• Jun. 27, 2013, media noche

Casi mil millones de personas de los países en desarrollo dependen del océano como fuente de alimentos e ingresos. El pequeño porcentaje de ellas que vive en la Costa Caribe de Nicaragua tiene mucho que agradecer al océano en su vida diaria.

 

Como becaria Fulbright, tuve el placer de vivir en Laguna de Perlas, un pueblo pequeño ubicado en la Costa Caribe de Nicaragua sobre el estero del mismo nombre, y estudiar administración de pesca comunitaria. El estero está rodeado de 12 pequeñas y remotas comunidades cuyos habitantes se alimentan, construyen sus casas, pagan las colegiaturas de sus hijos, compran sus celulares y cubren otras necesidades con las ganancias que obtienen del océano.

 

Laguna de Perlas apoya la pesca del cangrejo azul, camarón y pescado. En los arrecifes cercanos a la costa y en el lecho marino, los pescadores capturan langosta, concha, tortuga verde y pepino de mar. En la actualidad, algunos de estos productos, como la tortuga verde, se consumen localmente pero la mayoría se exporta.

 

Los océanos unen a zonas dispares del planeta de formas que no siempre nos damos cuenta. Puede que algún estadounidense no haya pisado las costas de Nicaragua, pero si ha degustado una langosta en el Red Lobster, comprado tortas de cangrejo en la costa Este u ordenado un filete de pescado en una cafetería, es posible que ese marisco haya iniciado el trayecto hacia su plato siendo arrastrado al interior de una pequeña panga de pesca artesanal de los alrededores de la Laguna de Perlas, pues Estados Unidos es uno de los principales importadores de pescado, langosta, cangrejo y camarón de Nicaragua.

 

Laguna de Perlas está cambiando rápidamente a medida que se abre a nuevos mercados como resultado del desarrollo de la infraestructura de carreteras. Si bien lo anterior ha subido los precios de muchos productos del mar y asegurado un mayor ingreso a los pescadores, también ha incentivado la entrada al sector, extendido la temporada de captura e incrementado la inversión en aparejos de pesca. Hay muchos beneficios económicos en el corto plazo, pero ante la ausencia de fuertes controles sobre el tamaño legal mínimo de los mariscos, de restricciones a las artes de pesca, o límites a la temporada de captura, este auge puede fácilmente convertirse en una depresión.

 

Ahora se escucha a los habitantes de la costa, que hablan inglés creole, decir “pescado ahora difícil”, lo que en parte se refiere a la temporada de captura antes del inicio de las lluvias fuertes, pero entre una generación de más edad también significa que la pesca es cada vez más impredecible e improductiva.

 

Independientemente de que vivamos cerca o lejos del océano, el Mes Mundial de los Océanos nos brinda una oportunidad para que reflexionemos sobre todo lo que obtenemos del mar y sobre lo que podemos hacer de más para mejorar la protección de estos recursos esenciales.

 

Celebrating the ocean on Nicaragua’s Caribbean Coast


Approximately one billion people in developing countries depend on the ocean for food and income. Making up just a small percentage of this billion are inhabitants of Nicaragua’s Caribbean Coast, who have much to thank the ocean for every day. As a Fulbright scholar, I had the pleasure of living in Pearl Lagoon on the Caribbean Coast, which is a small town on the estuary by the same name where I studied community-based fisheries management. The estuary is surrounded by 12 small, remote communities whose inhabitants eat, build homes, pay school fees, and buy cell phones and other necessities with proceeds from the ocean. Pearl Lagoon supports fisheries for blue crab, shrimp, and fish. On nearshore reefs and seagrass beds, fishermen harvest lobster, conch, green turtle and sea cucumber. Some of these products are consumed locally, like the green turtle, but much of it is now exported.


The oceans bring disparate areas of the globe together in a way we might not realize. US citizens may not have trod on Nicaragua’s coast, but if you have eaten a lobster at Red Lobster, purchased crab cakes on the east coast or ordered a fish filet in a cafeteria, that seafood may have begun its journey to your plate by being hauled into a small dugout canoe by an artisanal fisherman around Pearl Lagoon. The US is one of the top importers of Nicaragua’s fish, lobster, crab and shrimp. Pearl Lagoon is changing quickly as it becomes more accessible to new markets as a result of road development. While the price of many sea products has increased as a result and garnered more income for fishermen, it has also incentivized new entries into the fishery, extended seasons of harvest, and driven further investments in gear. There are many short-term economic benefits, but in the absence of strong controls on minimum legal size, gear restrictions or seasonal limits, this boom can easily turn into a bust.


The Creole-English speaking residents on the coast are now commonly heard saying, “fish hard now”, which partly refers to a seasonal dip in catches before the onset of heavy rains, but in an older generation also refers to a fishery that is increasingly unpredictable and unproductive. Regardless of whether we live next to it or far inland, World Oceans Month gives us an opportunity to reflect on everything we gain from the sea, and also what more we can do to improve our stewardship of these essential resources.


 

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