• Jul. 12, 2013, media noche

Róger Matus Lazo

Hay en “Ben Hur” (1959), la película de los once Óscares solamente igualada después en número de estatuillas por “Titanic” (1997) y “El señor de los anillos” (2003), una escena en la que Sheik Ilderim (Hugh Griffith) -el próspero árabe de los famosos caballos de la cuadriga- con la mirada intensa puesta en Judá Ben Hur (Charlton Heston) espera de su comensal el obligado y sonoro eructo en señal de saciedad. El invitado, con mucho esfuerzo, logra complacer al anfitrión que responde con una descomunal bocanada de aire, un rito gastronómico propio de algunas culturas asiáticas y que –como es de suponer- hubiese conturbado a Cervantes, pese a los siete siglos (711-1492) de los árabes en España: “Ten cuenta, Sancho, de no mascar a dos carrillos, ni de eructar delante de nadie”.

Hipócrates, sin embargo, se oponía al “embodegamiento” de los gases del tracto digestivo, y su prescripción era tajante: lo mejor es que salgan -con ruido o sin él- en lugar de retenerlos en contra de su “propia voluntad” y sufrir las consecuencias de su acumulación en el interior. Por eso en los niños – y es el único caso que yo conozco del eructo en público- no solo es deseable para su salud, sino que hasta resulta graciosísimo sobre todo para las mamás. En los adultos, hay una excepción: los incluidos en los concursos curiosos, algunos hasta promovidos y certificados oficialmente por el “Libro de los Récords Guinness”, como el caso de Paul Hunn, del Reino Unido, que tiene el dudoso honor de producir los eructos más sonoros del mundo), con una intensidad sonora que llega a los 104.9 decibelios, seguido por una dama estadounidense (Jodie Parks) con 104.7 decibelios, sonidos de una intensidad equivalentes al escándalo de un grupo de rock.

No sé de cultura alguna en la actualidad que promueva -o al menos tolere alegremente- la expulsión en público de los otros vientos (hablo de los de reconocida sonoridad, porque los silenciosos se camuflan) que salen por la vía menos deseada y difícilmente controlada. Se cuenta (dicen que lo narra Suetonio en “Vida de Claudio”), que el emperador –enterado de la gravedad de un súbdito por haber retenido un gas intestinal en medio banquete- tenía proyectado promulgar un decreto por el que se permitiría dejar escapar durante la comida tales vientos, indistintamente de su grado de sonoridad. Pero ya ven, como muchas cosas, todo quedó en “proyecto”, y no creo que en nuestras sociedades un gobierno se atreva a retomar el justificado proyecto del poderoso romano que tuvo que soportar públicamente la escandalosa promiscuidad de su tercera mujer: Mesalina.

Solo nos queda, pues, una cosa: resignarnos a convivir con nuestros propios vientos y aprender a “educar el cuerpo”, como le dijo desde el púlpito un sacerdote de mi pueblo a una viejita a quien se le salió un “iglesiero” en plena homilía mientras recogía del suelo un devocionario. Y aunque todo mundo sabe que es necesario determinar sabiamente el lugar y la ocasión en que estos impredecibles vientos puedan hacer alarde sin afectar el “derecho ajeno”, lo cierto es que nadie está exento de “riesgos y posibilidades en público”, de donde se colige que debemos extremar nuestros cuidados ante los demás de incómodas sorpresas como la del petardo “zapatero”, que sin desearlo siquiera sale a luz pública en el momento en que nos acordonamos los zapatos; o el “trompetero”, como lo llamaba mi abuelo, por el sonido que produce una pitoreta al ser aplastada por un bus; o el “provinciano”, característico del hombre del interior que viene a la capital y come aquí y allá, masca chicle y bebe sopa a grandes sorbos, y empiezan aquellos gases compuestos que salen por golpes sucesivos y de estallido en estallido; o la “carga cerrada” de los marineros de Corinto, que recuerdan vientos continuos y tempestuosos que se suceden unos a otros - como quince o veinte fogonazos seguidos- que dejan una estela gaseosa tan larga como la del barco camaronero en las profundidades abismales; o el “sabio”, valioso por la nobleza de su procedencia y particularmente muy ponderado por el sonido con “sordina”, para no molestar el orden de una ceremonia o la lectura de un incunable. Pero sobre todo, evítese el encuentro con el viento “cínico”, como lo llama mi compadre Obdulio, ese que con sonido de escape de moto escandaliza a los presentes y el padre de la “criatura” lo queda viendo fijamente a usted.

 

* Escritor y lingüista

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