidó el título del libro –El origen de las especies—más famoso de su héroe científico, en su frustración dejó escapar de su mente una incómoda frase para sí: ¡Oh Dios! Pocos meses antes de su muerte, el profesor Sandoval me llamó para confesarme su reconocimiento de fe en Cristo.

 

* Médico cirujano

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