• Jun. 25, 2013, media noche

Quién lo hubiera dicho que Nicaragua se habría distinguido por ser el país de las revoluciones y de las sorpresas entre las generaciones. Nuestro país se caracterizó por haber realizado una revolución encabezada por los jóvenes que se distinguieron por su rebelión a una dictadura, por la reivindicación de una justicia social y económica, por el ideal de crear un mundo mejor. La mayoría de los guerrilleros eran jóvenes que, al final, fueron apoyados por sus padres, más que por un gesto de convicción, por un acto de amor a sus hijos.

Hoy, a distancia de 34 años, nos encontramos de nuevo con algo no previsto: la rebelión pacífica de los ancianos que reivindican sus derechos ciudadanos por los que lucharon cuando eran jóvenes. Extrañamente, sus mismos coetáneos están en contraposición a esta lucha que es sin armas, sin golpes, sin quemaduras de llantas y sin barricadas. Es una lucha que apela solo a la justicia y a la fuerza de la razón sobre la razón de la fuerza y del poder. Tiene un potencial revolucionario porque arrastra a jóvenes, adultos y ancianos, ya que une este sentido ético que va más allá de todo partido político porque apela a la conciencia sobre el valor de la vida con dignidad.

Lo que muchos partidos políticos no han logrado, lo están haciendo ahora los ancianos: despertar en los jóvenes –que podrían ser sus nietos– un sentido de solidaridad humana y una conciencia colectiva de justicia social que hace revivir sentimientos encontrados entre las generaciones, sobre todo entre los mayores, que sufrieron y vivieron una guerra de liberación.

Muchos adultos mayores sobreviven. Pero sobrevivir no tiene el mismo significado que vivir. Más aún cuando se llega a una edad en la que tener garantizada las condiciones para una vida digna es un derecho, no un privilegio.

Estas nuevas formas de protesta pacífica abren nuevos espacios de reflexión sobre la sociedad que estamos construyendo y viviendo. Los jóvenes están aprendiendo de sus abuelos, más que de sus padres, a pensar que vale la pena luchar, vivir con dignidad, creer que hay valores que no se pierden.

El futuro pertenece a todos. Pero son los jóvenes los que tendrán más oportunidades para construirlo. Los abuelos están dejando una huella importante por la cual continuar.

* Doctora en Psicología Clínica, Psico-oncóloga

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