• Ago. 28, 2013, media noche

 

Cuando cumplí 49 años, hace dos meses, quise que nadie lo recordara o lo supiera. Excepto, por supuesto, mi familia y algunos amigos que siempre me llaman por teléfono para desearme con cierta envidia felicidades y confirmar cómo es que sigo vivo. En realidad, no es ninguna buena noticia estar celebrando siempre los cumpleaños, sobre todo cuando te acercas a esa peligrosa curva de los 50 donde cualquier cosa te puede ocurrir.

Conozco personas que se han quedado estacionadas para siempre en la curva de los 50, con algún cáncer o infarto fulminante, o alguna enfermedad silenciosa y agresiva que los mata de repente. Y me refiero a personas nobles, que quizás por su misma nobleza, son vulnerables a las enfermedades y emociones extremas, que todo tipo de catarro se les convierte en epidemia.

Otras, no tan buenas, han atravesado con éxito esta curva, y le sonríen maliciosamente a la muerte, sobreviviendo a las enfermedades y todas las plagas que el destino puso en su camino. Llegan a los sesenta años y se convierten en unos ancianos malcriados e iracundos, vacunados contra el cáncer, infartos, maldiciones y malas miradas. Mueren cuando el diablo quiere.

No sé si a estas alturas, cuando voy llegando a los 50 y he recorrido una buena parte del viaje, mi cuerpo y mi espíritu estén aptos para alcanzar esta primera estación. Mi hipocondría me dice que mi destino es incierto, y que el principal agravante es la obesidad, fuente de todas las enfermedades e infelicidades humanas.

Sé que debo adelgazar y comenzar a restringirme de la mayoría de los placeres del mundo, como comer y beber todo lo que me gusta, dormir todo el tiempo que quiero, bañarme en la lluvia y pernoctar en la playa, trasnochar hablando de literatura y otros temas mundanos, como cuando estaba muy joven y el día no tenía noche. Pero no sé si valga la pena desprenderme de todos mis vicios, y así poder esperar una generosa prórroga de la muerte.

Puede ser que cuando ya me esté volviendo flaco, saludable y valiente para doblar la tal curva, y me sienta lleno de vitalidad y alegría, la muerte me embosque por otras vías menos convencionales y se salga con la suya. Uno no sabe: el destino y la providencia también tienen sus planes.

Un amigo me decía que a los 50 toda persona debe al menos cumplir con ciertos requisitos: una casa propia, un empleo estable, una buena salud, y una pareja definitiva. En otras palabras, debe tener un lugar propio en el mundo, un trabajo, profesión u oficio que le genere ganancias modestas para vivir, estar saludable y tener un amor que le dé felicidad y mucha descendencia. Si no tienes nada de esto, los 50 han pasado en vano, porque ya no regresan.

A simple vista, parece fácil cumplir con estos requisitos, pero es complejo. La vida es imperfecta y todas las cosas son relativas. Vivir es un asunto azaroso, incierto, lleno de misterio, en el que influyen factores genéticos, sociales y hasta culturales. Tus genes, tu coeficiente intelectual, tu posición social, política y hasta tu actitud religiosa y mental son determinantes para medir tus expectativas.

En mi caso, confieso que cuando era un adolescente, indigente e indocumentado, pensé que con mi vida desordenada y disoluta ni siquiera alcanzaría la apoteósica cifra de los 30 años. Creo que en ese entonces la literatura y el amor me salvaron la vida. En esta etapa, que pasó rápida, conocí a mi mujer, tuve dos hijos y comprendí que la juventud era un suspiro, un tesoro que se esfuma en los avatares de la cotidianidad.

Luego llegué a los 40, una inevitable fase de reflexión. Fue cuando comencé a observar un pequeño vacío. Tenía casa, pareja, una salud relativa y un empleo estable. Algunas de mis ilusiones estaban perdidas. Habían quedado postergadas para siempre en el afán diario por sobrevivir.

Ahora que estoy por cumplir los 50, a punto de doblar esa curva tenebrosa llena de mitos y creencias, llego con la certeza de que he vivido lo que me ha tocado, con algunos aciertos y desaciertos, y le he dejado a Dios que resuelva gran parte de mis problemas. Gracias a él, creo que voy a doblar la curva, a pesar de mi obesidad y mi hipocondría, fantasmas que no me quitan el sueño. De todas formas, llegar a los 50, trascender o quedarse allí, ya es una gran bendición.


* Periodista y escritor.
felixnavarrete_23@yahoo.com

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