• Jul. 30, 2013, media noche


Esta sería una bonita película de viaje, algo así como "Y tu mamá también" o "Diarios de Motocicleta" pero sin Gael. Imagino el cartel “Un viaje que lo llevará del país más peligroso del mundo, a la capital del país más pobre de Centroamérica”. A quienes hacen publicidad les encantan los estereotipos, siempre aplican lo de “más es mejor”, no siempre es cierto lo que uno lee.

Pero la mía no es una película que se detiene en paisajes. Piso el acelerador sobreponiéndome a la respiración irregular que causa ir a 100 kilómetros por hora. Pero quiero llegar lo más temprano posible, no hay tiempo para contemplar los bosques de pinos a lo largo, el atardecer maravilloso a la distancia, otro día será.

En el viaje me acompaña Andrés, Enrique, Fito, Charly, Juan Luis y otros. Aunque no lo sepan, también me acompaña la gente que veo al lado de la carretera. Están los niños que juegan fútbol antes que los llamen a cenar; el señor tirado en su hamaca viendo a los furgones pasar; algunas personas que se ven en el interior de algún bar que tiene un rótulo de Cervezas Salvavidas, más adelante será uno de Toña.

Sin fronteras, uno manejaría por horas sin darse cuenta que ya está del otro lado. Tal vez el cambio de una compañía de celular a otra te sacaría de dudas. Las ciudades, la gente, el paisaje, todo tiene un cierto parecido, pero igual se tiene esa sensación de que algo no está en su lugar. Quizás es el bosque que del otro lado es menos espeso, tal vez es que hay menos moteles de este lado, no sé, uno se fija en detalles tontos cuando tiene seis horas por delante.

Me está entrando hambre y algunos restaurantes se miran interesantes. Imagino platos deliciosos que posiblemente nunca probaré. Está La Cascada de Mc'Douglas, un restaurante cerca de Dipilto que los domingos en la tarde está a reventar y en el que nunca me he detenido y posiblemente nunca lo haga - maldito el plan de llegar temprano-.

Algún día me gustaría vivir cerca de ahí. Me gusta pensar que sería una vida simple, cerca de la naturaleza, con una taza de café en el porche de una casa rústica saludando a los vecinos pasar, leyendo el periódico, pensando en todas las cosas que antes hacía y ahora ya no.

De ida tengo la ansiedad de ver a los que quiero, de ir a los lugares que conozco, oír los problemas de siempre. Es la familiaridad que uno añora cuando está del otro lado, la que aburre y te hace imaginar una cotidianidad nueva, esa que también te aburrirá después.

Al regreso pienso que me hubiese gustado tener más tiempo y me pregunto por qué todavía no han inventado la teletransportación, ¿será por miedo a que pase algo parecido a la película La Mosca?. Pienso también en un día en que tenga suficiente dinero para una avioneta Cessna, sueños de dinero y grandeza que terminan frustrándote. Y uno vuelve a ver a gente viviendo su domingo, disfrutando de esa cotidianidad que tal vez los asfixia, sin saber que del otro lado todo es más o menos igual, pero siempre hay algo que estará fuera de lugar.

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