• Jun. 10, 2013, media noche

En la víspera de su encuentro con el Presidente de Estados Unidos de América, el mandatario chino, Xi Jinping, dejó una estela de expectativas positivas en América Latina durante su viaje por el Caribe, América Central y México. Jinping afirmó que la región está viviendo una época de auge, y que es propicio que profundice sus relaciones económicas y comerciales con China. Unas semanas antes, por casualidad o coincidencia, el Presidente Barak Obama también viajó a México y América Central para identificar programas y esfuerzos de inversión, en lo que llamó una zona de oportunidades.

En los últimos años, China ha impulsado de forma vertiginosa y agresiva, lo que el New York Times ha denominado “el capitalismo de estado”. Las compañías estatales chinas han adquirido importantes empresas occidentales, como Smithfield Foods, Club Med, Volvo y Putzmeister; han recibido generosas concesiones, como la del puerto griego de Pireo; han obtenido control de inversiones estratégicas en oleoductos y gaseoductos en Turkmenistan, Sudán, el Océano Indico y Siberia y han construido, entre otras, grandes represas hidroeléctricas como Merowe en el Nilo y Coca Codo Sinclair en Ecuador. De acuerdo a Rhodium, una empresa de investigaciones, entre 2008 y 2012 las inversiones anuales de China en la Unión Europea y Estados Unidos de América se han decuplicado y septuplicado, respectivamente, y en cuestión de años China se ha vuelto el principal socio comercial de Brazil y Chile y ha financiado más de $50,000 millones en proyectos de infraestructura en Venezuela y Ecuador.

Esta situación constituye un reto para los Estados Unidos de América, quien considera que a medida que China adquiera poder monopólico en esa medida va a inundar las economías con productos que estarían por debajo de los precios de mercado, lo cual podría arruinar las industrias de Occidente con las graves consecuencias de lanzar al desempleo a miles de personas. Por eso no es sorprendente que el Presidente Obama, en su visita a México y Costa Rica, enfatizara –además de temas prioritarios para la región como seguridad y lucha contra el narcotráfico- la construcción de un gaseoducto que atraviese México y pase por el corazón del Istmo centroamericano, lo que constituiría un mercado en las Américas para las multimillonarias inversiones en gas natural que se han realizado en los últimos años en ese país.

En esta vorágine de expansión china y contención americana, nuestros minúsculos países tienen mucho que ganar, o que perder, dependiendo de qué tan rápido actúan y de cuanto están dispuestos a ceder. Occidente tiene menos liquidez: un estudio de The Financial Times muestra, que entre 2009 y 2010, China financió $110,000 millones más que el Banco Mundial, lo que indica que nuestros países, carentes de recursos económicos y humanos, deberían aprovechar estos flujos financieros para desarrollar proyectos de inversión e infraestructura que aseguren un crecimiento sostenido en el mediano plazo.

Si consideramos que China ha anunciado que en los próximos cinco años invertirá en América Latina la cantidad de $500,000 millones, el canal interoceánico, que en nuestro país algunos consideran utópico por su magnitud, no es realmente un proyecto tan “mega” para China. Decenas de estudios muestran que el proyecto de una canal entre el Caribe y el Pacífico es económicamente factible. El congestionamiento del Canal de Panamá y el tamaño de los modernos buques mercantes que no pueden atravesar ni las nuevas exclusas previstas para 2015, entre otras razones, hacen casi necesaria una ruta alternativa.

Se han discutido varias, pero ¿Cuál será la seleccionada? La respuesta es sencilla. Será escogida la ruta en la que los inversionistas reciban las mayores y mejores concesiones. En Groenlandia se reformaron de forma insólita las leyes laborales con el objetivo de permitir que se pagaran salarios por debajo del mínimo legal, para así de esta manera atraer a los chinos, que son los únicos que pueden realizar las grandes inversiones necesarias para desarrollar esta región del Ártico. En Canadá, cuando la construcción de un oleoducto por la Columbia Británica fue rechazada por los Estados Unidos de América y por grupos ambientalistas, el gobierno conservador de Primer Ministro Harper, accedió a otorgar a los inversionistas chinos protecciones y concesiones nunca antes vistas, a quienes también les permitieron obtener el control de la gigante empresa canadiense Nexen.

En su famoso discurso que relata la caída de Francia en la Segunda Guerra Mundial, el gran político, orador y líder, Winston Churchill, animando a sus conciudadanos a mantenerse firmes ante el desalentador panorama para Gran Bretaña, dijo: “Preparémonos para nuestros deberes y no dudemos de que si el Imperio Británico dura unos mil años más, los hombres del futuro dirán: aquella fue su mejor hora.” Si el canal es una posibilidad real para Nicaragua, preparémonos para actuar de forma decidida y rápida, y para hacer las concesiones que sean necesarias para atraer a los que tienen los recursos, la demanda, la experiencia y la voluntad política para hacerlo, para que en cien años, no digamos mil, no sigamos siendo uno de los países más pobres y retrógrados de las Américas, de tal suerte que las generaciones futuras puedan afirmar, que esta fue nuestra mejor hora.

* Doctor en Economía de la Universidad de Cornell.

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