• Mayo 6, 2008, 9:28 a.m.
Nota al lector: Si es usted un respetado asistente de jueves al Santísimo o martes de Adoración, si es usted un inquisidor público, verdugo de la diversidad sexual, o por auto represión, un ser políticamente correcto, no pierda su tiempo, no siga leyendo.

La última vez que chat con ella, me había dado fecha de retorno anunciándome que el primer fin de semana de mayo, después de pasar por su natal Diriamba, arribaría a Managua para que finalmente nos conociéramos en persona.

Conocí hace seis meses a Laura Cruz en el ciberespacio, una experiencia que tienen diariamente muchas personas en sus vidas virtuales. Pero ésta no fue una relación cualquiera sino una embriagante y continúa comunicación que nos hacía pasar horas conociéndonos y confiándonos sensibles datos de nuestra vida cotidiana.

Después de algunos meses de conocernos, si había algún secreto que nos ocultáramos era más bien por falta de imaginación para preguntárselo al otro. Ella sabía que en el ciberespacio tenía yo una identidad femenina, pero en la vida cotidiana lidiaba a cuatro bandas con mi promiscuidad heteroflexible.

Conocía de Adriana, de Débora, de mis romances con mi ex-novia y del exploratorio affaire que iniciaba con mi profesor de francés. Nunca le oculté nada y después de revelarle mi verdadera nombre, puedo afirmar que nuestra relación fue más que transparente.

Nos enviábamos fotos, bitácoras cotidianas, mensajes alentadores y hasta empezamos a tener sexo virtual. Sí, empecé a conocer su cuerpo, sus medidas, sus lunares, la ruta de sus posiciones y a conocer sus gemidos --en frases que no decían nada-- cada vez que ésta penetraba al umbral de ese destello blanco.

Empecé amar a Laura Cruz como quien ama a un espectro que aflora en el interior de una nevera. Perdí horas enteras de trabajo, me distancié de mis amigos rechazando sus invitaciones y empecé a justificar con mi trabajo las ausencias con mis demás parejas.

Laura Cruz de 21 años, había egresado en el 2007 como comunicadora social de una universidad capitalina y vivía en Costa Rica, donde pasaba unas vacaciones forzadas al cuido de su abuela materna, quien intentaba superar una crisis de diabetes. Vivía encerrada entre cuatro paredes, describiendo el grisáceo clima de San José, desde donde expresaba constantemente sus temores de regresar al desempleo. Tenía serias dudas de regresar a Nicaragua, pero finalmente estableció mayo como termino.

En mi vida cotidiana, las cosas no iban tan bien pero a pesar del desgaste emocional, físico y económico que provocaba las cuatro bandas, siempre mi dionisiaco entusiasmo encontró tiempo para fluir en medio de esa variedad.

Creo que la razón primordial de que todo funcionara es que tanto entre AB, AC, AD y AF existía una abierta comunicación y todos --de una u otra forma-- conocían de la existencia del otro.
Pero en realidad sólo a Débora le confié espontáneamente de mi relación con Laura Cruz. A Débora le conté todo, desde el origen de su historia hasta los pormenores de nuestra relación.

No sé por qué lo hice, quizás por una extrema manía que tengo de confesarlo todo (qué mal sería como rehén de guerra) o quizás por ese fosilizado ego de macho que aún me circunscribe.
Una mañana --de esas pocas en las que Débora amaneció en mi casa-- recuerdo haberle contado sobre el arribo próximo de Laura. Ella sonrió esforzada, y entonces reparé en lo hiriente que podía ser con mis estúpidas confesiones.

Más tarde creí entender mejor la razón de esa sonrisa. Ya desde su trabajo, Débora me envió un chat por teléfono: “Estoy triste, tengo dos semanas de retrazo.”

Esa noche me fui a la cama sin darle mucha vuelta a ese mensaje, si las cosas eran así, al menos Débora sabe que entre nosotros no habrían casamientos provincianos de por medio, no habría amor chino, ni un soporte legal que nos condenara a la infelicidad.

Tampoco me importó sacar cuentas de que si era yo, o el novio de Débora, el que debería ser responsable de un futuro hijo. En realidad Débora y yo, antes de ser amantes mantenemos una sólida amistad que nos puede hacer tomar decisiones maduras en el asunto, y en eso transcurrían nuestras diligencias ginecológicas, cuando por diversas razones empezamos a aflorar tensiones de pareja.

Saqué yo algunos insultos innecesarios y la agredí verbalmente; le reproché la falta de cuido en su métodos de planificación, inaceptablemente le celé una vieja aventura con mi hermana, mientras ella se desquitaba exponiendo mi progresiva impotencia que en realidad venía en los últimos meses mermando mis placeres; todo esto, al tiempo que las llamadas del novio no dejaban de acosarla; entonces los ánimos se caldearon y me dieron pausa para decir: Está bien, lo estamos forzando, hasta aquí llegamos.

Volvió la noche, volví a llamar a Débora a su casa, para asegurarme de que tomaba el tratamiento hormonal que le haría regular su período. (Todo fue falsa alarma). Ella insistió en que no podíamos terminar así, pero por el día no había más que dialogar, le colgué.

Al día siguiente recibí su correo: “Perdón tenés razón me enamoré de vos no lo pude evitarlo. Lo siento, uno no manda en sus sentimientos. Yo me alejo, cierro capítulo y dejo también tus círculos de amigos. Te deseo lo mejor, pero te aclaro, lo único que quería era tener una relación abierta. Me gustaba nuestra amistas y estar juntos. Nunca esperé más de vos, de eso siempre estuve clara, aunque pensé que al menos me tenías un poco de aprecio. Y bueno, quizás en lo único que no fui honesta y se me escapó de las manos fue en convertirme en Laura. Así que no la sigas esperando que esa soy yo”.

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