• Jun. 25, 2013, media noche

Pretendo, a partir de esta publicación, iniciar el rescate de la figura de Zacarías Guerra, cuyo nombre se conoce, pero se ignora y se confunde quién era; perdemos de vista cómo fue su vida y cómo construyó la decisión digna de elogio que se conoció después de su muerte. No hablaremos de su obra benefactora que le trasciende un siglo, porque como dijo el poeta Carlos Martínez Rivas, refiriéndose a sí mismo: “mi obra se defiende sola”.

 

El 6 de mayo de 2014 se cumplirá el primer centenario de su muerte. Sus funerales fueron muy poco concurridos, el impacto en Managua que le sacó del silencio y obligó a las autoridades y a los habitantes de la ciudad a reivindicarlo, fue porque, al abrir y leer su testamento, elaborado el 8 de junio de 1909, cinco años antes, puso en evidencia que trabajó con dedicación durante la última etapa de su vida para hacer posible lo que legó: “es mi única voluntad que mi capital se invierta en un asilo o casa para niños huérfanos…”.

 

José Zacarías Guerra Rivas nació el 19 de marzo de 1855, día de San José; su madre, la joven Dolores Rivas, de quien se conoce poco, murió cuando su único hijo era un niño, por lo que terminó de criarlo una tía materna. Era hijo ilegítimo de Benjamín Guerra, quien lo reconoció pero tuvo una relación distante. La madre, emparentada con los Guerra, fue víctima de la crítica social y, el niño, de la recriminación de muchos de su familia paterna, lo que marcó su comportamiento apartado desde su infancia.

 

Ambos padres eran de familias autóctonas de Managua y de posición económica acomodada. La condición de “hijo bastardo”, la ausencia de padre y la orfandad de madre, afecta a las personas de distinta manera, principalmente en la segunda mitad del siglo XIX, ello influyó en su personalidad.

 

Al nacer, su madre era adolescente, y su padre, Benjamín Guerra, un joven de 25 años, casado y con hijos, con ascendente carrera profesional, académica y política que le llevó, durante el último período de los conservadores, al cargo de Ministro de Relaciones Exteriores y de Instrucción Pública (1889-1891) del presidente Sacasa, designado para concluir el período por la muerte de Carazo.

 

Guerra renunció por la reelección de Sacasa, pues consideró que alteraba el orden constitucional; fue conservador con ideas liberales, murió a los 65 años. En enero de 1867 fue fundada una universidad cuyo rector fue el maestro Indalecio Bravo y el vicerrector el Licenciado Guerra; aquí posiblemente estudió Zacarías.

 

Era conservador, fue síndico municipal y desempeñó varios puestos en el ayuntamiento de Managua. En 1859, Managua tenía trece años de haber pasado de villa a ciudad y de ser designada Capital, su población era de ocho mil habitantes; en 1914, casi veinte mil.

 

Estudió en Managua y Granada, era lector, autodidacta y hábil en los negocios. Desde su juventud se interesó por la caficultura. Compró la hacienda Las Delicias a Miguel Caldera, quien a su vez la adquirió de Leandro Zelaya, considerado el pionero de los caficultores porque sembró el primer arbolito de café en las Sierras de Managua cuando se acogió al programa de incentivos de Frutos Chamorro en 1853. Adquirió varias casas para rentar, prestaba dinero y recibía en garantía joyas y bienes. Habitaba en la calle El Triunfo.

 

Era un hombre apartado, nunca se casó ni tuvo hijos, vivió solo, con escasas amistades y casi ninguna relación familiar; trabajador dedicado, asistía regularmente a la Parroquia de Santiago Apóstol. Considerado tacaño y de escasa habilidad para relacionarse, lo que le ganaba antipatías; fue objeto de burlas, mancharon las paredes de su casa con ofensas y le causaron desaires sin que de su parte hubiera ninguna reacción para vengarse o dañar a otros. Era de vestir elegante y pulcro, respetuoso, amante del orden y la limpieza, precavido, con alto sentido de la responsabilidad.

 

Murió de diabetes a los 55 años. Su testamento, abierto por el juez el 9 de mayo de 1914, además de expresar su voluntad de crear un asilo para niños huérfanos, dejó, como únicos legados personales, cinco mil pesos para su tía materna Mercedes Rivas y cinco mil para su hermana Rosa Guerra. Incluyó una lapidaria indicación: “protesto de que se contraríe mi voluntad o quieran anular esta bajo cualquier pretexto, malditos sean mil veces, cualquier ciudadano que pueda impedir el cumplimiento de este testamento…”

 

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