• Jul. 12, 2013, media noche

La primera vez que uno se asoma ahí donde decenas de hombres inclinan repetidamente la cabeza frente al muro del antiguo templo de Jerusalén, se siente algo extraño. Una espiral monótona de murmullos. Algunos introducen rollitos de papel entre las grietas. Toma un tiempo superar la extrañeza hasta que al recordar otras expresiones religiosas más cercanas, se concluye que más o menos nos hemos logrado complicar la vida bastante.

Hace unos días, un lector me hizo un comentario bastante acertado. El tema surgió tras la polémica por los incidentes relacionados con la protesta de las personas mayores en Managua reclamando una pensión mínima. El comentario al final de mi artículo decía sobre este que “era una piedra más en el muro de las lamentaciones”. Era cierto. La mayoría de columnistas (en los que me incluyo), blogueros, líderes de opinión o periodistas inclinamos la cabeza repetidamente ante el muro que nos prestan los pocos medios que quedan con cierta apertura a la crítica en Nicaragua. Y al final todo parece nada más un intercambio de ironías, críticas, juicios más o menos superficiales, contrarréplicas a cual más ingeniosa, o simplemente ofensas. Alternativas y propuestas, pocas, muy pocas. Quizá el espacio para ello no sea siempre el de una columna, pero se echa en falta.

Al que haya amado o ame mínimamente el país, le indigna la deriva que está tomando su desarrollo político y social. Pero lo que debiera verdaderamente preocuparle es la falta de alternativas claras que surjan de la raíz, del corazón del pueblo.

Existen grupos de jóvenes, y no tan jóvenes, que protestan y se la juegan. Otros debaten sobre propuestas y modelos. Pero los medios apenas se fijan en ellos si no que optan por la crítica frontal a las propuestas de un gobierno, que se siente a gusto en ese ambiente.

Quiero decir que, al menos, el gobierno actual da una idea de cuál es su imagen de país: la Nicaragua que sueña eternamente con el gran canal que la saque de la pobreza, la de las universidades y colegios de títulos sin contenido, puestos a formar mano de obra para el capital chino, la de las filas de la Purísima en espera de algún regalo, y también la de los programas de Hambre Cero, o de los Bonos Solidarios. Unas cosas más criticables que otras, pero apenas se escucha otro modelo viable. Por ejemplo: hablamos de calidad de la educación, pero muy poco de cómo es posible en un país con los recursos tan limitados llegar a tener unos mínimos que nos permitan soñar en una generación que lo saque de la pobreza.

Produce extrañeza observar la reacción emocional de indignación ante ciertas injusticias, que dura lo que dura la emoción y no tiene continuidad en propuestas, compromisos y modelos alternativos.

El rechazo total hacia el poder actual ha pasado por encima de algunas cosas. Si algo puede salvarse de este gobierno, serán algunos programas sociales. Hay que colaborar en aquello que es justo. Hay que apoyar las brigadas médicas, por ejemplo, u otros proyectos que no admiten más críticas que las debidas. Hay que estar ahí, lo más cerca que se pueda, saber cómo llegar, y qué necesita la gente. No es tan fácil con solo mirar, o creer que uno solo, o los suyos, tienen la razón.

Me atrevo a decir esto desde fuera, a sabiendas de que yo también me doy cabezazos. A sabiendas de que opinar empieza a ser estéril cuando frente a un modelo o una propuesta, por muy descabellado que nos parezca, solo hay un montón de opiniones en contra.

 

sanchomas@gmail.com

 

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