• Jun. 25, 2013, media noche

Por razón de mi oficio de profesor universitario me relaciono con jóvenes en formación, curiosos e inquietos políticamente, y también, lamentablemente, muchos de ellos herederos de odios, pasiones y rencores que sus padres albergan y aún cultivan. Con frecuencia me enfrento a la interrogante de mi ideología y preferencia partidaria y cada vez me resulta más difícil responderles que simpatizo y siempre he simpatizado con las luchas sociales; para, seguidamente, tratar de responderles que no creo en la clase política ni en la expresión formal del ejercicio democrático, que ni comienza ni termina con los sufragios.

 

Entre los jóvenes, las discusiones se tornan candentes ante eventos políticos o movimientos sociales en desarrollo, y por mis inclinaciones personales no faltan quienes pasan a etiquetarme como “defensor del Gobierno”. El hecho de ser etiquetado me incomoda, porque es resultante del simplismo que no se detiene a revisar argumentos; pero ahora, ¡qué difícil se ha vuelto apoyar al gobierno!

Hace casi cinco años, desapercibidos por la opinión pública, un grupo de ancianos comenzó a organizarse por el incumplimiento de las autoridades del Instituto Nicaragüense de Seguridad Social (INSS) de la ley que garantiza el pago de pensiones reducidas, probablemente motivados por la idea de restitución de derechos, proclamada por el Gobierno, pues el incumplimiento data de muchos años atrás, de 1994, cuando el entonces Presidente del INSS, Simeón Rizo, simplemente dejó de pagarlas.

 

Cinco años pasaron tocando puertas, agotando instancias y agotándose ellos mismos, agotando más sus ya agotados cuerpos; en los últimos meses el tono de sus voces fue subiendo; el bloqueo de algunas carreteras los sacó del anonimato; entonces advirtieron que si no se atendía su reclamo se tomarían las instalaciones del INSS, nadie les creyó pero se las tomaron, con valentía, arrojo y legitimidad nunca antes vista.

 

No creo que en los últimos veinte años haya habido ni lucha más legítima, ni más abandonada por la indiferencia que la lucha de los Adultos Mayores. Tomadas las instalaciones del INSS, llegaron a acuerparlos grupos de jóvenes, muchos de ellos nobleza pura, otros nobleza juvenil mezclada con odios y rencores heredados, muchos llegaron en buenos carros comprados por papá, llevando un poco de comida, agua, sonaron altoparlantes que alternaban la música de mensaje anárquico de Molotov, con las canciones de campaña de don Fabio.

 

Algunos de los muchachos que ahí estaban difícilmente ceden el paso a un anciano que intenta cruzar la calle y lo apuran con pitazos desde sus carros; no saben lo que costó el seis por ciento de las universidades, ni el subsidio del transporte público, porque ni viajan en autobuses, ni asisten a las universidades públicas; pero, en fin, nobleza juvenil sí había en el acompañamiento.

 

Fue entonces que aparecieron las personalidades; llegó Doña Vilma, que dejó de ser sandinista porque le negaron la posibilidad de ser candidata; furibunda, como siempre, acusando de todo a Daniel; llegó también Gonzalo, Lanzarote que perdió su ruta a Camelot mientras servía como fiel escudero de los Caballeros que desde la UNEN conquistaban diputaciones; llegó Eduardo, el sacrificado banquero que ganó cinco millones en cinco años y que durante la bonanza alemancista sumió al país en la crisis de los CENIS; le acompañaba gritando ¡guerra! el valiente y arrojado Eliseo junior; se vio también, arremolinada contra la muralla de policías, a Zoilamérica, la reconciliada Juana de Arco que ha perdido cámaras.

 

¡Pobres viejos!, apenas su llama empezaba a encender y ya todos querían calentarse en ella; las cámaras captaron, en otro sitio, al Ingeniero Castro, que ha creído con dedicatoria personal el pensamiento que su padre dedicó a una generación, diciendo que “la puerta del fondo”, por donde “se marchará la angustia”, se cerrará paulatinamente con la construcción del Canal, porque para poder pagar las pensiones reducidas ahora, habría que modificar los “valores paramétricos” de la seguridad social.

 

A Gustavo Porras, el próspero Doctor Porras, que según un anciano en la protesta conoció vendiendo carbón, le tocó el triste papel de llamar a la marcha de desagravio del inmarcesible Comandante Ortega y descalificar a los desesperados ancianos diciendo que había otros que eran los legítimos; finalmente, quien debió ser el primero en hablar fue el último, el capitán Roberto López, Presidente del INSS que con datos y estadísticas frágiles y cuestionables, denunció la conspiración de la derecha contra el INSS, señaló como culpable de la crisis de esa institución a Anastasio Somoza Debayle y comparó el reclamo de los ancianos con el deseo de su esposa de comprarse un nuevo televisor, cuando debe conformarse con un radio.

 

Así las cosas, mi posición sigue siendo la misma de apoyo a las luchas sociales. Pero a los que me tienen etiquetado, les digo: ¡qué difícil se ha vuelto apoyar al Gobierno!

 

* Msc. Profesor de Derecho UCA


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